Visibles y combativas: Día Internacional de la Visibilidad Trans

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Cartel visibilidad trans
Cartel de apoyo a la comunidad trans que dice "A nuestros hermanos/as trans. No estáis solos/as" | Fuente: Unsplash

Imagina una lucha constante, un día tras otro intentando hacerte un hueco. Imagina un rechazo de tal magnitud que llegue a negar incluso tu identidad en cada momento de tu vida, sin más remedio que resignarte a vivir entre miradas acusatorias, entre gestos de desprecio. Todo únicamente por ser tú y no lo que cualquiera, que ni siquiera te conoce, te exige ser. Hoy, 31 de marzo, es el Día Internacional de la Visibilidad Trans y la sensibilización y concienciación toman las calles y las redes para reclamar unos derechos legítimos.

Históricamente, las personas trans han visto vulnerados sus derechos con una frecuencia más que desesperante. De hecho, puedes echar la vista atrás y pasearte por los disturbios de Stonewall, en la famosa ciudad de Nueva York. Casi acabada la década de los 60, el colectivo LGTBI neoyorquino decidió dar un golpe en la mesa. ¿Por qué? Por el hartazgo, el hastío, el cansancio de aguantar todos los comportamientos inmorales posibles. Todo por parte de un Estado y unas fuerzas policiales más que intolerantes. Palizas, humillaciones, violaciones, asesinatos… Un bufet de comportamientos patriarcales, machistas y LGTBIfobos sin ninguna repercusión penal.

La discriminación era el pan de cada día y la precariedad laboral, el de cada noche en la mayoría de los casos. Las personas del colectivo, en su mayoría las trans, tuvieron que acudir a la prostitución y a las distintas formas marginales de supervivencia porque la sociedad las sentenciaba antes de conocerlas. Ni un contrato, ni una oportunidad. Y no supone un caso aislado, ya que en las democracias de Occidente la dinámica era similar; que se lo digan a aquellos británicos gobernados por Margaret Thatcher en los años 80. Ni que decir tiene la dictadura franquista en España unos años antes. Estoy hablando del siglo pasado, y ya llevamos unos cuantos desde que dicen que nació el que amaba a sus semejantes. Aunque parece ser que no a todos, según el juicio de algún que otro obispo rancio e insatisfecho con la acción (o inacción) de su jefe celestial.

Ser trans: de «enfermedad» a «desorden»

Aunque el movimiento por los derechos de todas las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diferentes a lo socialmente –y religiosamente– establecido fue tomando fuerza, fue en 1990 cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió la transexualidad como una «enfermedad mental»; justo en el momento en el que la homosexualidad salía de esa misma lista. Una de cal y otra de arena.

Y es que las personas trans no solo han estado discriminadas por las leyes, también por los propios miembros del colectivo, y la historia y cultura cinematográfica lo evidencian. Una visualización generalizada de Pose (Brad Falchuk, Ryan Murphy, 2018) no vendría nada mal, ya que ahora estamos acercando la historia, la realidad de muchas personas, al resto de la población. Aunque eso sí, con muchos obstáculos. Sobre todo, los que surgen diciendo defender a la mujer, pero dejan a muchas de ellas fuera de la lucha. Obstáculos.

Llegado el 2018, la OMS dejó de considerar la transexualidad como una enfermedad mental, no obstante, lo calificó como un «desorden de la identidad de género». Estamos hablando de hace tan solo tres años. Luego vendrá cualquiera con sus peroratas, con la «igualdad real» de todos, con la normalización de todos los ciudadanos, pero hasta el momento, yo no he recibido un diagnóstico para saber cuál es mi identidad. Y esa misma palabra –diagnóstico– supone una guerra eterna cuando se trata de ser, que no de querer ser, como dicen por ahí unos cuantos intolerantes disfrazados de lo contrario. Porque las mujeres y los hombres trans son, y no cabe discusión alguna.

Bandera trans
Bandera trans | Fuente: Pixabay

Sistema que no ayuda, sistema que no sirve

La estigmatización, la cosificación, la sexualización de las personas trans es un hecho indiscutible en las sociedades que dicen ser avanzadas, y ya sin cuenta las que se supone que no lo son. Y no es normal que, aun viendo la situación de precariedad en la que están sumidas, haya quien les niegue el derecho a ser quienes son. Y sí, las leyes deben estar para apoyarlas. Si no es así, este sistema no sirve. No servirá mientras haya quien se quite la vida por recibir acoso, no servirá mientras quede marginación, odio y violencia contra todas ellas.

La visibilidad trans es un grito de esperanza, una llamada de atención que dignifica. Un grito que aclara que existe quien convive con otra realidad que debe ser escuchada y, sobre todo, respetada y apoyada. Es el grito de esperanza y de lucha por una sociedad más justa e inclusiva. Y ha llegado a las instituciones a pesar de la influencia de quienes dicen luchar contra el patriarcado, pero oprimen todavía más a las oprimidas. El colectivo LGTBI le debe todo a las personas trans por su fuerza y valentía. Por ser siempre quienes han puesto la cara cuando más violencia se ha ejercido contra todos sus integrantes. Porque siempre han sido fuertes y combativas.

Es hora del respeto, de la igualdad, de la visibilidad trans. Es hora de decir basta. En palabras de Carla Antonelli, diputada socialista en la Asamblea de Madrid: «No me siento, soy. Y estoy hasta las narices de señores y señoras diciendo quiénes somos o sentimos a caballo de anglicismos y términos que deshumanizan y nos convierten en definiciones. Salgan ustedes de nuestra ropa interior. Déjennos en paz».

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