Lo que dice (y oculta) nuestra preocupación colectiva
Lleva mucho tiempo siendo el tema, pero últimamente la salud me ha resultado reveladora en escenas cotidianísimas. Salía por todas partes y atravesaba conversaciones que, de alguna manera, me han hecho escribir esta columna. Confieso que algo de rabia me impulsa y desordena, que la anécdota es el punto de partida, pero también podría ser el punto final.
La semana pasada un profesor de la facultad terminó su clase preguntando por sexo, salud y dinero en un ranking de importancia. Similar a Broncano, pero en un aula con treinta chavales de veintipocos años. Cuánto del uno al diez.
El sexo perdió con poca participación, vergonzosas manos alzadas, puntuación baja. La salud ganó con cupo completo de participación, caras convencidas, cabezas asintiendo y morros largos. El docente, sorprendido y desubicado generacionalmente, soltó un “Joder, pero si tenéis veinte años y estáis hechos unas fieras”.
Quizá esperaba que nos volviésemos locos al escuchar la palabra sexo, imaginándonos entregados al desenfreno de los fines de semana, pero para su desconcierto el dinero abrió el interminable debate sobre la felicidad mientras que la salud, elegante e impuesta, no admitió controversia.
Sexo, drogas y rock and roll. Lo que el amigo de tu padre te insinúa con los ojos cuando vuelves al pueblo, eso de la vida loca en Madrid… que, por no liarte a explicarle, entras en el juego de calvo quinceañero y te ríes amigablemente sin entrar en más cuñadismos tardíos.
Cegarse a las realidades incómodas es un hábito bastante común entre muchos adultos, a los que, por supuesto, también entiendo. Resulta curioso, porque acabas acordándote de ellos cuando, desesperadamente, ya no sabes qué hacer para remontar una etapa jodida. Nos acordamos de ellos porque los adultos tienen esas poderosas armas adquiridas con la experiencia a cuestas, y siempre es tranquilizante escuchar una voz escarmentada y vivida.
Sin embargo, me da la sensación de que nos han enseñado una fórmula tácita, la de desactivar la consciencia como método obligatorio para vivir, o sobrevivir. Por eso, es difícil encontrar una mente adulta que se tome verdaderamente en serio los rollos de la salud mental. Les suena, sale en las noticias o el amigo de su sobrino pasó por una mala racha. La ansiedad —madre del miedo— o la depresión son dos conceptos vagos, unas molestias pasajeras, algo que se gestiona, y si es rápido mejor.
Progresamos y, modernos, conseguimos visibilizar y aceptar el viejo y pudoroso tabú. Ya nos damos por satisfechos, pero volvemos a ser esclavos de una especie de oasis discursivo que funciona como coartada moral. Qué alivio poder decir que estás mal sin esconderte.
De todo ese tiempo a hoy, se ha hablado más de salud mental que nunca. Es importantísimo tenerlo en cuenta y cuidarse. Pero ¿tener en cuenta el qué? ¿Cuidarse cómo? España tiene entre cinco y seis psicólogos clínicos por cada cien mil habitantes en la sanidad pública, frente a una media europea cercana a los dieciocho. No hablamos de la lista de espera.
He escuchado más de una vez eso de “estudia Psicología que ahora hay mucho trabajo”. Es fácil decir eso porque admitir que el follón no solo se soluciona con más profesionales sería darle vueltas pesadas e innecesarias. Y en esas vueltas que no le damos nos permitimos seguir sorprendiéndonos cuando leemos que España lidera desde el 2021 el consumo mundial de ansiolíticos, hipnóticos y sedantes, con cifras que superan las noventa dosis diarias por cada mil habitantes, según un informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes.
Sin darnos cuenta, las cifras asustan, las comidas familiares alertan y las noticias avisan. Y tras tanta supuesta concienciación, nos hemos colocado en el otro extremo de la cuerda, donde lo raro es no haber tenido ansiedad nunca. Te toca por narices. Le pasa a todo el mundo. Pocos jóvenes desconocen lo que es un Lorazepam. Lo que se supone que tiene que vivir una veinteañera durante su época loca y divertida, frenética y jovial, esa que nunca vuelve, ha mutado. Y ahí está mi punto.
El sermón es que estamos peor de la cabeza que nunca, somos hipersensibles, tenemos cuerpos cansados y cabezas frágiles. La generación de cristal que decía mi vecino. Así trabajan las industrias farmacéuticas, así el vicio a los ansiolíticos y así los índices peligrosísimos que sujetamos de manera individual creyendo que, efectivamente, estamos fatal de la cabeza. Patologizar para rentabilizar.
Siendo genial todo el camino social recorrido conjuntamente, creo que es necesario reparar en los pasos no dados y revisarnos esa costumbre tan formalista de aparentar una falsa piedad o virtud. Sacudir las trampas y confiar más en nosotros, en la voluntad del bienestar genérico.
Mantener un nivel de consciencia desde la lucha y la pretensión siempre nos va a obligar a abandonarla porque habrá quien pueda, pero es cansadísimo y humanamente insano. Pero eso no quita que haya otras maneras de estar despierto. Porque la realidad no va a cambiar ni por mucho que la miremos ni por mucho que nos apartemos.
Les pediría a los amigos de mi padre —no es personal, pero sí esclarecedor— que fueran fieles a la realidad para no seguir haciendo suposiciones y preguntas de cuñado. Que le cambien el sitio a mi profesor.


