Tras un año de su segundo mandato y al borde de los 80, Trump parece decidido a quemarlo todo
Donald James Trump nació en 1946, un año después de la II Guerra Mundial. Ni él ni su país conocieron las devastaciones del conflicto. De hecho, los Estados Unidos aprovecharon la miseria de Europa y otros países para enriquecerse y consolidar su hegemonía. Y de aquellos polvos…
El Big Stick de Trump
A finales de febrero de 2025, Trump y su vicepresidente, Vance, actuaron como dos extorsionadores profesionales al coaccionar a Volodímir Zelenski en el Despacho Oval, sometiéndolo a una escena de humillación e intimidación pública. Trump llegó a advertirle, señalándole con el dedo, que estaba “jugando con la Tercera Guerra Mundial”.
Cabe preguntarse si el presidente de EE.UU. ignora —o finge ignorar— que el estallido de las guerras mundiales estuvo estrechamente ligado a intervenciones armadas en territorios ajenos, impulsadas por dinámicas de expansión colonial y rivalidades imperialistas. Pese a ello, Trump optó por arrinconar al presidente ucraniano, cuyo país ha sido el damnificado. En contraste, a mediados de agosto desplegó en Alaska una kilométrica alfombra roja para recibir al agresor, Vladímir Putin. Porque perro no come perro.
La célebre frase de Theodore Roosevelt, presidente de EE.UU. (1901-1909) —“Speak softly and carry a big stick; you will go far” (“Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos”)— sintetiza el espíritu con el que Washington aplicó la Doctrina Monroe (“América para los americanos”). Roosevelt entendía que un tono diplomático suave (soft) combinado con la amenaza creíble de la fuerza —el “gran garrote” (big stick)—, era una herramienta eficaz para ejercer presión internacional.
Entre Theodore Roosevelt y Trump hay al menos dos diferencias sustanciales. La primera es de estilo: Trump ha ido abandonando el speak softly para utilizar casi exclusivamente el stick, recurriendo a gestos de dominancia explícita, advertencias públicas y una retórica intimidatoria hacia otros jefes de Estado y gobiernos aliados. La segunda es de fondo: Trump prescinde de eufemismos y expone sin ambages el auténtico propósito de la Doctrina Monroe: América no es para los americanos, sino para los Estados Unidos. Y, de tal palo, tal garrote.

Make Roma Great Again
Trump tiene un profundo desconocimiento —si no desprecio— por la Historia. Prueba de ello son las numerosas afirmaciones que ha pronunciado durante sus años como presidente. Un ejemplo memorable ocurrió cuando, posiblemente en la Casa Blanca, hizo referencia a lo que sería una réplica de la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
A continuación, dijo que, al contemplarla, le parecía que la Guerra Civil podría haberse resuelto sin que muriesen seiscientas mil personas. El primer hecho ocurrió en 1776; el segundo, entre 1861 y 1865. Tal afirmación no es solo un error de fechas: es el resultado de un patriotismo creativo que mezcla churras con merinas.
En otra ocasión, Trump afirmó que Estados Unidos e Italia comparten una herencia cultural y política que se remonta miles de años, hasta la Antigua Roma. La influencia romana en Occidente es indudable, cosa distinta es que resulte equiparable su continuidad histórica en Italia con su recepción indirecta en Estados Unidos.
Confundir influencia con herencia revela una comprensión superficial del pasado. Si se acepta hablar de herencia, conviene precisar cuál. Calígula, conocido por sus excesos, mandó construir palacios flotantes en el lago Nemi: lujo, aislamiento y ciertas lógicas de impunidad.
Se trata de una herencia de escenarios y comportamientos execrables. A lo largo de la historia, los déspotas más ambiciosos han buscado espacios apartados —palacios flotantes o islas— donde el exceso se ejerce sin testigos. Para “hacer a América grande de nuevo”, Trump parece dispuesto a quemar donde crecen las malas hierbas: Minnesota, Nueva York, Oregón, California. Como Nerón con Roma, quemar aparece como un modo de empezar de nuevo. Desde América, parece que algunos caminos sí que llevan a Roma.
Trump contra Europa
La Unión Europea parece titubear mientras dedica sonrisas forzadas al líder norteamericano para que este no se enfade. Como rehenes, los europeos fingen celebrar la subida del gasto en defensa al 5 % del PIB para comprar armamento a EE. UU.. Todo ello para que Trump no se ponga más gruñón y tenga que emplear “fuertes palabras”, tal y como expresó Mark Rutte —Secretario General de la OTAN— desternillándose junto al presidente neoyorquino. Como decía Wheeler Wilcox: ríete, y el mundo se reirá contigo; llora, y llorarás solo.

