A caballo regalado, mírale el diente

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El trabajo infantil, también presente en Navidad

Los días festivos se han convertido, en su totalidad, en días para regalar. Ya no se concibe una Navidad sin sus paquetes envueltos, o un 14 de febrero en pareja sin recibir un detalle. Parece que el espíritu consumista se ha apoderado del espíritu festivo, prácticamente sustituyéndolo. Sin ir más allá, las cartas de los Reyes Magos comienzan con un: “Queridos Reyes Magos, este año quiero…”. La historia se repite cada año y la lista cada vez es más larga. Los regalos cada vez se esperan más, hasta darse por sentados, convirtiendo las fiestas en algo puramente materialista promoviendo la “obligada” demostración de amor a través de consumismo. 

Un consumismo masivo en estas fechas señaladas que por supuesto tiene sus consecuencias en los trabajadores que crean los productos demandados en el mercado. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo presentado en 2017, 25 millones de personas son sometidas a trabajo forzoso en fábricas clandestinas, explotaciones agrícolas y otros sectores. De estas, el 18 % son menores. Por otro lado, en torno a 830 millones de personas son trabajadores pobres, es decir, su salario no les permite cubrir necesidades básicas. Asimismo, 152 millones de niños y niñas son explotados laboralmente; la mitad tienen entre 5 y 11 años. Cada festividad es concebida como tiempo de deseos y regalos para todos. Sin embargo, ese “todos” queda reducido al pensar en los millones de niños que están obligados a trabajar para satisfacer las demandas de los consumidores.

El tema no es novedoso. Gracias a los medios de comunicación y a un elevado número de asociaciones que trabajan para visibilizar la explotación laboral en países en desarrollo, así como la explotación infantil, no es algo de lo que no se sepa de forma común. El problema es cómo ha sido recibido por parte de la población. Todos vemos el «Made In China» del vaso mientras bebemos , o la camiseta “Made in Vietnam”, y en ocasiones nos preguntamos de qué fábrica viene, en qué condiciones trabajarán quienes han hecho ese objeto. Pero parece que las fiestas nublan las mentes, y si esa pregunta generalmente se realiza poco, en las fiestas se realiza menos.

La explotación laboral es invisibilizada por los consumidores especialmente en fechas festivas. Éstas deberían utilizarse para potenciar un consumo más social a la vez que ecológico. Una de las tareas es la de reducir el consumismo irresponsable, que tiene un grave efecto en los niños del mundo: sobre los explotados por las pésimas condiciones a las que se enfrentan y, sobre aquellos a los que se les regala, pues los niños crecen con unos valores cada vez más exigentes e individualistas.

Del espiritualismo al materialismo

Cada tradición tiene un origen diferente. Existen, además, múltiples versiones con cada uno de estos orígenes. Debatir, por lo tanto, el origen de los obsequios es un tanto complicado. Sin embargo, sea cual sea el origen, la evolución es la misma: del espiritualismo al materialismo.

Respecto a los regalos de Navidad, una de las teorías más lejanas acerca del origen de los regalos en estas fechas se remonta a la tradición de la Antigua Roma en la cual se realizaban rituales durante el solsticio de invierno en honor a los dioses. En la festividad de Las Saturnales, del 25 de diciembre, descansaban las familias campesinas y los esclavos domésticos para venerar al Dios Saturno. Los cristianos tomaron todos los elementos de las Saturnales para preservar y santificar esa celebración popular e hicieron coincidir el 25 de diciembre con el nacimiento del niño Jesús.

Hoy en día, se ha adoptado la tradición americana de Papá Noel, quien reparte regalos a miles de niños la noche anterior al 25 de diciembre. Y es americana, porque si bien San Nicolás tiene sus orígenes en Licia -actual Turquía-, fueron, según Nissenbaum, los americanos quienes vieron en Santa Claus un impulsor de sus ventas. El escritor inglés Moore escribió un poema en el que le describía surcando los cielos en un trineo, y el ilustrador Nast le dibujó vestido de rojo. Hasta que, en 1931 Coca-Cola le dio su actual aspecto. Por lo tanto, se pasó de un día para venerar a los Dioses o al Dios, a un día en el que regalar para asemejarnos a una creación de Coca-Cola, la marca de consumo más popular del mundo. De un día de descanso, a un día en el que el descanso se transforma en largas caminatas y en eternas colas para comprar obsequios a nuestros allegados.

