Las aficiones, eso que nos han dicho toda la vida que debemos tener. ¿Pero son realmente necesarias? ¿Por qué no todo el mundo tiene una?
Una afición, según la Real Academia Española, es una «inclinación o atracción que se siente hacia un objeto o una actividad que gustan». A primera vista, parece algo lógico y común en nuestra sociedad, pero en la práctica no siempre es así. No todas las personas tienen aficiones o, al menos, no son conscientes de ellas.
Hay quienes aseguran no tener ningún hobby y afirman que en su tiempo libre simplemente pasan tiempo con el móvil o salen con sus amigos. Sin embargo, estas actividades también podrían considerarse aficiones, aunque quizá de una forma más superficial. En realidad, necesitamos actividades que nos lleven más allá: que nos permitan conectar con nuestro interior de una manera que pocas otras consiguen.
La importancia de las aficiones radica en que son espacios de encuentro con nosotros mismos. Consisten en prácticas que consiguen que nuestro «yo» más interior salga a la superficie, introduciéndonos en un proceso introspectivo, intimo e, incluso, en ocasiones, reflexivo.
Especialmente, las aficiones de tipo sensorial, como la música, la fotografía, la pintura o el cine, son las que suelen conseguir llevar todos estos factores al máximo nivel. Tomemos la música como ejemplo. Esta acompaña las vidas de la mayoría de la población pero, a su vez, no se le presta la verdadera atención que se merece, debido al carácter omnipresente, constante y universal que posee.
Más que un simple entretenimiento, la música, cuando se convierte en afición de verdad, es un refugio emocional, un puente hacia la calma, la meditación y la contemplación. Todo ello nos ayuda a cumplir con un proceso infinito de conexión con nosotros mismos.
Tener una afición significa descubrir y completar partes de nosotros que ni siquiera sabíamos que estaban ahí, aumentando nuestra creatividad, nuestras habilidades, nuestras capacidades e, incluso, nuestra pasión por vivir. Puede convertirse en un refugio y en un apoyo incondicional en los momentos más difíciles, acompañándonos en cada etapa de nuestra vida. Puede, incluso, cobrar un nuevo significado y pasar a ser un punto de encuentro con nuestro yo más verdadero.
En una vida como la que experimentamos hoy en día, repleta de estímulos y de permanentes interacciones con los demás y con nuestro entorno, a veces, perdemos el foco de lo que realmente somos, de la que realmente se corresponde con la base de nuestra personalidad más verdadera. Nos vemos obligados a adaptarnos continuamente a infinitos factores externos: a las personas, a las circunstancias, al ritmo vertiginoso del día a día. Y es este proceso el que, inevitablemente, nos hace dejar en un segundo plano nuestra esencia más profunda. Esa esencia, sin embargo, que nunca deberíamos perder. Algo que te apasione, con total certeza, nos ayudará a reencontrarnos con ella el caso de que la hayamos perdido, o a fortalecerla cuando, aunque presente, se oculte con frecuencia.
Tener una afición es, indudablemente, algo imprescindible y totalmente necesario en esta sociedad tan difícil que a veces nos arrastra y nos agota. Los hobbies son espacios de libertad, de autenticidad y de sanación. Encontrar aquello que nos apasiona no solo nos ayuda a sobrevivir, sino que nos permite vivir de verdad.

