Una carta de amor hacia la última gran serie de Adult Swim
La comedia es un acto maravilloso. Reír es un acto maravilloso. Puede formar parte del día a día. Es sano, acompaña en actos grupales o en solitario. Reírse es tomarse la vida con absurdez y optimismo. Algo fascinante del humor es que no entiende de límites en lo que a medios y formatos se refiere. Se acepta el habla, la escritura, el lenguaje visual, sonoro y audiovisual. Y dentro de este último, hay mil maneras de hacer comedia visual. Smiling Friends comprende esto a la perfección.
No reinventa la rueda, ya que El Asombroso Mundo de Gumball (Benjamin Bocquelet, 2011-2019) lo hizo antes. Sin embargo, la serie de Adult Swim aporta su toque personal y, además, cabe mencionar que está dirigida a un público adulto. En su corta vida —tres temporadas, un capítulo especial de verano y dos más que vendrán este año—, la serie de Michael Cusack y Zach Hadel conquistó Internet. Y lo consiguió para bien.
Me maravilló ver que este show tuviera tan buena acogida. Suele pasar que, proyectos audiovisuales con una importante parte de los elementos narrativos de YouTube sean un fracaso, ya que sus características —traspasadas a un formato más tradicional— no funcionan bien, no hay una conexión.
No obstante, Smiling Friends logró superar ese traspase con creces. No es de extrañarse, ya que si por algo es conocido Adult Swim es por ofrecer series animadas de gran calidad y, por lo general, suelen dar bastante libertad a los creadores para hacer sus proyectos.
Si Smiling Friends destaca en algo es en libertad. Veo esta serie como un sandbox, un espacio de posibilidades infinitas donde Hadel y Cusack someten a todo tipo de pruebas a su elenco de protagonistas, especialmente a Charlie y Pim. No hay miedo a presentar animaciones de todo tipo —2D, 3D, rotoscopia, stop-motion— ni en el doblaje, donde un solo actor puede hacer a varios personajes, causando un mayor efecto cómico.
Esta libertad hacía que cada capítulo acabase siendo diez minutos llenos de sorpresas. Precisamente, por esto, me alegra en parte que la serie ya haya terminado. En algún momento, tanto bombardeo de chistes y ritmo rápido acabaría por saturar.
Refleja una actitud hiperactiva y explosiva acorde a nuestra época actual, donde las redes sociales están contaminadas de contenido audiovisual rápido, corto y poco preparado. Afortunadamente, un capítulo de Smiling Friends es imaginativo, potente y, sobre todo, gracioso.
Es un final triste la cancelación de la serie. Es triste despedirse de una obra de arte que cada semana llenaba las redes sociales de memes y fanarts. Pero, si tengo que acabar con una nota positiva, es que los Smiling Friends cumplieron su objetivo: nos sacaron una sonrisa.


