El Real Madrid, ejemplo de no rendirse nunca, incluso cuando todo parece perdido
Durante toda una semana, el Real Madrid llevó sobre sus hombros un 0-3 que, en otros equipos, habría sido sinónimo de adiós. Pero no en el Madrid. No en su historia. No en su alma. No era solo un marcador, era un desafío, una invitación a hacer lo impensable, como tantas veces antes.
En otros clubes esa desventaja se habría asumido con resignación, con el eco de una derrota que se sentía inevitable. Pero en Madrid se respiraba otra cosa. No se hablaba de rendirse, se hablaba de creer. No se trataba de si se podía, sino de cómo se iba a hacer.
El miércoles por la noche, el Bernabéu estaba lleno. No para ver una remontada, sino para ver si era posible. Porque, aunque la lógica no lo dictara, siempre había esa duda en el aire, esa pequeña chispa que decía: ¿y si sí? ¿Y si esta vez, como tantas otras, el Madrid desafía lo imposible? La trama estaba en su contra, es cierto. El Arsenal estaba mejor, el marcador era claro, pero los madridistas sabían que el «¿y si sí?» lo habían oído antes. Que todo parecía perdido, pero algo, siempre algo, ocurría. Y si en algún lugar se podía hacer, ese lugar era el Bernabéu.
Los madridistas lo sabían. Y lo más fascinante: los antimadridistas también. Esa es quizá la victoria más silenciosa del Real Madrid. Hacer que los que más lo odian vivan con el miedo de que otra vez, de alguna forma, pueda ocurrir. Que se repita. Que otra vez ellos. No porque sea fácil. Sino porque son ellos.
Pasaron los minutos y no pasó nada. Llegó el descanso y poco más que nada. El 0-3 seguía ahí, intacto. En el minuto 65, el Arsenal marcó. Un latigazo seco, cruel, definitivo. Fue como si alguien apagara la luz del estadio. Ya está, se acabó. Cuatro goles en veinticinco minutos. Un abismo. Pero dos minutos después, Vinicius aprovechó un error y metió uno. No sirvió de mucho. Salvo para una cosa: devolver la noche al punto de partida. Otra vez el 0-3. El mismo de hacía una semana. El mismo que llevaban a cuestas desde Londres. Y aunque quedaban solo veinte minutos, la gente volvió a dividirlos. Volvieron las cuentas. Tres goles en veinte. Uno en el 75, otro en el 83, el último en el descuento. Y luego, quién sabe.
El madridismo no se preguntaba si se podía, se preguntaba cómo
Eso es lo asombroso. Esa forma de vivir pegado al delirio. De habitar la esperanza sin condiciones. Porque para el Madrid, aunque quede un minuto, queda una oportunidad. Aunque falten tres goles, hay una fórmula. Aunque ya no tenga sentido, aún lo tiene intentarlo.
Porque el Madrid es eso: la resistencia irracional. Una especie de milagro en diferido. No siempre funciona, claro. Contra el Arsenal no funcionó. Pero lo intentaron. Y no con resignación, sino con la obstinación del que sabe que lo imposible, alguna vez, le ha salido.
Y ahí está el fondo de todo esto. Porque ojalá en la vida pudiéramos ser el Real Madrid. Ojalá cuando nos dijeran que no, que es tarde, que ya está todo hecho, se nos encendiera dentro esa pequeña locura del minuto 93. Esa esperanza suicida de quien no acepta que lo que duele no se puede cambiar. Pero no. La mayoría de veces, en la vida, tiramos el partido en el 20. No nos damos tiempo. No nos damos tregua. No hay remontada porque ni siquiera hay intento.
Y quizá por eso el Madrid duele tanto a los que no lo entienden. Porque les recuerda que tal vez se rindieron demasiado pronto. Que lo que parecía imposible, a veces, solo necesitaba aguantar un poco más. Media hora más. Un impulso más. Un “y si sí” más.
Otra vez ellos. Porque mientras los demás bajan los brazos, ellos levantan la mirada. Aunque no quede nada. Aunque ya esté todo perdido.
O precisamente por eso.


