Cuando el jazz hace que la rutina sea más llevadera
Año 2021. Navegando por Youtube en ‘Recomendados’ me aparece una miniatura que destaca entre las demás. Un hombre saltando en paracaídas sonriendo y mirándonos. El paisaje es azul y veraniego, con las olas chocando en la isla y una línea de nubes en la parte superior. Aparece un texto: «All of me. Masayoshi Takanaka». Mi yo de 19 años no sabía en ese momento que este artista le iba a cambiar.
Y llegamos a la actualidad. Mi admiración hacia él no ha hecho más que aumentar, con varios álbumes escuchados a mis espaldas. A esto se suma el apoyo que tiene el artista en redes sociales, donde cuentas de Twitter, multitud de tiktoks, vídeos de sus conciertos en Youtube y un largo etcétera, comparten su talento y preservan un legado que no quieren que desaparezca.
Masayoshi Takanaka es una de las grandes voces del jazz fusión japonés y del city pop. All of me (1979), su primer recopilatorio, fue mi puerta de entrada para su música. Fue algo que nunca antes había experimentado. Eran composiciones que guardaban un optimismo increíble, de melodías que recuerdan al verano (esto se suma al hecho de que en un momento de su vida viajó a Brasil y se inspiró en las canciones populares de allí). Nos encontramos con un tipo de jazz que recoge elementos del rock, la samba, ritmos latinos, funk, etc.
Sus canciones pueden ser un gran acompañamiento para cuando trabajas, estudias o simplemente das un paseo. Ponerte de banda sonora a Masayoshi Takanaka funciona como un recordatorio de que las cosas no van mal, es una inyección de serotonina que puede hasta ser necesario en algunos momentos.
En un mundo donde nuestra capacidad de atención se ha visto mermada, donde se nos pide que seamos productivos todo el día, artistas como Masayoshi Takanaka dan un aire fresco a nuestro día a día. A veces es sano reducir la velocidad y estar relajado, dedicar más tiempo a las actividades cotidianas, desde tomar un café hasta ir a por el pan.
También ha hecho que aprecie aquello que considero mundano. Aquellas micro-acciones, pequeñas interacciones, cortos eventos, que están en nuestro día a día, recuperan esa curiosidad y preciosidad como si fuera la primera vez. Empiezo a ver más bello los edificios urbanos, los carteles de los comercios locales, las nubes en el cielo, las terrazas de los bares. Los colores de los paisajes se vuelven más intensos, los cafés saben mejor y hasta el viento es más relajante.
Dejando de lado los comentarios que rozan lo hippie, esta columna sirve también como recomendación para que le escuchéis. El recopilatorio mencionado anteriormente puede ser un buen punto de partida, así como sus cuatro primeros álbumes.


