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Coge un lápiz

Sobre la Inteligencia Artificial Generativa y sus posibles —y mejores— alternativas

Hace poco he empezado una nueva asignatura en el máster de cine que estoy cursando. El profesor nos indicó que para el trabajo grupal era obligatorio el uso de Inteligencia Artificial (IA) generativa para su realización, con «fines de investigación», según sus instrucciones. Nos pidió el pack completo de generación: textos, imágenes y música. Fue la gota que colmó el vaso. La pena que me dio fue tremenda. 

Mis feeds de Instagram, TikTok y X —el archiconocido Twitter— están cada vez más contaminados de IA generativa. Música de dudosa calidad artística, memes, vídeos con alto contenido misógino y machista, tráileres falsos y un largo etcétera. Bazofia sobre bazofia. Lluvia sobre mojado. Contenido burdo al que nos hemos acostumbrado demasiado rápido. He recibido los típicos comentarios de «qué amargado eres» o «no es para tanto», pero me da lo mismo. No pienso parar.

La IAG es basura digital: lo único positivo que «puede» llegar a tener —o que se pueda definir como atractivo— es que genera un mínimo de curiosidad por cómo puede representar según que conceptos, pero ya está. Apenas da espacio a la discusión, y mucho menos al pensamiento crítico. Si hay algo objetable sobre este contenido fast food es principalmente su su existencia, no lo que aporta por sí misma.

También en los ámbitos más profesionalizados del arte se ha producido una invasión de la IAG. Las grandes productoras ahorran grandes cantidades de dinero en sus series y películas; multitud de actores y actrices venden sus derechos de imagen para alimentarla; algunos guionistas la usan como herramienta porque «es útil». ¿Por qué la gente se ha rendido tan pronto? ¿Desde cuándo el arte nos importa tan poco? ¿Cuándo hemos dejado la emoción y la insensibilidad en un cajón para abrirlo —muy de vez en cuando— o en otros casos no abrirlo nunca?

Recurrir a la IA para crear arte suele delatar un deseo de evitar el esfuerzo y de trabajar lo mínimo en proyectos que carecen de importancia para el usuario. Es la búsqueda de una perfección hipotética que solo desemboca en productos mediocres: obras sin esencia que intentan deslumbrar con una técnica «prodigiosa» que —seamos sinceros— deja mucho que desear.

Que no se me malinterprete: en el arte no es obligatorio sufrir ni haber tenido un pasado miserable. El arte —más accesible de lo que se suele pensar— requiere de inquietud, observación, pasión y alma. Tener algo interesante que mostrar o contar en un folio en blanco, un lienzo, una partitura o un documento de word.

Quisiera recordar a los lectores que no se necesita de inteligencia artificial para hacer arte, con el lóbulo frontal tenemos más que suficiente. Coged ese lápiz, ese bolígrafo, esas acuarelas o aquel programa de trabajo de audio digital. Lo que sea. Hacer arte no es un acto clasista, no es algo en lo que gastar un dineral. Es algo que debería hacer todo el mundo. Es una de las máximas expresiones humanas. Y no debemos permitir que nos las sustituyan.

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