Fingir el clímax para salvarse a uno mismo, al otro o la relación
Hay muchísimas cosas de las que quería hablar antes de verme sometida a la visceralidad más humana, al cuerpo, a los escenarios y la imaginación, a la mente. Pocas veces rescato líneas pasadas pero, esta vez, una sensación me ha llevado a ellas.
Una percepción, los andares y miradas en la parada del bus. El calor y el despiste. Conseguir permitirse excitarse y verse vulnerable, descontrolada, agitada.
Entre los ejes temáticos que disputaban la salida a papel estaba la duda y evidencia de los orgasmos fingidos. Y, al final, tiene bastante que ver con esa visceralidad que me ha asaltado esta mañana. Porque solo te la puedes permitir si has cruzado el mar del miedo y la vergüenza.
Ese tema es un temazo y lo llevó Eva Arguiñano a las tablas de Broncano la semana pasada. Comentó que la masturbación debía ser mayor que 0’5. No puede ser que haya tanta diferencia de puntos entre follar y masturbarse. Y saca la chicha: en la supuesta «mesa de consenso» donde se decidió esa puntuación debía de haber más hombres que mujeres.
«Hay un porcentaje altísimo de mujeres que han fingido al menos un orgasmo a lo largo de su vida», comenta la cocinera. El presentador confiesa que no lo han contado en el programa. Ella, cortante e inatacable, ironiza y vacila: «Pues os lo cuento yo».
Yo estaba esperando a que alguien —fuera de los foros anónimos y los vídeos moralistas y reivindicativos— lo comentara. Es difícil que en un encuentro de lo más sencillo y cotidiano se comente algo así. Rompería el «buenrollismo».
Hay tantas mujeres que hasta los cuarenta no han experimentado el orgasmo con otro cuerpo que se merecen, como poco, una observación, un foco que se dirija únicamente a ese lado de las vidas, una lupa —aguda de narices— donde ver los matices de tal increíble circunstancia. No sé dónde hay más coraje, si en la que lo finge o en el que no se entera en su vida de que aquella vez, aquella mujer a la que sedujo con gestos machos, tuvo que simular un orgasmo para salvarse el culo y poder salir de allí por patas.
Silvia Cintrano, psicóloga especialista en terapia de pareja y sexóloga del Instituto Centta, habla sobre todo esto en La web de La Sexta y cuenta que el orgasmo no es ninguna meta que debemos alcanzar. Matiza: «No es real el mensaje que se está transmitiendo a través del lenguaje no verbal». Destaca tres motivos fundamentales: la complacencia, la presión social y la falta de habilidades sociales.
Más tarde, he leído en El Mundo que las mujeres que sufren anorgasmia pueden llegar a fingir un orgasmo como estrategia, pueden hacer del falso orgasmo «un arte dramático al servicio del juego amoroso».
En otros medios me he encontrado con espantosos titulares como: «Orgasmos fingidos, ¿es mejor contarlo o no decir nada a la otra persona?»; «Manual para saber que una mujer ha fingido un orgasmo»; «¿Te creías buen amante?», entre otras burradas. Es habitual cuando me pongo a hurgar por el patio de Internet acabar pensando que las mejores fuentes de información las tengo más cerca y son más accesibles.
Qué importante es la previa investigación, indagarse a una misma, ir allí con tus placeres autoconcedidos. De ahí, la máxima puntuación en la masturbación. Es en ese carácter preguntón y fisgón de la intimidad donde empieza el deber de desmantelar la base sobre la que se sustenta la norma de este tipo de situaciones.
Hay que arremeter con ímpetu y furia contra todas las costumbres habidas y por haber. Desde la de no saber cómo mover los dedos para darte placer hasta la de intuir un funcionamiento genérico e impersonal a lo que al sexo se refiere. Primero, porque de impersonal tiene poco y, segundo, porque la situación cuenta con factores inalcanzables para nuestro control y conocimiento básico.
Existe una responsabilidad adulta en entender la misión compartida del deseo que solo se puede cumplir cuando hay sensibilidad, comunicación y ternura por y para la puesta en común de ese deseo. Es una cosa de dos o, si te pones a probar, de más de dos. Ninguna de las partes implicadas debería ver normal asumir la carga de fingir o, por el contrario, de adivinar. Es absurdo. Así, los amantes contemplarían el disfrute como la única opción, pues todo sería dicho. Incluso las sandeces menos nombrables son fruto de lo exótico.
No abunda el buen amante porque tampoco hay experiencia en la buena práctica. Pienso que volvería a tocar esos cuerpos que nunca me recordaron nada ni a nadie. En los que, antes de la erupción, se asoman las señales, los temblores y los suspiros.
Que no temamos encontrarnos los ojos de camino al beso, y mantenerlos cuando las piernas presionan la espalda y las manos sujetan la cara, que los koalas nos tengan envidia porque ellos no se aferran tanto ni tan bien a los eucaliptos. En esos cuerpos que intentas trepar como si se fuesen pronto. En los que las yemas de los dedos recorren las partes más doloridas, vulnerables, intrépidas, sensibles, estimulantes, abrazables y besables. Que no se escape gesto ni devoción. No tendría que haber otra manera de concebir todo esto.
Los cuerpos se rozan y enredan, se tocan y se quedan, se apartan y se atraen, se encienden y se calman. Con esos cuerpos me quedaría, para que me diesen calor hasta sudar, que me zarandeasen hasta caer, que me acariciasen como si mi piel fuese un pelo lacio, liso, sedoso. Con esas almas me enrollaría para juntar, sumar, mezclar amor, para acompañar soledades mutuas, para ablandar manos callosas y pies ásperos. Me enroscaría sin parar como si las extremidades fueran infinitas y que nunca hubiese nada que pudiera impedir el contacto, ni las formas ni las deformes peculiaridades.
En cambio, todavía cuesta verse tan expuesta, sintiendo esta cantidad de percepciones y sensaciones físicas, que no elijo y que me han mantenido —más de una vez— en un humo blanco cegador todo el día. Todavía me da cierto reparo leerme así de débil, carnal, pasional, afectiva.
En alguna cláusula como sucesora ponía que debía suprimir la oportunidad, la capacidad, el impulso natural, el cuidado y el apetito de otro. En algunos de esos otros cuerpos compartí miedo y me llevé rutinas ajenas, no pertenecientes ni elegidas. Nunca practiqué con ellos la suscitación de la pasión y por eso os reverencio.
Por hacerme hueco en vuestros recovecos, aunque no supieseis que me quedaría atrapada en los más oscuros tomando decisiones temerosas y adoptando hábitos alejados de mi necesidad. Como el de fingir un orgasmo.
Para llegar hasta aquí y escribir lo que escribo he necesitado y necesitaré de todos los cuerpos con los que me he topado y toparé. Lo fácil no era reconocerse en el deleite, sino hacerlo en el cumplimiento. Lo que no es reconocido propiamente, nunca lo será ajenamente.
Y así es como se convierte una en profesional del engaño para sobrevivir, como si el sexo tuviese algo que ver con eso, con sobrevivir. Aparentar estar cachonda no es una alternativa. Es o no es. Estás o no estás. La vergüenza no existe en el dominio de los desnudos.


