«¡Ya están aquí los madrileños!», escucho cada vez que, religiosamente, bajo con mi familia cada festivo a la casa del pueblo de mis abuelos, de mi madre. ¿Madrileños?, me solía preguntar, ya que los únicos de toda la familia nacidos en la capital somos mi hermana y yo, la última generación.
Ahora que soy menos inocente, entiendo que tras ese apodo se escondía un cierto resquemor. Un resquemor que los que se han quedado en el pueblo sienten hacia los que han emigrado. En algunos otros, sin embargo, la manera en la que entonan el «madrileños» vislumbra algo de admiración y fascinación. Quizás por la incógnita de saber qué oportunidades les habría deparado el mundo más allá de sus fronteras.
Dejar atrás el lugar que te ha visto crecer lleva consigo un gran peso emocional, ya que significa alejarte de amigos, familia y, a veces, incluso de tu lengua materna. Pero no es solamente eso lo que tienen que soportar los que se desplazan, pues a menudo se les juzga por ello. En la generación de mis abuelos, fueron miles los que partieron a Suiza buscando trabajo. Allí, al ser la mayoría de clase trabajadora y extranjeros, eran considerados inferiores. Pero al regresar, aquí se les veía como los señoritos afortunados que consiguieron empleo en el país helvético, o sea, los suizos. He ahí el resquemor que antes mencionaba.
Por no hablar de la exigencia que se les reclama a los que parten por mantener vivas las relaciones de amistad, familiares o sentimentales. Como si no existiera la misma distancia en ambos sentidos. Parece que si eres tú quien se va, eres tú quien tiene la responsabilidad de hacer que nuestra relación no se deteriore, de hacer visitas y de estar al día de lo que sigue pasando aquí, el sitio que decidiste abandonar.
Aún así, el migrante carga con todo ello para tratar de encontrar un futuro que su lugar de origen no va a poder brindarle. Porque, ¿de verdad pensamos que alguien abandonaría su pueblo, su ciudad o su país si pudiera encontrar aquí las oportunidades que ansía? Según un estudio de Injuve, organismo adscrito al Ministerio de Juventud e Infancia, las principales razones que motivaron a los jóvenes españoles a emigrar durante la crisis fueron la búsqueda de oportunidades laborales y el deseo de mejorar su formación académica y laboral. Además, el estudio apunta que una proporción significativa de los jóvenes migrantes tenían estudios superiores. Esta «fuga de cerebros» le costó a España en 2022 unos 150.000 millones de euros en capital humano.
Por tanto, es evidente que el asunto de la emigración se debe a un problema estructural existente en España, que no genera las condiciones ni brinda las oportunidades necesarias para impedir que el talento se vaya en busca de un lugar que sí lo haga. Y esto se puede extrapolar al ámbito regional. La «España vaciada» lo está así debido a la concentración laboral que atraen las grandes ciudades: más de uno de cada dos habitantes de Madrid no ha nacido en la capital, siendo la mayoría originarios de Castilla-La Mancha y Castilla y León.
Y así como la emigración cuesta dinero, en el sentido opuesto, la inmigración genera riqueza, gracias a los trabajadores forasteros que aportan su capital humano. Se necesitan políticas y proyectos a gran escala que generen la coyuntura necesaria para que ese capital humano se quede. Pero hasta entonces, dejemos de una vez de señalar a los migrantes, apartemos los nacionalismos y tratemos de no hacerles sentir que deben pedir perdón por buscar un futuro mejor.


