Quitar el fútbol en los recreos tal vez no consiga su propósito
Recientemente, desde Unidas Podemos en Sant Antoni (Ibiza) se lanzó una propuesta que ha encendido el debate: eliminar el protagonismo del fútbol en los patios escolares reduciendo el tamaño de las pistas, además de añadir vegetación en busca de lograr «refugios climáticos». El argumento es que el balón genera dinámicas tóxicas y excluyentes. Sin embargo, considerar el fútbol como un problema puede ser una manera errónea de enfocar el juego infantil.
El recreo no es solo una pausa; es el territorio donde muchos niños recuperan la dignidad que a veces pierden dentro del aula. Hay alumnos que se hacen pequeños frente a una ecuación matemática o un dictado, sintiéndose inferiores dentro del sistema académico. Para ellos, el balón es su salvavidas.
Al salir al patio, el niño que no destaca lo académico tiene la oportunidad de ser el líder, el hábil, el capaz. El fútbol les enseña una independencia y una libertad que no caben en un pupitre; es su momento de brillar en algo que es puramente suyo.
Se dice que el fútbol es violento, que genera discusiones. Es cierto que es un deporte de contacto y pasión, y que sirve para desfogar una energía que, de otro modo, se acumularía. Pero no es lícito confundir roce con violencia.
Las discusiones de patio —que si fue falta, que si entró el balón— son, en su inmensa mayoría, la primera escuela de negociación diplomática de la infancia. Los problemas empiezan en el campo y se resuelven en el campo. Privarles de esa fricción es privarles de la capacidad de autogestionar sus conflictos.
Además, hay un factor innegable: la ilusión. El fútbol es la materia prima de los sueños de miles de niños. Tienen ídolos, visten sus camisetas como si fueran armaduras y se emocionan al imitar una jugada que vieron la noche anterior en la tele. Esa inocencia y esa capacidad de proyectarse en un héroe son un motor vital. Romper eso en nombre de una supuesta «paz» es no entender cómo funciona la infancia.
Es comprensible que haya quien vea el «balonazo» como una molestia y defienda patios más verdes —algo deseable—, pero la solución no puede ser la prohibición. Como en toda buena narrativa, sin villano no hay historia: el conflicto es parte del aprendizaje.
Si eliminamos el fútbol por decreto, no acabaremos con las peleas ni con las jerarquías; solo lograremos que los niños busquen formas «prohibidas» y a escondidas de jugar. Y no hay nada más triste que un niño teniendo que esconderse para ser feliz detrás de una pelota. La solución no es pinchar el balón, sino enseñar a compartir el juego.


