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¿Es Internet el Disneyland de las relaciones?

Vivimos las relaciones ajenas como si fueran nuestras. Si alguien comienza una relación con otra persona, poco será el tiempo que separe el inicio de esa relación de nuestro conocer sobre la existencia de la misma. Y no lo digo desde una perspectiva crítica, nada más lejos de la realidad, sino por la intensidad con la que lo compartimos todo en Internet. La falta de intimidad con la que vivimos las relaciones interpersonales ajenas, en cierto modo, asusta. Eso sí que es objeto de debate. 

Este 14 de febrero la red se inundará de pruebas irrefutables —al menos a simple vista— de que todo el mundo vive una relación de ensueño. Desde collages hasta vídeos caseros —que no serán el paradigma del buen gusto en el ámbito audiovisual, pero que sí estarán hechos desde el cariño más absoluto, creo— pasando por edits enmarcados en el disparatado arte que genera la omnipotente (y temible) inteligencia artificial, y que rozarán lo vulgar —muy a mi pesar— nos bombardearán de manera constante durante toda la jornada y parte de la siguiente. Tal vez el mayor acto de amor —propio— ese día sea no entrar ni un segundo a las redes sociales.

Internet ha cambiado todo nuestro lenguaje, y el del amor no puede ser menos. Sin embargo, la cuestión que realmente nace a raíz de toda esta cascada de contenido digital amoroso es si necesitamos —como sí parece suceder— compartir de manera tan imperiosa nuestras relaciones con el mundo entero.

Tradicionalmente se han entendido las relaciones como algo íntimo. El establecer un vínculo afectivo-sexual con alguien era hasta hace bien poco sinónimo de exclusividad. Es evidente que nuestro círculo cercano, el que realmente importaba, acabaría siendo conocedor de dicho vínculo por mera cercanía, pero lo que ahora ha cambiado es el alcance que tiene semejante conocimiento. En definitiva, que ahora cualquier persona puede saber con quién salimos o dejamos de salir solo con cotillear nuestros perfiles en redes.

No es, en esencia, perjudicial ni negativo compartir un pedazo de intimidad personal con el mundo entero, en absoluto, pero sí que parece tomar una connotación diferente al tratarse de un día que social y colectivamente etiquetamos como especial. Cada 14 de febrero se celebra el amor, cierto es, pero cada vez esa celebración del amor se asemeja más a una llamada a la competición por demostrar quién tiene la relación más idílica, la más especial, la más verdadera. Y eso sí que es preocupante. ¿Ganamos algo a nivel introspectivo haciendo semejante cosa? 

Si se supone que las relaciones, por naturaleza, son algo que pertenece —habitualmente— a dos personas ¿por qué nos empeñamos en dejar constancia de dicho vínculo? ¿Ahora el valor de una pareja se mide por la cantidad de fotos que suban o la cantidad de likes que reciban dichas fotos?

Parece que la línea entre la realidad tangible y el delirio virtual se desdibuja con fuerza en días como este. Sin ir más lejos, el matrimonio que, en inicio, parecía idílico conformado por Chiara Ferragni y Fedez, pareja modelo donde las hubiera en el universo de Instagram, distaba mucho en realidad de ser lo que se vendía. Y parece que nos olvidamos justamente de eso, de que son cosas muy distintas las que vemos a través de las pantallas y las que nos rodean.

Así que, este 14 de febrero, quien quiera subir fotos con su pareja a Internet que lo haga, y quien no, también. Mantener una relación en su hábitat natural no le otorga menos valor a la misma. No debe olvidarse que aquello que realmente define a una relación es lo que se vive y lo que la fundamenta fuera de la pantalla.

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