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‘Las miradas de Medusa’, cuando el mito se convierte en piedra

Una tragedia griega

Salamandra publica Las miradas de Medusa, una novela en la que su autora promete revisitar el mito de la famosa y despiadada gorgona y despojarle de su condena demonizada. Sin embargo, la novela se queda en un quiero y no puedo.

Antes de ponerme a escribir, antes incluso de abrir el archivo de Word en el que redactar las palabras que ahora estás leyendo, abro Google Imágenes. Lo hago en el mismo ordenador en que el archivo de texto está empezando a impacientarse porque quiere dejar de estar vacío, de ser un lienzo en blanco, y escribo, en la barra de búsqueda: “Medusa de Caravaggio”. Creo que era Caravaggio. Lo que veo en la pantalla me sobrecoge: una cabeza cercenada envuelta en serpientes, y una cara hermafrodita con expresión de horror. No es ira, no es rabia, tampoco creo que sea indignación. Diría que es miedo.

Todos conocemos la historia. Medusa, la única mortal de las gorgonas, es violada por Poseidón, dios de los mares, en el templo de su sobrina Atenea. ¿Qué hace esta última cuando se entera? Castigar a la gorgona, es lógico. A Medusa se le extirpa su envidiable cabecera y, en su lugar, un hatajo de serpientes sisean donde antes nacía una hermosa cabellera rizada. Pero, además, su mirada. Esos ojos saltones que antes lo miraban todo con impaciencia y curiosidad, condenados a no ver nunca nada o, de hacerlo, lo convertirá en piedra. Una mirada vacía. Un crimen atroz.

Natalie Haynes (Birmingham, 1974) se acerca a esta historia, a este mito, de la mano de la editorial Salamandra. Las miradas de Medusa es ese libro que, en su promesa, jura darle voz a la repudiada, al monstruo que, en su valentía, Perseo despojó de cabeza (y, por ende, de vida). Sin embargo, la narrativa se queda como un canto de su mirada: vacía.

Una novela de piedra

Las comparaciones son odiosas, pero Circe y La canción de Aquiles marcaron un antes y un después en la manera de retratar el mundo de la Grecia antigua. La Grecia poderosa, de los dioses intransigentes que se alejan del bondadoso comportamiento que nos contaban de pequeños. Son libros que, respetando el material original, hablan de unos personajes. Circe es Circe durante toda la novela. Aquiles ama a Patroclo y lo busca en la prosa de Miller. Pero aquí, Medusa no es sólo Medusa. Medusa es Anfitre, es Hefesto, es Zeus, es Dánae, es Casiopea. Medusa es todos menos Medusa misma. Es un personaje secundario en la historia de su propia vida.

Porque, de todas maneras, ¿cuál era la virtud de la gorgona en el mito original? El de ser malvada y poco más. La historia podría partir desde ahí. Una historia de venganza que justifique todo el odio que tiene en su cuerpo pero, en Las miradas de Medusa, su papel se reduce al de víctima. La autora la utiliza, juega con ella, para recrearse en un acto inmoral cometido en una época en la que apenas había moralidad. Y no le da un giro de tuerca, al contrario, le resta su poder. Mantengo un profundo respeto por lo que Haynes se propuso hacer con su novela (restablecer una figura femenina demonizada durante milenios) pero, lamentablemente, no cumple con ello. En su abanderamiento feminista, la novela se convierte, quizá, en una justificación machista.

Los personajes, desdibujados en una obra aburrida, no gozan de profundidad, ni tampoco de un diálogo que los haga parecer interesantes. Al contrario, resultan de lo más repetitivo posible. Y, sin embargo, la novela se devora con la misma urgencia con que Perseo vuelve a casa tras quitarle la vida a la gorgona. Con prisa, el lector pasa de página, párrafo a párrafo, cayendo en el pozo sin fondo que era la Atenas de oro.

La lectura ha de ser un ejercicio de entendimiento mutuo. El lector está dispuesto a leer aquello con lo que siente va a ser respetado y tomado en serio. Pero ese respeto no está presente. Las miradas de Medusa no juega con la prosa, ni con los dobles sentidos, ni tampoco invita a la reflexión. A pensar en aquello que se acaba de leer. Al contrario, en algunos capítulos, el narrador dice explícitamente cómo debe caernos según que personaje o por qué no hay moral en sus actos y objetivos. Ese respeto mutuo se pierde no al darlo todo masticadito, sino al tratar al lector como un sujeto pasivo, desvivido y que no valora la obra que tiene delante. La llama de la pasión que siempre está encendida se ha apagado.

Quizá, la historia de Medusa ya esté cerrada, y todo lo dijera el artista argentino Luciano Garbati cuando, en 2020, plantó frente al Tribunal Penal del Condado de Nueva York una escultura que mostraba a la gorgona con la cabeza de su asesino. Medusa con la cabeza de Perseo convertía la maldición en un poder, en un arma de doble filo, colocada estratégicamente mirando al edificio que juzgó a Harvey Weinsten, un triunfo del movimiento #MeToo. Medusa, por fin, tuvo una voz que quiso escucharla. Una voz que la hizo ser la protagonista de su propia vida, y de todas las que fueron tras ella. Desde entonces, todo son habladurías.

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