Escrito por: Laura Ortega y Jorge Molinero.
Los jóvenes han sido, y siguen siendo, objeto de ataque por parte de los medios de comunicación
La rebeldía e irresponsabilidad que caracteriza a la adolescencia parece un buen pretexto para asumir el papel de culpable en cada problemática social: desde las pensiones insuficientes a largo plazo, hasta las olas pandémicas.
Las conductas de los jóvenes son analizadas con lupa por parte de los medios masivos. Cualquier paso en falso es una oportunidad para culparlos de los males de la sociedad. Estos medios se dirigen a la población adulta, donde el público y consumidor es un adulto que no quiere que se le eche la culpa, y al que le resulta más fácil que el papel de cabeza de turco sea asumido por los jóvenes.
Esto hace que la juventud comience a dudar de los medios de comunicación, no solo por no verse reflejados en ellos, sino porque, las pocas veces que lo hacen apareciendo en ellos, son marcados como seres irresponsables que traen consigo todos los males del mundo. Algo así como Pandora y su caja: no sólo la llevamos, sino que también la abrimos.
La diana a la que los medios de comunicación disparan
Con la reciente pandemia Covid-19, hemos sido testigos del constante castigo hacia los jóvenes por parte de los medios. Frente a la subida de contagiados se ha culpabilizado a la juventud a raíz de botellones, reuniones masivas o fiestas ilegales.
La tendencia de culpar a la juventud como problema principal de todos los males de la sociedad parece haberse acomodado muy bien a la forma de dar las noticias, encontrándonos casi a diario artículos y vídeos informativos sobre jóvenes saliendo de fiesta e incumpliendo la recomendada distancia de seguridad, pero ninguno sobre el abarrotamiento en tiendas durante el Black Friday, en el que tampoco se respetaba dicha distancia.
Nos encontramos así con artículos que marcan de manera directa a los jóvenes como el problema, a pesar de que la noticia sea todo lo contrario. Esto lo vemos en noticias que tratan, por ejemplo, del poco uso que hacen de los adolescentes a plataformas como Facebook, utilizando titulares sensacionalistas que tachan a los jóvenes como el PROBLEMA para Facebook.
De esta forma, todas las noticias que mencionan a los que serán el futuro de la sociedad lo hacen desde una perspectiva pesimista, repudiable e incluso atacante. Nunca nos veremos reflejados en estas por una buena acción y, en el caso de hacerlo, no tardará en venir el boomer de turno a tirárnosla por tierra.

Los jóvenes han adquirido apodos como “generación de cristal”, haciendo referencia a la cantidad de quejas que reclaman o a lo “sumamente sensibles” que son. Sin embargo, es la generación que va a sufrir las consecuencias de la recesión o de la crisis medioambiental.
Es por esto que la conocida como generación Z está, en general, muy concienciada con los problemas sociales que la rodean, buscando un cambio del que poder formar parte. Pero esto es algo de lo que nunca se hablará en los medios de comunicación convencionales.
Todos sabemos de manifestaciones fomentadas por el sector juvenil cuya intención no es otra que asegurar el cumplimiento de los derechos humanos para todo el mundo, pero los medios siempre se van a centrar en el cómo se ha llevado a cabo la manifestación y/o los destrozos provocados, pero nunca en el objetivo que persigue. Esto no pasó, por ejemplo, con manifestaciones negacionistas que se dieron durante los meses de pandemia.
Un tema que importa a los jóvenes
Que se proyecte una imagen tan negativa sobre la juventud, preocupa a los jóvenes. Creen que los medios están equivocados, no confían en ellos y los perciben como un enemigo que solo busca el beneficio económico y la noticia rápida. “Cuando en los medios de comunicación criminalizan a los jóvenes, están contribuyendo al prejuicio de un colectivo. Porque no todos los jóvenes son criminales” (Lucía, 19 años)
El peligro de la generalización es vital. La problemática no se centra en un colectivo específico, sino que engloba a todos los jóvenes: a los ojos de los mayores, la culpa no la tienen los que se saltan las reglas, si no los que comparten el mismo rango de edad. Esta generalización preocupa al resto de jóvenes, pues “no es agradable que te persigan los dependientes de una tienda pensando que vas a robar por ser joven ” (Álvaro, 18 años).
Muchos jóvenes sufren las miradas de desconfianza en los establecimientos, o las miradas de decepción tras una noche fuera. La sensación de ser mirado por encima del hombro también es parte del prejuicio generalizado, pues “entienden la sociedad como un todo y no como partes” (Pablo, 21 años).

Esto resulta en una desconfianza por parte de los jóvenes hacia los medios de comunicación, así como en la asunción de estos discursos como verdad absoluta, viéndose reflejado en su carácter, modo de actuar y salud mental. Esta última es la gran olvidada, a pesar incluso de haberse visto especialmente afectada tras la pandemia —el 73% de los adolescentes han sentido la necesidad de pedir ayuda profesional—. Lo peor: parece que los jóvenes nos hemos acostumbrado a esto, y lo vemos como algo más con lo que lidiar.
Huelgas, manifestaciones y reivindicaciones parecen molestar a la población más madura, que ha sido la causa de las anteriores crisis. Su salud mental lo sabe, y pese a la percepción de exagerados que se les achaca por parte de los mayores, muestran una de las peores tasas de salud mental en comparación con los jóvenes de generaciones anteriores. “Se les ha criminalizado cuando han sido y van a seguir siendo el colectivo más desamparado” (Ana, 19 años).
Según Eurostat para El País, los jóvenes de entre 20 y 29 años son el colectivo en mayor riesgo de pobreza, y problemas como el desempleo o abandono escolar son arrastrados por la juventud. La próxima generación de pensionistas tiene miedo de los jóvenes, temiendo la insuficiencia de fondos para su jubilación. El paro juvenil y el ambiguo futuro laboral que le espera a la juventud preocupa a los beneficiarios de las próximas pensiones que temen vivir bastante peor que las actuales.
Alquileres imposibles, escasez de puestos, mala remuneración, privatización académica… Se aproximan años difíciles para la independencia de nuestra generación y las ayudas son mínimas. A los jóvenes también les afecta la crisis, y no es que “los jóvenes de hoy en día seamos muy sensibles”, sino que además de sensibles, se nos tacha de radicales al luchar por ello. La independencia económica de nuestros padres es algo con lo que todos soñamos, y no podremos alcanzarla hasta una edad más tardía que la de nuestros progenitores o abuelos.

A su vez, todo esto se ve reflejado y potenciado en una gran falta de programas y medios de comunicación que den voz a los jóvenes, con los que nos podamos sentir reflejados y que expongan temas de preocupación general juvenil. Cierto es que programas como Gen Playz están empezando a cambiar esto, reivindicando el papel de los jóvenes en la sociedad y su posición como futuro del país, pero todavía faltan y se necesitan voces jóvenes en lo mainstream.
El argumento de “no tienen voz en estos canales porque no interesa” no vale, ya que no se ha dado ni la oportunidad para hablar de ellos y, a los pocos programas existentes de ámbito juvenil, no se les toma en serio, criticándolos y sacando argumentos fuera de contexto, ya sea con afán sensacionalista o, simplemente, de atacar una vez más al joven como problema de todo.

