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¿Cuántas veces se tiene que ganar para aprender a ganar?

La línea de meta es la línea de salida de otras muchas carreras, especialmente cuando ganar no trae consigo ninguna certeza

Desde que soy pequeña siempre se me ha inculcado la importancia de aprender a perder: saber reconocer mis errores, pulirlos y conseguir dar pasos, por pequeños que sean, hacia la victoria. Pero una vez alcanzada, ¿quién nos enseña a sobrellevarla? ¿Cómo se vive en la meta que tanto ansiabas?

Siempre me he preguntado cuántas veces necesitamos ganar las personas para realmente aprender a hacerlo. Los madridistas, por ejemplo, viven en una racha incansable de victorias, parecen llevar el éxito en la sangre, y hasta lo hacen parecer sencillo. Al menos eso pensamos los que los vemos celebrar con orgullo. La cuestión es que no todos ganamos de la misma forma. Hay quienes son capaces de alardear y aguantar la mirada ajena, y quienes tienden a reconocer sus errores más que a presumir de sus logros.

Una vez una amiga me contó una metáforaque prometió ser suya, aunque otra amiga que escuchaba atentamente conmigo y yo aún dudamos de ello— sobre la vida como una serie de carreras. Jamás pensé que fuese a utilizarla tanto. Ella hablaba de la importancia que tenía saber recoger aquellas recompensas y ese éxito efímero después de un gran esfuerzo, después de un largo camino. La vida no es una única carrera, son muchas. Una de las razones por las que no es solo una es porque la meta sería indudablemente la muerte, o así lo creemos nosotras. Pero establecer una serie de objetivos hace que simultáneamente, estés creando una serie de carreras, aunque muchas veces ocurra de forma inconsciente.

Siempre comentábamos las diferencias entre cada una de las carreras: algunas son sorprendentemente cortas, otras, sin embargo, parece que no terminan, y aún no lo hacen. Otras tienen demasiados obstáculos y en otras no estás sola, sino que tienes a gente que corre contigo, a tu lado, siguiendo tu ritmo. La realidad es que tan solo una vez comentamos cómo sería llegar a la meta. Cuando una de nosotras lo hizo, nos dimos cuenta de que no se nos había enseñado a lograr ese éxito, a ser ganadoras de nuestras propias carreras, por lo tanto no sabíamos si eso conllevaba la aparición de otras tres más o de una paz y tranquilidad inquietantes. El silencio de la victoria es a veces más abrumador que el ruido del intento.

En el proceso de aprendizaje, o lo que otros llamarían fracaso, en caso de no conseguir llegar a la meta, uno se examina, revisa los fallos y acepta los errores. Desde que somos pequeños se nos repite constantemente —especialmente si has practicado algún deporte que entonces se vuelve reiterativo— que hay que saber perder. Por lo tanto, de una manera u otra terminas estando preparado para hacerlo. Pero ganar, lograr tus objetivos y conseguir llegar a la meta puede ser confuso. No hay un entrenamiento para mantener ese orgullo y alegría sin que se convierta en soberbia, ni para sentirte merecedor sin caer en la culpa

Entonces, cuando una de nosotras llegó a la ansiada meta, conseguimos llegar a una serie de conclusiones: la primera es que tropezar dos o más veces con la misma piedra de una carrera ya terminada no supone ni el fracaso, ni la vuelta a la línea de salida de la misma. Suponía el comienzo de una nueva. Puede sonar confuso, pero hay carreras que parecen estar cerradas y cuando menos te lo esperas, vuelves a estar en ellas.

También entendimos que para aprender a ganar, o por lo menos intentarlo, una vez logrado un objetivo, hay que disfrutar de la estancia en la meta mientras sigues corriendo, aunque ya hayas cruzado la línea. Algo como el ‘sigue nadando’ de Dory. Cada victoria trae consigo un nuevo punto de partida, y no hay triunfo que dure para siempre ni derrota que no pueda ser transformada. 

Tal vez ganar no demuestra ni enseña nada, y no es más que una parada técnica: un momento para mirar atrás, entender el camino y seguir corriendo, o caminando, cada uno a su ritmo. La verdad es que no sé cuántas veces tendré que ganar para aprender, porque la realidad es que tampoco sé si llegaré a hacerlo.

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