Anuncio publicitario de la marca Coca-Cola | Fuente Coca-Cola

Las consecuencias del consumismo sobre los niños del mundo en Navidad

La pura contradicción del espíritu de la Navidad es lo que preocupantemente constituye y hace factible esta Navidad posmodernista: menores que se sientan cada día en sus pupitres de trabajo en las fábricas.

152 millones de niños y niñas son explotados laboralmente, sin importar la época del año en la que el mundo se encuentre inmerso. Casi la mitad del trabajo infantil (72 millones) se concentra en África; 62 millones en Asia y el Pacífico; 10,7 millones en las Américas; 1,1 millones en los Estados Árabes; y 5,5 millones en Europa y Asia Central. Mientras tanto, en otro lugar, otros tantos millones de niños abren sus regalos sin conocimiento alguno de cómo han llegado hasta sus manos.

Trabajo infantil en Cambodya | Fuente: Sònia Flotats (ItFashion)

Los niños de la sociedad occidental constituyen uno de los grupos más expuestos a las influencias de los medios de comunicación aturdiéndoles con marketing televisivo en forma de anuncios de juguetes acompañados de caras sonrientes y familias unidas. La imposición de la imagen de la felicidad, la unidad y la familia en la época navideña ha creado una obligación social de ser feliz en estas fechas, a la vez que la sociedad materialista vincula esa felicidad con la existencia de regalos por doquier. Lo mínimo que deberían ser estos regalos en los que la sociedad gasta, es que estén comprometidos con ciertos valores.

Cuestiones de cambio a corto plazo

Relativo a la explotación infantil vinculada a estas señaladas fechas, según Küppers, de la organización de ayuda a la infancia Terre des Hommes, el boicot a corto plazo no ayuda: “Esto no sólo significaría la pérdida de su puesto de trabajo para muchos niños, sino también para muchos adultos. Para las familias que sobreviven con estos reducidos ingresos sería una catástrofe, ya que se verían cada vez más sumidas en la pobreza”. Esta misma organización propone y trabaja por la creación de centros de formación profesional y escuelas para fomentar el desarrollo de los niños con peligro de entrar en el círculo de explotación al que se ven expuestos.

En vez del consumo masivo e irresponsable, se debería potenciar un consumo más social a la vez que ecológico. En diciembre de 2019, la Fundación Pere Tarrés hizo público un decálogo para hacer regalos de forma responsable y que aportasen valor social, económico y ecológico. Entre las propuestas señaladas en materia social, se encuentran: hacer una donación a una entidad solidaria a nombre del destinatario, regalar juguetes no sexistas para promover el talento sin distinción de género, evitar los juguetes bélicos o hacer regalos inmateriales -como entradas a un concierto-.

Respecto a las soluciones ecológicas, teniendo en cuenta que la compra compulsiva lleva asociada con ella un desperdicio importante de cantidades de comida y una generación de grandes cantidades de residuos contribuyendo así al cambio climático, a la contaminación y al derroche de recursos energéticos; un consumo basado en el minimalismo y la integridad, siendo más conscientes del mundo que nos rodea, sería una gran solución fácilmente alcanzable a través de la fabricación de regalos artesanales, la elección de experiencias previamente propuestas por Pere Tarrés y contribuyendo al comercio justo – distinguir entre los productos que siguen una producción responsable de los que no cada vez es más fácil gracias a la mejor accesibilidad a la información a través de las TICs-.

Cualquier compra tiene un impacto e implica una responsabilidad. En el mismo país donde explotan a niños laboralmente cada día, se terminan muchos productos colocando cintas donde pone “Feliz Navidad”. En países como España, se permite la despreocupación ante tal grave problema y no solo no se educa sobre la cuestión, sino que se vende una idea consumista y materialista que potencia aún más la compra y por ende, un mayor beneficio hacia esas empresas que explotan laboralmente. La esencia de festividades como Navidad sigue ahí, en la idea del amor y de reunión, pero con tantas modificaciones que en muchas ocasiones a las personas se les olvida que es lo que están celebrando, y se preocupan más por qué hay que regalar

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