Lenguaje inclusivo para «baby boomers»

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Ministros y ministras, niños y niñas, alumnos y alumnas. Sean todos, todas y todes bienvenidos a este debate que tanto importa a los de izquierdas y tanto enfurece a los de derechas: el lenguaje inclusivo.

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Vivimos en un mundo de cambios constantes. De avances y de retrocesos dentro de una sociedad patriarcal y machista, donde la diversidad sigue encontrando obstáculos para abrirse camino. Entre miles de problemas sociales como la brecha salarial, la violencia de género, la exclusión del colectivo LGTB o las altas tasas de suicidio de las personas “trans”, parece que lo importante es hablar de lenguaje. Esta conversación metalingüística aparece en portadas de periódicos y cabeceras de telediarios casi a diario. Así que, valga la redundancia, hablemos de lenguaje.

El inicio del masculino genérico

Para entender este debate, debemos remontarnos a la explicación de por qué el masculino se ha utilizado como genérico durante siglos. La razón señores y señoras, es bastante simple y lógica: por los hombres.

La cultura (como todas las demás áreas humanas) ha sido siempre dominada por ellos. Y durante muchas etapas de la historia, no solo la dominaban, sino que eran los únicos que podían beneficiarse de ella. En concreto, dentro de la literatura todos conocemos a Lorca, Machado, Quevedo, Lope de vega, Galdós o Reverte. Y yo me pregunto: ¿dónde están las mujeres escritoras? Dudo mucho que alguien de cultura media me pudiera citar a alguna mas allá de Virginia Wolf o Jane Austen. Pero evidentemente, no fueron las únicas.

Es impactante el hecho de cómo la literatura que se imparte en la educación española en pleno 2021 sigue siendo predominantemente masculina. Y el problema viene porque estos autores masculinos, escribían solo y exclusivamente para quienes podían leerles: los hombres.  Pero ¿por qué?, ¿a la mujer no le interesaba?, ¿no existía o no tenía hueco para existir? Sea como fuere, de esta manera el masculino genérico se apoderó del vocabulario, porque se entendió que la forma correcta de hablar o escribir debía ser como lo hacían los grandes escritores. Aunque estos no tuvieran ninguna intención de hacerlo genérico, puesto que ellos solo escribían para hombres.

El verdadero problema: la ignorancia

Cuando el tema del lenguaje inclusivo salta a la palestra en cualquier terraza hablando con amigos, o la mujer del bus lo comenta a gritos con su marido, tengo la sensación de que (como en la gran mayoría de temas de actualidad) la gente habla sin saber. Y ahí los medios de comunicación deberían entonar un mea culpa, por no explicar a esa señora, o a ese chavalín de 19 años de dónde y por qué viene esta problemática.

El lenguaje inclusivo es una problemática que no solo atañe a las mujeres, sino también al colectivo LGTB. Y tampoco es solo cuestión de arremeter contra el masculino género, sino contra expresiones sexistas y lgtbifóbicas que han calado en la subconsciente de todos nosotros. Permítanme ponerme un poco vulgar, pero algo hemos tenido que hacer muy mal cuando damos por hecho que un coñazo es algo que nos aburre o no nos interesa, y algo divertido es la polla. Parece que para gustarle tanto lo primero al género dominante del lenguaje, luego han tenido que ridiculizarlo y dotarlo de una connotación negativa.

Los niños son tildados de “nenazas” cuando hacen algo poco valiente, lloran o muestran sus sentimientos como cualquier otro ser humano. Y me resulta curioso porque precisamente las personas más luchadoras que conozco (y creo que muchos estarán de acuerdo conmigo) son las mujeres de mi circulo cercano. Y asociado con esta expresión misógina, tenemos la maravillosa palabra “maricón”. Y es que, en el fondo, esta palabra significa lo mismo que “nenaza”, porque el lenguaje nos muestra de una manera clara y evidente que existe un rechazo a la feminidad completamente sistemática. Porque inconscientemente no entendemos cómo un hombre, con todos los privilegios que posee simplemente por haber nacido así, va a querer “asemejarse” a una mujer. Idea ridícula, resultado de los roles de géneros impuestos por obligación en nuestra sociedad. Pero ese es otro tema, que, aunque muy relacionado, discierne de la idea principal de este artículo.

Una lucha inclusiva

El lenguaje inclusivo no es solo cosa del feminismo. El colectivo LGTB lleva muchos más años que las mujeres revindicando un lenguaje más abierto y flexible. Porque dentro de este colectivo hay realidades que no encajan con la normatividad del mundo. Hay personas pasando por una transición, personas confundidas que se odian a si mismas por no saber cuál es su lugar, por no ser como el resto. Y luego vamos nosotros, como si con una pistola invisible se tratara y le apuntáramos a la cabeza, esbozándoles indirectamente con estas reglas gramaticales: decídete ya, o hombre o mujer; o blanco o negro, pero gris NO.

Pero esto la mayoría de la sociedad cishetero no lo entiende. Porque nadie se da cuenta de que está en una cárcel si no se mueve para escuchar el ruido de sus propias cadenas. “Si el problema a mi no me incumbe ¿qué mas da?”. Y por suerte o por desgracia, este colectivo ha tenido que retorcerse y retorcijarse para darse cuenta de que en este mundo todo dios te dice lo que debes ser, incluso la lengua. Porque ya decía un antiguo refrán: “duele mas una palabra, que mil puñaladas”.

Según la Real Academia Española de la Lengua, el lenguaje es la “facultad del ser humano de expresarse y comunicarse con los demás a través del sonido articulado o de otros sistemas de signos”. Pero ¿qué es lo que se expresa y se comunica? Nuestros pensamientos. El lenguaje es la capacidad del homo sapiens sapiens (aunque a veces no lo parezcamos) para explicar el mundo que le rodea. Los esquimales tienen hasta nueve palabras diferentes para denominar el estado físico y la temperatura de la nieve, porque su realidad ha hecho que deban diferenciarla. Por ello, es explícitamente científico decir que el lenguaje refleja nuestra cultura, nuestras ideas y nuestros valores. Por ello, se vuelve imprescindible pararse y escuchar. Recapacitar sobre nuestras expresiones, nuestros refranes, nuestros plurales. Debemos pensar qué queremos transmitir y darnos cuenta de cómo lo vamos a transmitir. Porque si el lenguaje lo utilizamos todos, deberíamos caber todos en él.

Vivimos en un mundo de cambios constantes. De avances y de retrocesos dentro de una sociedad patriarcal y machista, donde la diversidad sigue encontrando obstáculos para abrirse camino. Entre miles de problemas, el lenguaje inclusivo resulta que es uno más de ellos para una gran parte de la ciudadanía actual. Ni peor ni mejor; simplemente otra lucha más. No se qué pensaran las sufragistas, o los que lucharon durante el Stonewall por la libertad sexual. A lo mejor ven esto como una minucia, una bobada, algo insignificante. Y yo, si tuviera en frente a alguna de esas mujeres u hombres que lucharon en un pasado no tan lejano por la igualdad, les preguntaría si no les llamaron locas, exageradas e histéricas cuando lucharon por lo que ellas creyeron justo. E independientemente de cual fuera su respuesta, les daría las gracias por darme las claves para poder escribir este artículo sobre libertad y cosas que al principio no importaban, pero tenían mucha importancia.

 

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