Un fragmento rescatado de un documental conmocionó en redes y desató un debate sobre la simbología de las imágenes
Allá por inicios del mes de enero, una imagen comenzó a circular por redes sociales: un clip de un documental titulado Encuentros en el fin del mundo (2007), dirigido por Werner Herzog, en el que se mostraba cómo un pingüino se separaba del grupo y se dirigía solo hacia una montaña, que estaba a 70 kilómetros de distancia.
El clip original planteaba un comportamiento anómalo del ave ya que, sin razón aparente, era imposible que rectificase el rumbo que había tomado. El narrador planteaba la pregunta que enfoca el objeto de este artículo: «pero ¿por qué?»
No se conoce la razón por la que el animal tomó la decisión. Se planteaban múltiples teorías sobre fallos cognitivos o evolutivos del pingüino, pero lo que sí era un hecho —que conllevaría la reflexión de la comunidad digital— fue la ausencia de motivo y la gran capacidad especulativa de la misma para generar ideas o teorías.
La ausencia completa de motivaciones lógicas fue lo que generó una fuerte capacidad de idealización sobre el animal. Lo que era un simple ave que perdía el rumbo, acabó convirtiéndose en un símbolo que representaba la lucha contra todo lo establecido.
Las redes se inundaron de edits, videos y memes sobre el mismo fragmento. Algunos añadían música motivacional, otros daban su interpretación propia, lo utilizaron como publicidad —como el caso de BBVA— e incluso lo llegaron a definir como el símbolo que representaba la imagen de la idea de «marcar la diferencia». Casi todos los vídeos ponían al pingüino como ejemplo a seguir, como un referente. Te decían «sé como el pingüino».
El punto de inflexión se podía observar en cómo reaccionaba la gente en los comentarios. Como siempre, la comunidad estaba dividida. Unos lo describían como símbolo del cambio, de dar un nuevo rumbo a sus vidas. Otros, en cambio, hablaban de un exceso de romantización, opinaban que la gente exageraba dándole tanta importancia a un simple animal que anda hacia una montaña.
En internet es común encontrar ambos bandos en casi cualquier tema. Muchos encuentran símbolos en elementos poco relevantes y observan su acto como algo inspirador, mientras que el otro lado es más crítico y ataca a quienes ven inspiración en algo que consideran sencillo.
Entonces, ¿es tan malo buscar inspiración en algo que, a priori, es simple? ¿es realmente malo romantizar casos como este? Podríamos decir que no. Al igual que ocurre con la gente religiosa, la necesidad de tener algo en lo que creer es esencial para entender estos fenómenos.
El ser humano siempre ha creado simbología en la que volcar sus emociones y esperanzas, al igual que sus miedos —en otros casos—. La clave de que estas manifestaciones y emociones no afecten negativamente al individuo es simplemente la responsabilidad de las personas en imponer unos límites claros.
Todo el mundo sabe que cualquier cosa e idea es mala en exceso, incluso la intensidad de los ideales. Reflejar en un símbolo un sentimiento o una emoción no es un problema, lo complicado llega con la obsesión con esa idea. No considero que quienes busquen inspiración en imágenes sencillas hayan cometido un error garrafal. Más bien provoca cierta admiración ver cómo el imaginario individual pasa a viralizarse hacia el plano colectivo.
Resulta muy interesante observar cómo el ser humano es capaz de transformar un concepto simple en un fuerte sentimiento y ver cómo se expande. Quizás sea un ejemplo del poder de la palabra como medio de transmisión de ideas que nacen desde una simple imagen.


