Mis pensamientos tras varias horas jugando Hollow Knight: Silksong
Mientras escribo estas palabras llevo aproximadamente más diez horas jugadas al tan esperado Hollow Knight: Silksong. Más allá de lo excelente que me está pareciendo en casi todos sus apartados y que está cumpliendo mis expectativas, no puedo evitar comentar algunas ideas mientras exploro las tierras de Telalejana.
En una primera toma de contacto, ya me doy cuenta del aumento de la dificultad, sobre todo en las propias zonas, cuando exploras. Todo es muy agresivo, desde el entorno hasta los enemigos. Y eso frustra, frustra mucho. Me decepciona haber esperado tanto este título para luego tener que enfadarme tanto. ¿Acaso no debería estar contento, después de estos cinco años de espera, de obtener esta obra tan bien hecha? Afortunadamente, pauso el juego, me relajo unos segundos y sigo jugando.
Esa misma frustración la veo parecida en el día a día. Como estudiante, uno puede desanimarse por un trabajo, por un examen. Nos defrauda una rutina que, de entrada, nos parecía algo maravilloso. Entramos el primer día a la universidad con ganas de aprender y a los tres meses —o incluso antes— nos damos cuenta de que no funciona así, que varias asignaturas no eran lo que parecían, y que la forma de dar la lección de algunos profesores es, cuanto menos, cuestionable.
También me ocurre algo similar con obras artísticas que, de tan alto impacto que producen en mí, me generan un deseo ferviente de crear. Esto se traslada en una necesidad de participar en la conversación, aportar mi manera de ver la vida expresada en dibujos, en escritos. De ahí que los fanarts (una obra de arte, principalmente visual, basado en una obra ya existente) sean tan populares, con tanta admiración por muchos usuarios de Internet. El arte permite la retroalimentación y alimenta a la imaginación. Y Hollow Knight: Silksong no se iba a quedar atrás.
Además, esto no es únicamente aplicable a videojuegos: todos hemos sentido una conexión especial con una película, con una serie de televisión, con un libro. Y, de alguna forma, expresarse artísticamente es una manera más que correcta de canalizar lo que se siente dentro. Rechazamos el conformismo de «consumir» una obra, soltarla y olvidarla para dar paso a un acto prosumidor.
Volviendo al videojuego, centrándome en su apartado artístico, me gustaría entrar en detalle en su banda sonora. Christopher Larkin vuelve a componer para Team Cherry, y en Hollow Knight: Silksong me ha pasado como me pasó en Blasphemous 2 (The Game Kitchen, 2023). Llego a una nueva zona, independientemente de lo agresiva o pacífica que parezca a primera vista, y la música empieza a sonar. Y debo parar de jugar.
Me urge dejar al personaje quieto porque debo prestar toda la atención en la canción de la zona. Me absorbe la belleza de las melodías. Esto me recuerda al síndrome de Stendhal, y volvemos a la relación que tenemos con una obra artística: ese proceso de conexión tan fuerte con un cuadro, una escultura que hace quedarse quieto, incapaz siquiera de pronunciar palabra, en ocasiones sin poder explicar qué nos produce por pura incapacidad lingüística.
En conclusión, Hollow Knight Silksong me genera muchas preguntas y reflexiones. Teniendo en cuenta que apenas llevo 14 horas jugadas mientras escribo esta columna, significa que la obra de Team Cherry está haciendo un gran trabajo. Significa que mi curiosidad no está saciada del todo, que todavía me quedan muchas zonas por explorar, enemigos que combatir y dudas que cuestionar. No se cuál será mi opinión cuando termine esto, y eso es lo que me me motiva a seguir adelante. Porque, como dice el título de este artículo, la seda abunda en mi cabeza, y quiero saber por qué.


