La infancia es una etapa sagrada, muy cuidada y fundamental para el desarrollo de los niños y niñas. Lleno de juegos, inocencia, aprendizajes y lejos de las responsabilidades del mundo adulto. Pero las cosas parecen haber cambiado. La infancia que recordamos con cariño parece haberse convertido en un producto de exposición de los padres, en una tendencia viral y en un escaparate a la vista de todos.
¿Dónde han quedado los cromos, las peonzas o los Gogos? ¿Por qué han sido tan fácilmente reemplazados por likes, chats e historias de Instagram? La exposición infantil mediática de estos últimos años ha batido todos los récords posibles. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el 69,6 % de los niños y niñas de entre 10 y 15 años en España cuentan ya con teléfono móvil. Un dato aterrador que fomentan los padres y aprovechan los hijos.
No han sido pocas las apariciones en redes de niños protagonizando tendencias virales, compartiendo rutinas de belleza o haciendo los archiconocidos #grwm (get ready with me, ‘arréglate conmigo en español’), donde las niñas se maquillan y se visten con prendas inapropiadas, de alta calidad y marca. Si bien sería raro que estos niños y niñas no se comportasen así, ya que han vivido toda su vida influenciados por unos padres que no dudan en dar el sí a todo, regalándoles productos de lujo o incluso permitiéndoles tener cuentas en redes sociales donde documentan y exponen su vida. Aunque por supuesto parece que quedan exentos de todo esto cuando ponen “cuenta controlada por un adulto” en sus biografías, como si eso les exculpase de mediatizar su infancia.
Esta situación está lejos de ser una forma de pasar el tiempo y de entretenerse. Los “pequeños influencers” se han convertido en un negocio para padres y la ignorancia infantil en el mayor de sus aliados. ¿Qué consecuencias está teniendo? El negocio del mundo digital es la menor de nuestras preocupaciones. Sin embargo, lo que incentivan y generan es lo que debería de preocupar tanto a los niños y jóvenes, que hacen uso de las redes sociales sin conciencia, como a los padres que lo permiten.
El número de hospitalizaciones de menores de 12 años por Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) ha aumentado un 22% en el último año. Esto se debe a los estereotipos creados en redes y por las altas expectativas y consejos que se propagan como un virus. Poco de lo que vemos en redes es cien por cien verídico. Estamos constantemente expuestos a estímulos que nos dicen cómo hacer dietas de desintoxicación, qué ejercicios y rutinas seguir si queremos ‘perder más de 3 kilos en menos de 15 días’ o peor, nos dicen cómo debe ser nuestro cuerpo si nuestro objetivo es ‘encajar en la sociedad’.
Además, crecer bajo la normalización de los focos y la sobreexposición puede suponer una presión y carga a largo plazo. Los niños y niñas quieren dar una imagen perfecta, ajustándose a los estándares de comportamiento y estética, preocupándose más por lo que piensen otros que por su validación y valoración propia.
Es inevitable preguntarse hasta dónde puede llegar esta tendencia. Llegados a este punto, la era digital en la que estamos no dará marcha atrás. Como sociedad, aún no estamos preparados para abordar esta situación, pero estamos a tiempo de reflexionar sobre qué límites se tienen que establecer. Dejemos que los niños sean niños, sin cámaras, sin estereotipos, sin querer crecer rápido o aparentar más años. Dejémosles disfrutar y aprender de una infancia enriquecedora que les prepare para el mundo que les espera y que aún no tienen que vivir.

