Las historias de dolor de las últimas agresiones al colectivo LGTB+ en 2020

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La realidad del colectivo LGTB+ sigue dependiendo de la aceptación ajena, de la opinión social y de la tolerancia de quienes no tienen legitimidad alguna para provocar una ofensa a otro ser humano. El final de 2020 ha dejado en España relatos de impotencia, algunos mediáticos y la mayoría sufridos en silencio, entre paredes y lágrimas de desconcierto, de incertidumbre.

Arnau, Eva, Diego e Irantzu son algunos de los nombres que esconden detrás una realidad, y cuyas historias han saltado –por suerte o por desgracia– a la parrilla mediática a lo largo de 2020. Su realidad no es otra que la violencia contra el colectivo LGTB+ en un país que, en teoría, se posiciona entre los primeros del mundo en cuanto a tolerancia con la orientación sexual y la identidad de género.

No obstante, es como si las estadísticas hubieran tomado un rumbo idealizado que no refleja los hechos que viven las víctimas. Cada año siguen llegando historias, historias de dolor, de rabia, de censura y de intolerancia. Cada año siguen presentándose las cifras de agresiones y, peor todavía, las heridas físicas y sentimentales que causan.

La historia de Arnau la recogieron diferentes medios de comunicación. En noviembre, fue agredido verbal y físicamente en el metro de Barcelona a causa de su condición sexual. El joven relató los hechos en Twitter ante la incredulidad de lo que acababa de sucederle. Aparentemente, se despedía de una amiga a la altura de la estación de Plaça Universitat cuando un hombre se abalanzó sobre él mientras gritaba «puto maricón, te voy a reventar las rodillas«. “No es tanto la hostia que te puedan dar, sino el miedo que te genera ser quien eres”, confesaba Arnau en la red social.

“No es tanto la hostia que te puedan dar, sino el miedo que te genera ser quien eres”

Arnau, víctima de una agresión homófoba

Un día antes, Eva había sufrido otra agresión en la ciudad de Barcelona. «Hoy he salido de casa y nada más salir, no había andado ni una manzana, me han empezado a gritar «¡Puto travelo! ¡Engendro!», me han agarrado y me han dado dos puñetazos en la cara, patadas y otros golpes en el cuerpo», declaraba en la misma red social. Varios medios, como Público, recogieron sus declaraciones antes de que tuviera que dejar Twitter por la masiva interacción que recibió su historia.

«Por desgracia, le pasa a mucha gente trans y hubiese podido acabar peor. Yo no hago daño a nadie. NO MÁS TRANSFOBIA, POR FAVOR. No quiero morir mañana», escribía en redes. «Soy una chica normal de 19 años. Soy transexual, sí, pero eso no me hace menos normal. Tengo derecho a salir a la calle, a hacer con mis redes sociales lo que yo quiera. Tengo todos los derechos que tendría que tener todo el mundo», continuaba. Eva, rota de dolor confesaba lo duro que le resultaba decirle a su familia, que estaba lejos de Barcelona, que había sido agredida por ser transexual.

«Por desgracia, le pasa a mucha gente trans y hubiese podido acabar peor. Yo no hago daño a nadie. NO MÁS TRANSFOBIA, POR FAVOR. No quiero morir mañana»

Eva, víctima de una agresión tránsfoba

Diego, un niño de 11 años que estudia en un instituto de la Región de Murcia, acabó en Urgencias en el mismo mes de noviembre como consecuencia de los golpes que le propinó un compañero de clase. Todo habría comenzado con insultos y amenazas, pero terminó con una brutal paliza al grito de “maricón”. En un artículo de InfoLibre se recogen los datos facilitados por Arantxa Miranda, vocal de delitos de odio de la FELGTB (Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales), que afirma que el 82% de los alumnos que sufren acoso escolar por estos motivos no lo confiesan a ningún adulto. «No hay un solo Diego, hay muchos. Podemos taparnos los ojos y decir que son casos aislados, pero yo creo que no», afirma.

“Podemos taparnos los ojos y decir que son casos aislados, pero yo creo que no”

Arantxa Miranda, vocal de delitos de odio de la FELGTB

Irantzu Varela, periodista y activista por los derechos de las mujeres, fue agredida verbal y físicamente por su vecino de rellano. Como publica El Salto, el individuo llamó al timbre del domicilio de Irantzu (en Bizkaia) y, al abrir la puerta, entró en su casa sin haber pedido permiso para, posteriormente, comenzar a insultarla. “Lesbiana de mierda”, “apestada”, “puta”, “cerda” son algunos de los improperios que el vecino vertió sobre la periodista. Los hechos ocurrieron con la mujer del vecino y su hija de unos nueve años observando la escena de cerca. Varela, de 46 años, ya había recibido en numerosas ocasiones amenazas verbales debido a que ha ido ganando bastante popularidad en redes por su activismo a favor del colectivo LGTB+ y del movimiento feminista.

Con estos ejemplos de final de año es inevitable que surjan preguntas como ¿Es suficientemente fuerte la legislación actual para condenar los delitos de odio? ¿O acaso es necesario intervenir en un espacio de base como la educación en los colegios? ¿Sirve de algo una ley que condene si no hay leyes que protejan? ¿Una persona vulnerable –por pertenecer a un colectivo determinado– debe estar igual de protegida que una persona cuyos privilegios sociales le permiten vivir sin altercados? ¿Es suficiente dotarle de la misma protección o necesita más para equilibrar la balanza?

La evolución es innegable. Los movimientos sociales han conseguido, y no en vano, derechos que disfruta la sociedad actual. Hubo quienes se partieron la cara para que hoy no haya tanta sangre, pero sigue habiéndola y las historias siguen doliendo, los golpes duelen y las vulneraciones de derechos humanos duelen. Se podrá hablar de avance cuando ningún delito sea «de odio»; mientras tanto, solo queda camino que recorrer.

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