A veces me pregunto cómo pasan los veranos las personas que no tienen pueblo
Cómo es la experiencia de estar siempre en la misma ciudad o veranear cada vez en un sitio diferente. Si soy sincera, lamento profundamente que haya personas que viven el verano y no tienen pueblo. ¿Acaso algo puede igualar algo a un verano en el pueblo donde te has criado?
Me encuentro en Madrid, escribiendo esta columna (con la resaca emocional más grande de la historia). Hace casi una semana, estaba finalizando un viaje con mis amigos de toda la vida para dar comienzo a las fiestas de nuestro pueblo, en Badajoz. Las mejores fiestas de verano las tenemos allí, en Extremadura.
Ya no estoy allí, pero en mi cabeza sigo yendo al campo de fútbol después de haber quedado con mis amigos en el punto de encuentro —la plaza del pueblo— para ver el primer Grand Prix de peñas que se organiza allí. Nos sentamos en la grada del campo y allí está medio pueblo, viendo cómo compañeros y amigos con las camisetas de sus peñas compiten para llevarse un jamón. Después volvemos andando a nuestras casas para cenar, porque allí todo se puede hacer andando. No hay ni metro ni bus, solo distancias cortas. Quince minutos a pie te separan de la casa más lejana de tu amigo.
Luego volvemos a vernos, pero ahora en coche, porque hay prisa. Recogemos a todas nuestras amigas y volvemos al campo de fútbol, a ver un torneo de fútbol que también hacen los chicos del pueblo y que empieza a las doce de la noche, hasta las siete de la mañana.
Al día siguiente todos volvemos a vernos otra vez. Es una rutina no escrita: se sale todos los días. No importa si somos tres, cinco o veinte. Si lo hemos hablado todo o si ya hemos hecho todos los planes posibles en un pueblo de menos de dos mil habitantes. Pero no importa, porque los silencios no son incómodos. No saber qué hacer no importa. Solo sabes que es verano y que toca disfrutarlo con la gente de allí.
Cada uno hemos elegido nuestro camino y sabemos que es más difícil que vayamos coincidiendo todos cada verano. Pero si preguntas, estamos viviendo un verano como los de antes. Como los de nuestros padres. Las fiestas de la Virgen duran cuatro noches. Cuatro noches en las que nadie se va a casa hasta que lo da todo. Y al día siguiente se vuelve a salir, y por la tarde. Porque se ‘tardea’, se toman cañas. No se está en casa.
Fiestas de pueblo, de las que merecen la pena. Seremos cincuenta, pero nos conocemos entre todos, sabemos quién es de cada peña, quién se encarga de la música que hay en el botellón, o quién es el amigo forastero que ha venido a disfrutar de las fiestas con su amigo de la uni (que sí es del pueblo).
El día 13 se va a por la Virgen, la patrona del pueblo. Quedamos en el ‘cucurucho’ y esperamos a que baje la cuesta de la ermita, para acompañarla hasta la iglesia. Otra norma no escrita. A veces hasta el menos creyente va a por ella. Después, los bares se llenan de gente que cena fuera y que concatena una fiesta con otra. Sin parar, como nuestros padres.
Por eso todavía quedan veranos como los de antes. Porque nos olvidamos de todo, solo queremos estar juntos. Volvemos a ver a gente que solo viene para las fiestas del pueblo porque no coincidimos el resto del año. Porque se siguen haciendo peñas, se sigue ‘tardeando’. Se sigue en vela, sin dormir, para estar acompañado, para disfrutar.

