A minutos de cumplir 21 años, me quedo en blanco y no sé qué decir.
Cuando acabó el año pasado escribí un artículo sobre mi primera Nochevieja con bigote titulado exactamente así. Cinco meses después, al aproximarse mi día especial, me parecía una buena idea continuar la saga y reflexionar sobre mi cumpleaños. Todo lo que he visto, lo que he oído, en general, todo lo que he aprendido. Un detalle gracioso haciendo referencia a que, por fin, me ha salido el bigote y lo llevo a todas partes como si fuera de El Corte Inglés. Pero, al intentar resumir estos 365 días y escribir sobre mis lecciones, me di cuenta que no podía. Tenía un problema: no sabía. No sabía nada. Perdí el hilo, tuve un lapsus. No sabía qué escribir ni de qué hablar, y es más, por no saber, de repente me di cuenta que no sabía, ni siquiera, quién era.
Es ley de escritor quedarse más blanco que el papel mínimo un par de veces por obra. La literatura consiste en eso, en poder leer palabras donde el resto ve la página vacía. Yo siempre estoy inspirado; cargo una colección de calles de Madrid y canciones de Taylor Swift que despiertan mi creatividad como un refrán da pie a un abuelo, pero esta vez no encontraba las palabras. No sentía ninguna musa, ni iluminación, ni epifanía, ni nada. Vacío. El silencio de una hoja en blanco me chillaba que, por mucho bigote que me hubiese salido, en el fondo aún seguía sin aprender, ni saber nada, ni conocer. Ni siquiera a mí mismo.
Con 14 años sabía a qué hora quedábamos cada viernes la chupipandi. Luego, al cumplir 16 descubrí qué quería estudiar. Ya con 18 aprendí lo difícil que era el amor. Ahora, con 21, no sé nada. Nada de eso, ni de nada más; la vida va tan rápido que no tengo tiempo de comer pipas en el parque con mis amigos, la universidad en la que quería estudiar me hace llorar más que ver Titanic y no me acuerdo ni de la voz de mi primer ‘te quiero’.
No, no sé nada. No sé cómo me apodará la gente a la que caigo mal, ni cuántas horas dormí anoche, ni si me queda bien el bigote. Me pierdo escribiendo y me asusto a horas de cumplir otro año más intentando descifrar de quién es el bigote que sopla las velas hoy. Es estresante. Las preguntas se me escapan por las manos como las olas de mar mojan la arena y me siento sólo.
Entre mi estupidez y la nostalgia cumplo 21 años. 21 exámenes, 21 euros en la cena de mi cumple y 21 novios. Novios… Qué decir, si del amor nunca he sabido nada. No sé si alguna vez me he enamorado, ni si mi ex me ha perdonado, ni si mono o poligamia. Tampoco sé si miro a los ojos en las primeras citas (lo que me quita el sueño a diario, pues la mirada dice mucho más que la voz, y si yo de costumbre soy tímido, no quiero imaginarme lo que revelarán mis ojos, cotillas).
Cuando no puedo dormir me pregunto si la gente que prometió quererme para siempre me sigue queriendo aunque ya no me feliciten el cumpleaños, y, sin respuesta, salgo por Malasaña, en esas noches sin pensar que acabarán en arrepentimiento (en el mejor de los casos) o en poemas de amor (en el peor). Mis ‘mesa para dos’, los cubatas a los que fui invitado, mis mantas compartidas y sus llamadas perdidas. No, no sé nada, pero quizás, soy lo que cuento cuando nadie me conoce.

Ese casting, de arriba a abajo, característico de las primeras veces, en las cuales empiezo compartiendo una tarta de queso con dos cucharillas y acabo contando las mejores anécdotas de cada verano. Qué curioso, ¿no? Cuando me conozco siento que no sé nada, ni de la vida ni de mí mismo, pero cuando tengo la oportunidad de abrirme frente a alguien que no conozco, hablo, hablo mucho. Y todo eso sin saber qué dirán mis ojos de mí, que hablan mucho antes que nadie y me desnudan antes de llegar arriba.
Creo que a veces mi bigote quiere salir corriendo de mis labios y no volver a escuchar ninguna tontería de las que digo. A veces lo pienso, con la cantidad de cosas bonitas que decir, poemas que leer y besos que dar, nos limitamos a decir estupideces. Yo el primero. Supongo que eso sí que sé: hacer el tonto, el ganso, liarla. Arruinarlo todo, alejarme y alejar, romper y no pedir perdón. En mi cumpleaños espero ansioso llamadas de felicitación de gente que ni siquiera me saluda por la calle y me siento culpable por destrozar mis amistades favoritas. Lo entiendo, soy irremediablemente tonto.
Aún así, a mis tonterías y mi falta de sentido común a veces se le suma una interesante falta de vergüenza. Cuando estoy encantado de conocer a alguien, más allá de dos besos y un apretón de mano, dejo atrás la timidez y me presento a mí mismo. Me afirmo en que ando por Madrid con la esperanza de tropezarme con Almodóvar o con la Pija y la Quinqui, y en que mi canción favorita es Rosas de La Oreja de Van Gogh. A veces se me olvida, de verdad, que no vivo en un musical y que sólo yo veo los colores de los paraguas cuando llueve, no como en La La Land, que hasta los días de lluvia brillan.

También digo que estoy deseando que sea verano, aunque odio echarme crema solar y tampoco me gusta ponerme pulseras de los mosquitos, y que Barcelona me parece una ciudad interesante. Cuando tengo ansiedad veo Friends y cada día le escribo a mi amiga Celia. No sé, supongo que no sé nada, pero, en el fondo, cuando cojo confianza, lo sé todo; cuando desconozco a los demás, me conozco a mí mismo. Supongo que sé quien soy cuando dejo atrás todo lo que sé.
Dicen que resulta fácil contarle tu vida a un extraño, y que un sabio y un tonto saben más que un sabio sólo. En momentos así me pregunto si me doy cuenta que hay personas que sólo vi una noche que tienen un máster sobre mí, mis miedos, mis favoritos y mis bares concurridos del centro. Hablo demasiado, sobre todo, si no voy a volver a ver a esa persona, y me descubro a mí mismo en conversaciones ajenas: sí, sorprendentemente, soy más que un bigote, que una canción de Taylor Swift o que una felicitación de cumpleaños.
Todavía no sé más, y probablemente en un tiempo no lo sepa. Quizás la respuesta no esté en Malasaña, ni en una copa de vino, ni en un piti compartido. Quizás tenga que desconocerme a mí mismo y convertirme en mi nuevo novio para conocerme de verdad y, cuando no me reconozca, descubrir de una vez por todas quién soy. Y así enamorarme de mí, hasta conocer todo lo que llevo dentro.
No, yo sólo no voy a conseguirlo, así que, para descifrar todo lo que no sé aún de mí mismo, tendré que recurrir a escuchar qué dicen por la calle sobre mí los más cotillas: mis ojos.


