Pienso con demasiada recurrencia en ese vídeo en el que Nuria Pajares, tiktoker y madre entregadísima, le regalaba a su hija un bolso de Louis Vuitton verdadero por haber aprobado la selectividad. Un premio con forma de bien preciado, de bien preciadísimo. Un tótem venerable para toda la vida. Un símbolo que rezuma para siempre un ‘a este nivel puedo llegar’, ‘puedo permitirme esto y más’. El lujo como algo habitual.
Y pienso tanto en este vídeo porque solo va a más la cantidad de vídeos en diferentes redes sociales como Instagram o TikTok —sobre todo este último— en los que multitud de aspirantes a influencer graban hauls obscenamente repletos de productos de imitación que, sin embargo, consiguen dar el pego a la perfección.
Estos productos pueden conseguirse cada vez más fácilmente. Ahora, el lujo (o los símbolos que lo representaban) tan solo nos queda a un par de clicks de distancia desde el móvil. Y esto cambia mucho el rumbo que rige la cuestión sobre qué es el lujo o qué no lo es.
Raquel Peláez, en su ensayo Quiero y no puedo, dedica un apartado precisamente a esta cuestión, y que la sociología definió de manera brillante como «emulación pecuniaria»; o lo que es lo mismo, por qué las clases bajas siempre han ansiado adquirir los bienes y las dinámicas que definen a la clase alta dominante, independientemente del contexto histórico que tomemos como ejemplo.
Ya ocurría, como bien explica Peláez, en la corte francesa del XVI y sus pelucas, donde llevar un postizo de un tamaño considerable no era otra cosa que la traslación del buen estatus social al plano físico. Más concretamente, al elemento más importante del cuerpo. Contar con una peluca cuya altura rozara lo estrafalario relacionaba al poseedor de manera directa con un estatus social, con un modo de vida. De ahí que la gente deseara llevarlas también. A más tamaño tuviera el postizo, más dinero se tenía, y al ser humano le apasiona aspirar siempre a más.
Ahora, en el siglo XXI, los bolsos de Louis Vuitton o los de Zadig & Voltaire, tan prototípicos de la chica que —además de tener dinero gracias a la fortuna de sus padres— cuenta con un larguísimo fular de cada uno de los colores que conforman el espectro cromático, han sido hasta hace no mucho símbolo de pertenencia a una clase social, a un perfil concreto dentro de la multitud que conforma el grueso demográfico. Sin embargo, semejante papel a día de hoy, ya no está tan claro.
Y es que, si cada vez más y más gente tiene acceso a dichos productos, ¿dónde queda la aspiración al lujo, que es lo que se vendía realmente? ¿De qué sirve tener un top de Loewe legítimo si la red está inundada de gente orgullosa de llevar una imitación —calcada, todo hay que decirlo— de la misma prenda? ¿Qué separa a esos dos individuos? ¿La perspicacia de no gastar diecisiete veces más en, prácticamente, el mismo producto, o la posibilidad de poder gastarlo? ¿En qué se escudarán ahora las marcas y sus clientes a la hora de crear diseños y comprarlos? ¿Por qué gastaría Nuria Pajares, sin ir más lejos, semejante cantidad de dinero en un bolso para su hija, si ahora se puede dar con una imitación del mismo bolso que no tiene nada que envidiar al original?
Tal vez los ricos sigan siendo cada vez más ricos y los pobres sigan siendo cada vez más pobres —a las estadísticas y análisis social me remito—. Pero lo que está cada vez más desdibujado es la línea que separa a las personas según su apariencia física. Hace, por ejemplo, 70 años, tal vez solo una pequeña minoría podía acceder a un diseño concreto. Ahora, por suerte o por desgracia, eso ha cambiado.
Tal vez la sociedad baja, la gran mayoría, estemos dando la vuelta —de manera consciente o inconsciente, no lo sé, pero está ocurriendo— a los símbolos del lujo y a lo que significa llevar una prenda concreta o consumir un producto específico. Quizá estemos dejando en claro que la apariencia física, la parte más tangible e inmediata de nuestro ser, ya no está tan supeditada —como antes ocurría— a presupuestos concretos.
Sin embargo, lo que siempre nos seguirá separando será el montante que duerme, esperando a ser gastado, en nuestra cuenta bancaria. Una cantidad que para algunos puede resultar un acto de valentía consultar, pues aflora un sentimiento de angustia y agobio tras su ojeada, y que para otros no es más que una ínfima parte de su inabarcable patrimonio social.

