Del infierno al feed: cómo pasamos de temer a Dios a temer al algoritmo
El pasado 21 de julio Tyler, The Creator organizó una fiesta para el lanzamiento de su último álbum Don’t Tap The Glass. El evento contaba con una norma muy estricta para los invitados: prohibido los móviles. ¿El motivo? Animar al público a limitarse a bailar y disfrutar de la música.
«Le pregunté a mis amigos por qué nunca bailaban en público, y algunos me dijeron que por miedo a ser grabados», escribía el artista en un post de Instagram. Esto le llevó a cuestionarse cómo una forma de expresión tan humana había sido asesinada por el miedo a convertirse en meme. Así nació la idea del disco y de su release party.
El miedo siempre ha sido el mayor método de control del comportamiento. Antaño, la posibilidad de no ascender al reino de los cielos tras la muerte si se obraba malamente en vida configuraba la conducta de la población occidental. Sin embargo, el temor al altísimo era —y es— algo muy íntimo. En el siglo XXI, Dios tiene TikTok, y un error que antes sanaríamos con dos Padrenuestro y sólo conocería el sacerdote, ahora puede dar la vuelta al mundo y perseguirnos de por vida.
La vergüenza pública tradicional ha sido sustituida por el miedo al meme, pero la idea persiste. Seguimos sometidos a una constante vigilancia que regula nuestra forma de actuar, solo que ahora es mucho más intensa. Ya en 1956 el sociólogo Erving Goffman dibujaba la conducta humana como una obra teatral en la que cada individuo interpreta un papel ante una audiencia. No obstante, dudo que vaticinara la revolución que iban a causar las redes sociales. En la actualidad el backstage con el que metaforizaba Goffman ha sido devorado por el front stage. Es decir, ya no hay apenas espacio para la intimidad, pues estamos la mayor parte del tiempo subidos al escenario.
Las redes, sin embargo, no son verdugo sino arma. Ante el pánico a ser ridiculizados, son muchos los que escogen ser quienes ridiculizan. Y no nos engañemos, todos hemos elegido ese camino en algún momento. Comer para que no te coman. Agredir de forma preventiva.
Es así como surgen etiquetas tan de moda como «charca» o «NPC». Tribus imaginarias deciden qué está bien y qué no; lo que es admirable o, por el contrario, denunciable, creando así un clasismo simbólico absurdo. Se está llevando al extremo la idea de camuflarse entre los atacantes para no ser atacado. Por ello, la mínima crítica a un estándar generalizado aúna a una gran multitud tras ella, pues nadie quiere ser la víctima. Hoy te arriesgas a ser «charca» si te pillan escuchando a Quevedo o un «chico performativo» si decides usar una tote bag en público.
Esta represión exagerada del ridículo conduce a una sociedad plana de individuos sin identidad. La adolescencia, por ejemplo, es caldo de cultivo de inseguridades y complejos, por lo que exhibe este fenómeno a la perfección. Al volver de clase paso siempre por delante de mi antiguo instituto, y resulta graciosísimo ver a absolutamente todos los chavales con el mismo corte de pelo y misma ropa.
La espontaneidad es hoy castigada. El otro día hablaba sobre música con un amigo. Discutíamos sobre los diferentes géneros y las influencias de unos en otros. En un momento, se atrevió a confesarme cuál era su guilty pleassure musical: Bad Bunny. Me quedé sin palabras. ¿Cómo es posible que se haya distorsionado tanto el imaginario colectivo sobre lo que es aceptado y lo que no como para que alguien llegue a considerar que escuchar a Bad Bunny, artista con más de 80 millones de oyentes mensuales, es algo que puede ser objeto de crítica?
La nueva norma es criticar la norma. Y los que lo hacen han conseguido configurar una autocensura general. Como consecuencia, existe un miedo latente a la exploración, a salirse del tiesto, que lleva a un conformismo voluntario sin precedentes. Necesitar sentirse parte de algo puede llevar a no formar parte de nada. El resultado de esta tendencia se traduce en un deterioro de la creatividad y un auge de la mediocridad. Una mediocridad, además, disfrazada de ironía y superioridad intelectual.
Los estándares de comportamiento siempre han limitado la libertad humana. La Inquisición ha perseguido a quienes cuestionaban los dogmas católicos. El patriarcado ha llamado histéricas a aquellas que mostraban más entusiasmo del concebido para una correcta conducta femenina. Sin embargo, hoy somos nuestros propios perseguidores.
«Una de las mejores noches de mi vida», reconocía una de las asistentes a la fiesta sin móviles de Tyler, The Creator. Y es que Tyler no estaba llevando a cabo un mero gesto artístico, estaba llamando a la rebelión. Así que reivindiquemos nuestro derecho al ridículo. Recuperemos el error, la pasión, la ternura, la vulnerabilidad. Volvamos a bailar, a llorar, a improvisar. Ya hay demasiada opresión contra la que luchar como para oprimirnos a nosotros mismos.

