Una nueva era se inicia en Estados Unidos. Un nuevo capítulo que, para muchos simpatizantes trumpistas, se torna hacia ‘the golden age‘ (la era dorada). Veíamos a un Donald Trump con su característica grandilocuencia, pisando fuerte en la ceremonia de la toma de posesión. Rodeado de su círculo más cercano, y bajo la promesa de recuperar la grandeza de la nación, Trump recoge el testigo de Joe Biden y se convierte, por segunda vez, en el presidente de los Estados Unidos.
Con unos planes centrados en su lema: ‘Make America great again’ (hagamos que Estados Unidos sea grande de nuevo), no ha querido perder el tiempo. Como todo poder, conlleva una gran responsabilidad, por eso, ya en su primer día al mando ha derrocado hasta 78 decretos de Biden y ha aprovechado para firmar nuevas órdenes. Ya conocíamos los intereses de Trump, no nos pilla por sorpresa ninguno de ellos. Su salida del Acuerdo de París contra el cambio climático, de la OMS o la OCD, su llamada de emergencia a las deportaciones masivas y reforzar las fronteras o su interés por recortar en derechos (feministas, contra el aborto, el colectivo LGTBI…). Unas acciones, predecibles en su agenda, que suponen ser «el sueño americano» para algunos, pero, para otros, son una amenaza directa a los principios democráticos y a los derechos humanos.
Con su retorno a la Casa Blanca, se hace más clarividente la premisa de que el capitalismo ha muerto. Un nuevo orden que, como bien lo planteaba el economista Yanis Varoufakis en su teoría del tecnofeudalismo, establece un nuevo sistema que revierte el liberalismo y la democracia que conocemos. Tan sólo hay que ver la posición privilegiada que tienen sus socios y empresarios tecnológicos, como Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg en su gobierno.
En este nuevo orden, el capital tiene un nuevo sucesor: los datos; en concreto, los nuestros. Y en lo alto de la pirámide se sitúa esta élite tecnológica, o «tecnocasta» como denominó el presidente Sánchez. ¿Hemos vuelto a un sistema vertical, donde el poder está concentrado en una élite? Como en la Edad Media, el acceso al capital está limitado a unos pocos. Una dinámica desigual en la que los poderosos acumulan más riqueza y un mayor control. Mientras, los usuarios consumimos un producto que al mismo tiempo estamos produciendo. Lo que nos convierte en proletarios de la nube.
Ante esta situación, surge la necesidad de actuar. Al igual que el exponente de esta teoría, Yanis Varoufakis, se requiere de una mayor transparencia y ética. Un enfoque que ayudaría a no perpetuar en la democracia, desde unas regulaciones gubernamentales que aseguren un sistema digital más justo.
El reto está en manos de todos. Ante esta nueva era americana, teñida de odio, los pilares de la democracia flaquean. No cabe duda de que es una lucha que no podemos abandonar.


