Cumplir años se ha convertido en un motivo de ansiedad en lugar de celebración
Hay un miedo que nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Es un miedo silencioso, del que no hablamos libremente, pero al que todos tememos. Condiciona nuestras decisiones, nuestras inseguridades y la forma en la que nos vemos en el espejo: el miedo a envejecer.
Inconscientemente, asociamos juventud con belleza, oportunidades y éxito; sin embargo, el envejecimiento es percibido como una amenaza, y como un proceso el cual hay que tratar de retrasar lo máximo posible. Pero, ¿por qué nos asusta tanto el paso del tiempo? ¿De dónde viene?
La promesa de lo eterno
La televisión está plagada de anuncios de cremas antiarrugas, de tintes para el pelo o hasta medicamentos para frenar la caída de este. Cualquier cosa que nos ayude a parecer más jóvenes es un bien preciado. De manera subliminal, nos inculcan la idea de que el hacerse mayor es un problema que hay que corregir. No es coincidencia que la medicina estética sea un negocio en auge y que la facturación anual supere los 3.500 millones de euros.
El cine y las revistas refuerzan esta narrativa: las portadas son ocupadas por rostros jóvenes, y en muchos casos, las celebridades deciden desaparecer de la esfera pública una vez que envejecen. Hay otros que deciden agarrarse a la juventud eterna y se someten a operaciones estéticas para aparentar menos edad. Pero ojo, hay que tener cuidado, porque si te queda muy “artificial” te verás en el foco de mira. Te criticarán por no aceptar tu realidad, aunque sea la misma sociedad la que te ha llevado a hacerlo. Muchas famosas han admitido arrepentirse de entrar al quirófano con fines estéticos, algunas afirman que el botox les ha robado su expresividad y le ha cambiado su cara más de lo que deseaban. Pero, de todos modos, es mayor el temor a no tener oportunidades laborales en una industria donde el físico es lo primordial.
Las redes sociales también juegan un papel clave en este miedo a hacerse mayor, imponen un estándar de belleza basado en filtros y retoques. Piel perfecta, cuerpos sin signos de edad, pelo perfectamente cuidado y colorido… La comparación constante nos hace buscar una solución inmediata, desde procedimientos estéticos hasta rutinas inhumanas, cada vez a una edad más temprana.
Romper los prejuicios sobre la edad
El miedo a envejecer no es solo físico, también es social. Nos da terror quedarnos atrás, volvernos invisibles y perder oportunidades. En el ámbito laboral la edad puede convertirse en un obstáculo. A pesar de toda la experiencia que pueda tener una persona mayor, las empresas prefieren contratar a un joven. Existe el estereotipo de que a partir de cierta edad es imposible innovar o aprender, como si nuestro cerebro dejara de funcionar correctamente. Es importante normalizar que las personas mayores son igual de capaces de aprender algo nuevo y adaptarse a los nuevos tiempos y tecnologías. Además, por circunstancias de la vida, hay gente que se ve obligada a dejar de lado sus sueños de futuro, y cuando tienen la estabilidad suficiente como para retomarlos, no lo hacen por vergüenza. Debemos comenzar a ver la educación como una herramienta que trasciende de edades.
Por otro lado, en nuestra sociedad solemos desestimar la sabiduría y la experiencia adquirida con los años. Y la fuente más valiosa de estas dos cosas son nuestros mayores. Sentarse a hablar con tus abuelos, escuchar sus vivencias y consejos, es un total privilegio. Todos pueden ver como nuestro cuerpo va envejeciendo, pero no como nuestro cerebro se va volviendo más maduro y reflexivo con el paso del tiempo.

Reconciliarse con el paso del tiempo
El tiempo no es nuestro enemigo, y es absurdo preocuparse por algo que no se puede evitar. Basamos nuestra vida en la nostalgia del antes (la juventud) y de la vida monótona del después (ser mayores). A medida que vamos madurando nos conocemos a nosotros mismos en profundidad, nos damos cuenta de lo que realmente queremos de nuestra vida. En el exterior, aunque las arrugas, las canas y los cambios físicos puedan generar complejos, tenemos que estar orgullosos de ellos, porque demuestran que hemos vivido.
Cuántas veces nos han dicho: “Disfruta ahora que eres joven”. Creemos que la “buena vida” se acaba al cumplir una edad concreta, que tiene fecha de caducidad. La sociedad nos ha impuesto la ridícula idea de que hay una edad adecuada para todo. Pero la verdad es que nunca es tarde para viajar, experimentar, ilusionarse, soñar y arriesgar. Nunca es tarde para vivir algo nuevo.
Reconciliarse con el paso del tiempo es un acto de aceptación y liberación. Nos liberamos de las presiones de nuestra sociedad y nos enfocamos en lo que necesitamos nosotros mismos. Al dejar de temerlo, aprendemos a valorar cada etapa y cada momento de nuestra vida. Hay que exprimir cada segundo, vivir intensamente y amar lo máximo que podamos, en cualquier etapa de nuestra vida, sin importar nuestro aspecto físico. Tenemos que aceptar el nuevo horizonte de oportunidades y enseñanzas que se proyecta ante nosotros al cumplir años.

