Cuando perdí la vergüenza decidí volar tan alto que no pudiese ver todo lo que desperdicié por su culpa
De cuando era pequeño recuerdo el ponerme nervioso cuando me cantaban el cumpleaños feliz. Ese medio minuto que, aunque para otros era sólo una canción, a mí se me prolongaría durante un año por lo lento que pasaba el canto. Me refugiaba cobardemente detrás de las velas puestas en la tarta y rezaba para que nadie notase que me temblaban las manos. Luego abría los regalos y ya estaba bien de nuevo.
Ciertamente hablando no sólo era tímido en mi cumpleaños. Tampoco levantaba la mano en clase, ni hablaba por teléfono, ni miraba a los ojos a nadie (aunque, siendo realistas, esto creo que sigo sin saber hacerlo). He crecido bajo una sombra que me perseguía hasta de noche, hasta sin luz. La vergüenza se convirtió en mi mejor amiga. Siempre estaba ahí: en los cumpleaños, en el instituto, en la universidad. Mi querida amiga vencía la curiosidad y yo, con tantas preguntas que hacer, me quedaba con las ganas de todo. Encerraba mis dudas en el cajón y me iba a dormir un día más sin saber qué se sentía al hablar, al preguntar, al hacer contacto visual con alguien.
Conforme crecí fuimos de Guatemala a Guatepeor. Era completamente ridículo: no bailaba de fiesta, no decía nada, no ligaba. La gente pensaba que me caían mal porque siempre estaba serio. Vivía en un continuo mannequin challenge mientras intentaba que nadie me mirase. Ser amigo de mi propia vergüenza me impedía hacer amistades de verdad: ahora, cuando recuerdo estos años, veo todo el espacio de mi habitación que podría haber estado lleno de gente, de fiesta, de amistad, pero que sólo lo invadía mi amiga la vergüenza. De verdad, un despropósito total.
Dice el refranero español que con la vergüenza ni se come ni se almuerza. No sé en qué momento lo entendí, pero, después de tantas miradas apartadas y tantas preguntas sin hacer, salí. Salí de mi habitación y ella salió de mí. Por fin pregunté. Supongo que fue cuando me creció el bigote, cuando me emborraché por primera vez o cuando perdí la virginidad. Mis historias despiden la vergüenza y me enseñan que la vida es divertida, o, al menos, que ya hay suficientes cosas malas como para privarnos de las buenas.
Mientras los veo por el cielo, me pregunto cómo volarán los aviones. Me parece muy bonito el rastro blanco que dejan. Es como una forma de avisar que por ahí ya han volado: el cielo es inmenso, pero, en todo ese azul, siempre hay quien lo ha cruzado antes. Creo que es una manera de comprender que todos podemos llegar tan alto, supongo. Es decir, cuando crea que no puedo alcanzar el cielo, sólo hace falta ver que ya ha habido quien ha conseguido volarlo, dejando su rastro de estelas. Cuando me sienta incapaz de lograr algo, únicamente tengo que mirar arriba y buscar alguna estela blanca que rememore que alguien con los mismos miedos y vergüenza que yo ha conseguido llegar a donde yo quisiera estar.

El azul del cielo me recuerda que no debo estar triste teniendo algo tan bonito delante. Hay tanto por volar y tantos aviones por aterrizar que la vergüenza parece ser sólo una ráfaga de viento que me despeina. Después de veinte años con miedo por fin salgo a la calle sólo, sin mi amiga la vergüenza y, mirando hacia arriba, dejo que el viento me despeine. No, después de tanto rubor y tanta inseguridad, ya no me avergüenza que el viento de la calle me despeine el pelo y esté un poco más feo. Increíble, ¿verdad?
Cuando me aburro me pregunto cómo volarán los aviones, pero nunca me pregunto cómo consigo volar yo cuando siento que no tengo vergüenza. Cuando suena mi canción favorita de fiesta, cuando alguien me hace sonreír o cuando me escapo. A esta edad sólo necesitamos eso, que alguien nos invite a huir, aunque sea desconocido, aunque tengamos miedo, aunque sea una versión de nosotros mismos que aún no conocemos. Y escapar a algún lugar donde no arrepentirnos de quedarnos con las ganas. Desde que tengo bigote he encontrado el camino para darme una oportunidad a mí mismo y hacer todo lo que nunca me habría imaginado haciendo. He dejado atrás mi propia vergüenza y, aunque, con los pies en la tierra, he dejado también mi rastro estelado.
A veces creo que pertenezco a una carretera donde pueda correr sin mirar atrás. Creo que la vida es eso, hacerlo todo como si nadie mirase, como si no hubiese gente alrededor. Tenemos la edad de definirnos, o, dicho de otra forma, de vivir las experiencias que nos van a definir el resto de nuestras vidas. Y no creo que con vergüenza se pueda sentir tanto en tan poco tiempo. A mí, por ejemplo, me gusta notar la sangre bombear mi corazón porque me recuerda que estoy vivo y mi sueño es perderme en Nueva York. Tengo una lista de películas que me hacen llorar y poemas que nadie ha leído. Soy una persona diferente cada día que ni siquiera mis amigos conocen porque cada vez me siento más libre, más yo, más cerca de volar. De tocar el cielo, de perder la vergüenza.
Cuando me dejé ir fue cuando me encontré. Tuve que soltar lo único que tenía para crecer. Y con veinte años no tienes más que miedo: las veces que te han roto el corazón en el pasado y la ansiedad sobre el futuro que no te deja dormir. Por eso empecé a apreciar el viento que me da en la cara. El que me hace sentir que estoy presente aquí y ahora, el que me despeina, el que me hace reír: me río de aquella etapa cuando no sabía si iba a superar a mi ex, me río de los exámenes suspensos, me río de la vergüenza que aún queda. Cuando me acuerdo de la cantidad de cosas que me he perdido por no creer en mí me río de mí mismo. Y me prometo no volver a quedarme con las ganas de nada.
Supongo que crecer es eso. Al final hay que saber encontrarse, y cada uno se busca por sus propios caminos. Yo, al menos, doy conmigo mismo cuando bailo como si estuviese en la movida madrileña, cuando recito mis poemas, cuando soplo las velas. Doy conmigo mismo cuando entiendo que mi yo del pasado se sorprendería de escucharme contar las cosas que estoy viviendo.
No sé cuántas preguntas me quedan por hacer, ni velas por soplar, ni si algún día aprenderé a mantener la mirada. Lo único que sé, tras preguntármelo muchas veces, es cómo vuelan los aviones: sin tener vergüenza.
Así que ya sabéis: si algún día veis un rastro estelado por las calles de Getafe no os asustéis. Es porque por fin he mirado fijamente a los ojos de alguien.