Trump no acepta que, porque los daneses llegaron a Groenlandia en barco hace 500 años, la isla tenga que pertenecerles. Que Trump argumente esto siendo estadounidense no importa: sabe que los argumentos valen solo en la medida en que le sirven para erigirse dueño de la conversación, porque él tiene el “big stick” entre las manos.
Trump ha cruzado ya muchas líneas rojas, y Europa está acostumbrada a extremismos recalcitrantes que prometen cambiarlo todo y acaban institucionalizándose como el resto de los partidos pro-status quo. Mucho larará, pero poco leré leré. Sin embargo, lo que escandaliza a Europa es —y se está demostrando— que con Trump, del dicho al hecho no hay tanto trecho.
Retratar a Trump
Los retratos presidenciales de los últimos cincuenta años comparten un denominador común: hombres blancos —con la excepción de Obama—, algunas canas, una sonrisa algo arrogante y la bandera nacional al fondo. El primer retrato presidencial de Trump cumplía con esa tradición. El de 2025, en cambio, la rompe, y no es casual. Trump concede importancia a la escenografía del poder; de lo contrario, no habría eliminado el retrato de Biden de la galería oficial de presidentes. En la imagen de 2025, Trump aparece con una expresión desafiante, deliberadamente agresiva, que emula la fotografía policial tomada en 2023 por los cargos relacionados con su presunto intento de anular los resultados electorales de 2020. Un gesto que no busca consenso ni institucionalidad, sino advertencia.

La motivación es sencilla: la Constitución no le permite volver a presentarse. Esta limitación se estableció tras la presidencia de Franklin D. Roosevelt (1933–1945), elegido en cuatro ocasiones y fallecido al inicio de su cuarto mandato. Para evitar la consolidación de liderazgos personalistas, se aprobó la Enmienda 22, que limita a dos mandatos la presidencia.
Una solución cuestionable, pero pensada para contener tentaciones caudillistas. Por eso Trump sonríe en 2017 y desafía en 2025. Entonces necesitaba agradar; ahora no tiene que persuadir. Sin posibilidad de reelección, la empatía deja de ser rentable y el retrato se convierte en declaración de intenciones. Por el interés, te quiero, Andrés.
No hay mal que dure cien años
En 2026, Trump cumplirá ochenta años y, desde el inicio de su segundo mandato, ha dejado caer —más como provocación que como proyecto realista— que podría presentarse de nuevo en 2028. Modificar la Constitución para hacerlo posible resulta, extremadamente difícil. Queda la duda de si intentará forzar el texto constitucional, aprovechar sus ambigüedades o explorar fórmulas alternativas para mantenerse en el poder.
Las preguntas se acumulan: cómo afrontará el mundo los años que restan de presidencia, hasta dónde llegará su voluntad de permanencia y si, de darse el caso, estará en condiciones de afrontar un tercer mandato. Son cuestiones abiertas, terreno fértil para la especulación. Lo que sí se sabe —y lo que recuerda el refranero popular— es que no hay mal que dure cien años y, con ochenta, tampoco cuerpo que lo aguante.


