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Insectos, “de la Granja a la Mesa”: ¿el camino a la sostenibilidad o a la enfermedad?

El pasado mes de enero la Unión Europea aprobó el uso del escarabajo del estiércol como proteína en alimentos de consumo humano. 

Este escarabajo, cuyo nombre técnico es Alphitobius diaperinus, destaca por su carga proteica. Pero su aprobación no solo se basa en su gran aporte nutritivo, sino que afirma que el introducirlo en nuestra dieta favorece el camino hacia la sostenibilidad y contribuye a ayudar al planeta. Además, este escarabajo no ha sido el primero que se cuela en nuestra dieta.

Alphitobius diaperinus, el cuarto de la cola 

La introducción de este insecto en la gastronomía puede parecer inusual, sin embargo, este escarabajo no es el primero que se adentra en la cocina:  

En mayo de 2021 la Comisión Europea ya reconoció y autorizó la comercialización como alimento del gusano amarillo (también conocido como escarabajo de la harina); siendo este el primero insecto legalmente introducido en alimentos de consumo humano. 

Posteriormente, llegó el turno de la llamada Langosta Migratoria (Locusta migratoria). Este insecto, perteneciente a la misma especie que los saltamontes y los grillos, es el mismo que la Biblia relaciona con una de sus plagas y que, ahora, también se instala en nuestras cocinas.  

Así, estos dos insectos encabezan la lista de los cuatro introducidos por la Unión Europea en menos de 3 años, seguidos del llamado Grillo Doméstico (introducido en la alimentación en febrero de 2022) y el escarabajo del estiércol.  

Alphitobius diaperinus|Fuente: Zoovet
Alphitobius diaperinus | Fuente: Zoovet

¿Cómo lo encontraremos? 

Si bien es cierto que, el comer insectos siempre ha resultado algo un tanto exótico, se conoce que no debería resultarnos tan extraño ya que estos también están presentes en nuestras comidas. Pero ¿por qué no nos hemos dado cuenta?  

Estos insectos no están, como muchos creen, emplatados y servidos, sino que viven un proceso de preparación antes de introducirlos como carga proteica en alimentos como sopas, cereales e incluso lácteos o preparados de carne. Estos procesos congelan o desecan a los insectos y, en ocasiones, también los convierten en polvo o pastas para su mezcla con el resto de componentes alimenticios.  

El planeta lo agradece 

Esta iniciativa en la que aparecen los insectos como opción nutritiva para los alimentos proviene de un intento por parte de la Unión Europea de “transformar la forma de producir y de consumir alimentos en Europa”, según afirma el Consejo.  

Así, crearon la estrategia “De la Granja a la Mesa” en mayo de 2020, con la cual se pretendía “reducir la huella medioambiental de los sistemas alimentarios” y “seguir garantizando la disponibilidad de alimentos saludables y asequibles, también para las generaciones futuras”.  

Esta iniciativa se engloba dentro del Pacto Verde Europeo y se realiza en consonancia con la Estrategia de la Unión Europea sobre Biodiversidad para 2030 y la Política agrícola común.  

Además, esta estrategia se ha propuesto conseguir una reducción del 50% en el uso de plaguicidas para 2030 con el objetivo de estar más cerca de la “neutralidad climática”. 

Toda esta iniciativa se basa muy en parte en uno de los resultados que obtuvo el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIECC) en el que se afirmaba que, aproximadamente, “un tercio de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero procede de los sistemas alimentarios” 

“De la Granja a la Mesa”, iniciativa de sostenibilidad de la UE| Fuente: Europe Direct
“De la Granja a la Mesa”, iniciativa de sostenibilidad de la UE | Fuente: Europe Direct

Y, ¿qué hay de nuestra seguridad? 

Esta es una de las mayores inquietudes de la población y una de las principales críticas que han recibido estas alternativas alimentarias.  

El 21 de febrero de 2021 los ministros de agricultura solicitaron que las normas de seguridad alimentaria para el comercio internacional realizaran un mayor hincapié en la sostenibilidad.  

Así, el Consejo de la Comisión del Codex Alimentarius (conjunto de normas que se adoptan de manera internacional y uniforme en materia de alimentación y que está destinada a la seguridad de los consumidores) afirmó que su principal objetivo era que los “productos alimentarios importados a la UE respetasen las normas de seguridad más estrictas posibles”. Sin embargo, también destacó la gran utilidad de los aportes científicos en materia de alimentación que los estados miembros de la Unión Europea realizaban para contribuir al avance de la sostenibilidad en el sector alimentario.  

En cuanto a la opinión del sector médico: mientras que ya en 2013 la ONU instaba a introducir los insectos para “combatir el hambre en el mundo”, según el periódico El País; la FAO (Food and Agriculture Organization. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, en español) existen 3 riesgos a tener en cuenta del consumo de insectos: 

  1. Riesgos nutricionales: la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) afirmó que el consumo de estos insectos podría “desencadenar reacciones en personas alérgicas a crustáceos, ácaros y moluscos” por cuestiones de reactividad cruzada.  
  1. Riesgos biológicos: se ha afirmado que, aunque las posibilidades de que ocurra sean bajas, un mal control de la higiene de este potencial alimento puede suponer un riesgo para la salud humana por la existencia bacterias, hongos o parásitos resistentes a los agentes antimicrobianos. Es por eso que, la EFSA ha afirmado que “este tema requiere una mayor investigación para aclarar los riesgos potenciales para los alimentos y los piensos”.  
  1. Riesgos químicos: algunos riesgos que podrían existir son la parasitosis y la presencia de aflatoxinas. También existe riesgo de que los insectos contengan micotoxinas por haber sido criados en residuos agrícolas que son perjudiciales para el ser humano.  

Estas micotoxinas son compuestos tóxicos que producen algunos mohos de forma natural, pero estos insectos también podrían presentar sustancias artificiales como los pesticidas y otros químicos que ponen en riesgo la salud de las personas que los consumen. 

Así, en su camino hacia un mundo más sostenible, la Unión Europea ha puesto su mirada en el sector alimentario introduciendo iniciativas como el consumo de insectos por su gran carga proteica. Sin embargo, muchos creen que la gran ingesta de proteínas en un mundo más “verde” no es equiparable al riesgo que supone para el ser humano el consumo de estos insectos, que pueden ser portadores de bacterias y otras sustancias tóxicas perjudiciales para la salud humana. 

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