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Conversaciones de ascensor

El individualismo social como nuevo paradigma

Vivir en la quinta planta de un edificio polifacético me ha permitido interactuar con una maqueta de la sociedad en miniatura. Cada día, al llamar al ascensor, dispongo de unos escasos 15 segundos para intuir la lección que me tocará aprender. Después los vecinos ofrecen, implicados, diversos puntos de vista sobre el tema del momento y, de vez en cuando, dejan entrever un afán de protagonismo llamativo. Llevar la razón ante el tribunal del rellano se convierte en una auténtica aventura.

Origen

El nacimiento del concepto de «individualismo» es propiamente difuso. Algunos autores se remontan a la Edad Media para explicarlo en relación a la expansión del cristianismo. Otros lo asocian, incluso, a la Grecia clásica, con pensadores como Diógenes, de la escuela cínica, que defendía la liberación total del individuo, al margen de la sociedad en la que vivía.

Sea como fuere, es a partir del siglo XVII cuando materialmente el individualismo tomó forma, acompañado de la evolución del liberalismo. Más tarde, durante el final del siglo XX y el inicios del XXI, se reafirmó en términos globales. Tras la caída de los grandes proyectos colectivistas del bloque comunista del este, la reunificación alemana y la apertura china a los mercados globales el mundo cambió.

Surgen, así, de la fusión entre el individualismo y el capitalismo imperante (o individualismo económico) doctrinas filosóficas como el librepensamiento, el egoísmo ético o egoísmo moral, y el objetivismo, en cierto modo, herederos del liberalismo burgués de la Edad Moderna.

La historia demuestra, por tanto, que dicha manera de concebir el mundo consiguió imperar en el sistema político, económico y social con notable antelación a la llegada de generaciones como la Generación X (nacidos entre 1961 y 1980) o la de los millennials (nacidos entre 1980 y 2000). A pesar de esto, la tendencia se sigue asociando a una actualidad muy próxima.

Libertad de expresión

Aun así, parece claro las relaciones de la sociedad entre ella y con el mundo trascienden la concepción histórica. Desde una perspectiva sociológica, es preferible tratar el concepto de individualización, en vez de el de individualismo. En realidad, experimentamos un proceso que afecta a la organización y percepción del orden social, más que una preferencia ideológica en sí misma.

En otro nivel, el del análisis lingüístico cotidiano y popular, el concepto se recoge como una tendencia a pensar y obrar de manera independiente a los demás. Un proceso por el cual se dejan de lado los preceptos de lo aceptado en la sociedad y se imponen los valores personales. En cambio, es frecuente que, más allá de la simple exaltación de la opinión personal, se dote al concepto de un matiz negativo y que acabe equiparado a nociones como el egocentrismo o el narcisismo.

Arma bifronte, crítica y juicio se imponen como ataque mordaz y defensa implacable ante cualquier aspecto cotidiano. Politólogos de supermercado, médicos de WhatsApp y ajetreadas reuniones de negocios en el ascensor a las dos y cuarto de la tarde, con parada especial en la planta 4 porque no hay nada que siente mejor, permítanme la expresión, que hablar a boca llena de libertad de expresión. Por y para todo. O casi todo; elijo creer en el sentido común.

La individualización aviva, inevitablemente, la crítica. Reflexiones dispares, llamativas, innovadoras y multitud más de -ares, -ivas y -oras ofrecen un falso sentimiento de autoridad a aquellos que luchan a pecho descubierto contra la multitud. Somos la era del despertar, sí, pero siempre y cuando este pueda englobarse en una corriente general que nos respalde.

Un modelo de espiral del silencio vertebra una individualización en la que nos sentimos seguros, diferentes y poderosos. Un desahogo acogedor similar al pavoneo de los veraneantes que disfrutan y observan bajo sus sombrillas en la playa a los despistados que olvidaron la suya.

Narcisismo

La exaltación del yo de manera sistemática ha funcionado, en los últimos años, a modo de causa y consecuencia, simultáneamente, de la individualización. El orgullo desmesurado y la convicción de conocerlo todo ha acabado por crear soldados fanfarrones que se reivindican en su originalidad, pero que reproducen patrones caricaturescos de modelos establecidos.

La conversación pública se ha tornado, así, en un forcejeo agotador de ataques y reproches. Vestigios de argumentos que se visten de experiencias legendarias, ejemplos fabulescos y conmoción por doquier. Las falsas autoridades proliferan y se retroalimentan en su propio ser, pues quién eres tú para contradecir al amigo de la hermana de tu vecino del cuarto, muy aplicado en economía, sobre el precio de las manzanas que acabas de comprar.

Se une a lo anterior que la concepción del honor ha sufrido un progresivo retroceso hasta casi un sentido primitivo. La apariencia se fuerza al máximo para ganarse el supuesto respeto de la comunidad. Parece haberse convertido en un alegato tajante a favor o, sobre todo, en contra de ciertas ideas.

Por lo tanto, claro está, si quieres mantener tu honra, como persona de bien, debes elevar tus cejas un par de centímetros cuando subas al ascensor, hacer una suave mueca con los labios al tocar el botón de tu planta y asegurarte de que, en 20 segundos, tus receptores escuchen tu predicción sobre las elecciones, repitiendo lo que te ha contado antes tu primo, entendido de política, obviamente.

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