Las modas virales del pasado año retratan la realidad precaria de la Generación Z
En 2025 las tendencias virales dicen mucho más sobre los miedos de las nuevas generaciones que sobre colores de moda o nuevos gustos y obsesiones. Estas navidades, entre viejas amigas, sentadas en nuestro viejo bar del viejo pueblo, una comentó: “Somos la generación experimento”. Y en el adviento de nuestra adultez nos dimos cuenta de que echamos de menos una infancia que acabó demasiado pronto.
Hace unas semanas escribí sobre la amenaza de la soledad creciente entre la Generación Z. Pero veo que las emociones no nos las callamos: las llevamos a flor de piel, literalmente colgando un pequeño juguete de nuestro bolso y con forma de peluche.
Las tendencias de consumo en 2025 nacen de la viralidad en redes y adquieren forma de palabras extrañas: Labubu, té bobba, matcha o crumbl cookie. Se explican mediante el efecto pintalabios, un concepto que surgió tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. La teoría afirma que, ante una crisis económica, el consumo no desaparece, sino que se transforma. Los consumidores seguirán dispuestos a comprar artículos relativamente baratos sin ser por necesidad. En este contexto, se comercializa una dosis rápida de dopamina, el deseo de seguir consumiendo un día más y, en 2025, creo que también una niñez perdida.
Este año, pequeños juguetes coleccionables, bebidas divertidas y dulces coloridos han sustituido a lo que en nuestra temprana adolescencia fueron los pintalabios de Kylie Jenner, o aquellos crop-tops de 1,99. En el fondo, los jóvenes reclamamos una infancia desdibujada por las redes sociales, y el juego de aparentar mayor. Nos vendieron la moto de la adultez, chicos. Y ahora ha llegado con preocupaciones mejor evitadas con un poco de terapia de consumo, y bajo la etiqueta de amor propio o de sanar nuestro “niño interior”.
Cada tendencia adquiere, así, un nuevo significado. Un poco de azúcar y color, la excusa de quedar a probar una galleta nueva, o el calor de un peluche al que abrazarse llegada la noche. Y, ante todo, una respuesta inmediata al vacío de una vida precaria, y un atisbo de control sobre el presente y futuro. Pero mientras los contratos indefinidos y las facturas prometen seguir ahí en 2026, el declive del stock de Pop Mart, la empresa detrás de los Labubu, anticipa su eventual extinción. Con ello, solo cabe la pregunta, ¿qué moda viral seguirá?
Estas navidades, la vuelta a casa y las quedadas con amigos de toda la vida me mostraron otras respuestas. Ante la increpante incertidumbre, mi generación parece valorar ahora algo distinto: las experiencias reales. Nuevas tendencias que han adquirido popularidad en los últimos meses hacen eco de ello. Los influencers ahora venden la desconexión de redes, la reducción del consumo innecesario y, entre mis amigos, el desencanto es ya palpable, y motiva propósitos de año nuevo como la disminución del tiempo en redes.
En 2025 buscamos reanimar una infancia que nunca existió, y que adoptó una forma —literalmente— monstruosa. Quizá de cara a 2026 sea hora de valorar un abrazo o una caña entre amigos. No solucionan toda preocupación pero, aunque sea por un rato, prometen más estabilidad ante tiempos inciertos. Incluso una sonrisa inocente, como aquellas de cuando todavía jugábamos a ser mayores.


