Si una imagen vale más que mil palabras, Oliviero Toscani dio con la fórmula perfecta. El fotógrafo italiano irrumpió el mundo de la publicidad en los años 80 y 90. Nuestra manera de consumir imágenes cambió por completo.
Oliviero Toscani desafiaba nuestra comodidad al exponernos realidades que preferían ser ignoradas. Desde el racismo a las guerras hasta la homofobia. Sorprende que, mientras unos sacaban diferencias, él las recortaba. Toscani se convirtió en el maestro —y pionero— de la incomodidad. Fue capaz de mostrar al mundo que el cambio empieza cuando te enfrentas a ella, sin filtros ni nimiedades. Sin necesidad de redes sociales ni algoritmos, logró estar en boca de todos.
Como toda provocación, sus obras eran cultivo de polémicas: ¿conciencia o divide? Algunos le veneraban como el «Sr. Marketing» por ser un genio en suscitar controversia de temas tabú; otros le acusaban por quebrar la sociedad y lo establecido. ¿Y qué es sino el arte? Ya lo decía Toscani: «si el arte no provoca, no es arte».
Después del debate de la estampita de la vaquilla en las Campanadas 2025, la Iglesia está más viva que nunca. Parece que hemos pasado página para abrir un nuevo capítulo: las terapias de conversión LGTBIQ+. Unas prácticas, disfrazadas de «tratamiento», para quienes quisieran cambiar su orientación sexual o identidad de género. Ante esto surge una pregunta: ¿qué diría Toscani?
Con siete diócesis españolas, y algunos sacerdotes implicados en la divulgación de estas «terapias de conversión», está claro que Oliviero Toscani nos dejaría sin palabras. Con su cámara en mano, él nos abriría una ventana hacia el dolor que muchos prefieren tapar. Una obra que, probablemente, erradicaría esos prejuicios aún existentes sobre el colectivo LGTBIQ+. Quizás Toscani, a través de sus fotografías, hiciese caer el velo de la intolerancia y la justificación religiosa ante estas prácticas.
Al igual que hizo en anteriores obras, como el beso de Un cura y una monja o la de Tres corazones, tres razas para visibilizar la multiculturalidad, Toscani demostró su valentía al desafiar los dogmas religiosos y, en especial, a quienes niegan la realidad. Cada fotografía suya es un disparo a los prejuicios.
En España, la ley Trans establece estas prácticas como ilegales y dice así: «afectan a la dignidad e integridad de los derechos de las personas LGTBIQ+». Algo evidente, ¿no? Bajo una premisa tintada de ser «bondadosa«, no buscan otra cosa que «curar» e imponer una norma que encaje con su realidad. Lo que parecen desconocer son las consecuencias de ello: ansiedad, traumas e incluso suicidios en este intento de anular sus identidades.
La denuncia de ‘No es terapia’ puso el foco sobre estas siete diócesis españolas, así como a los sacerdotes de algunas parroquias. Y con el expediente sancionador sobre la mesa, ahora todas ellas esconden la mano. Si Toscani estuviese aquí, nos recordaría que la tolerancia no es negociable y los derechos humanos, menos. La existencia de las llamadas «terapias de conversión» nos sirve de recordatorio de cómo los derechos humanos siguen siendo desafiados. Al final, las personas del colectivo LGTBI+ no necesitan ser «curadas», sino respetadas.
Oliviero Toscani entendía el arte como una herramienta poderosa de cambio social. Él nos enseñó que hay que incomodar y generar controversia para mantenernos despiertos. No implica crear una división, sino una manera de mostrar la realidad, por dura o chocante que parezca. Y si el arte más revolucionario y provocativo ayuda a construir una sociedad más tolerante, entonces es más necesario que nunca.
No dejemos de comunicar la realidad de la sociedad, como hacía Toscani. Provocar es una invitación a desafiar nuestras ideas preconcebidas. Es hora de que todos, como sociedad, tomemos ese reto y veamos el mundo con nuevos ojos.


