Tras el escándalo de los cánticos soeces en el colegio mayor Elías Ahúja, es importante reflexionar sobre el papel que tiene la juventud hoy en día y los problemas sociales que la acompañan
A estas alturas todos hemos visto ese vídeo. Los residentes del colegio mayor Elías Ahúja, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid, gritando obscenidades sexistas a las chicas del edificio de enfrente a todo pulmón. El caso alcanzó la esfera pública de forma inimaginable. Políticos de todos los espectros condenaron rápidamente el suceso mientras las destinatarias de los cánticos restaban importancia al asunto: «Es una tradición. Se lleva haciendo toda la vida», decían ante los medios. Y puede que sea una tradición y que se lleve haciendo toda la vida, pero hay un grave problema social detrás de todo este asunto.
Dice el Colegio Mayor que expulsará a los responsables. Pues se van a quedar vacíos el curso 22-23 pic.twitter.com/gz4KJVoMCv
— Cris (@gallifantes) October 6, 2022
Lo que se cuece dentro de los colegios mayores y residencias universitarias no es más que un reflejo de las actitudes más normalizadas entre veinteañeros. Parece que el hecho de gritar a pleno pulmón insultos sexistas se ve legitimado por la juventud de los sujetos. «No pasa nada, son jóvenes y estas cosas son normales a su edad», podrían opinar algunos ante las imágenes virales. Pero las novatadas, las ansias de fiesta constante, la necesidad de consumir grandes cantidades de alcohol todos los fines de semana, el escándalo nocturno y la promiscuidad no deberían ser normalizadas en ningún momento. Los jóvenes se escudan en su corta edad para hacer el payaso, actuar sin tener en cuenta las consecuencias y alejarse de toda responsabilidad. A todo esto me gusta llamarlo «la crisis de los 20».
¿Por qué este concepto? Porque nos encontramos en un momento donde lo más normal entre los jóvenes es huir de la llegada de la inminente edad adulta. Donde el hedonismo del placer instantáneo marca sus acciones y comportamientos. Donde hay un miedo al compromiso y al futuro. Y la sociedad actual tiene la culpa de ello.
Como se suele confiar menos en los jóvenes de manera profesional, en el momento en que la edad es más una desventaja que una oportunidad, los veinteañeros restan importancia al trabajo, la virtud y el compromiso. Buscan evadirse en fiestas y comportamientos condenables, creyendo que todos sus actos tendrán impunidad. A día de hoy, tiene más valor tener cierta cantidad de seguidores en redes sociales que el crecimiento personal; es mejor pasarse horas ante la pantalla del móvil viendo TikTok que leer libros de calidad, que marquen en la vida de quien los lea. Se valora más bailar durante horas con música a todo volumen que cultivar el gusto estético; merece más la pena pertenecer a una comunidad que ser independiente.
Esto lleva pasando durante décadas, por supuesto. No voy a ser aquel que ensalce un tiempo pasado para menospreciar el momento en que vivimos. Pero que quede bien claro: se debe aprovechar la juventud no para buscar el placer y el entretenimiento constante, sino para crecer y alcanzar la virtud personal y profesional. Por supuesto que ir de fiesta puede ser divertido, pero en el momento en el que se vuelve una preocupación principal, empiezan los problemas. ¿Quieren una sociedad sin energúmenos que gritan insultos machistas a plena noche? Necesitamos, entonces, promover un nuevo modelo de juventud.


