Los casos de ébola aumentan cada vez más rápido, y la falta de medios necesarios para paliar el virus muestra un problema de carácter global
El pasado lunes se registraron dos nuevos casos de ébola en Uganda, y el número de fallecidos ya supera los 200, tanto en República Democrática del Congo como en la región de los nuevos contagios.
2020 marcó un antes y un después en nuestras vidas. Ese año, el COVID fue el protagonista indiscutible. El que nos obligó a llevar mascarilla, a mantener entre uno y dos metros de distancia, a lavarse bien la manos y a estar encerrados durante mucho tiempos en nuestras casas sin poder, prácticamente, salir de ellas.
Desde ese fatídico año en lo referente a lo sanitario, el número de alertas de «pequeños brotes de virus» ha aumentado significativamente. Aunque sea algo como la gripe A o la gripe aviar, ya no lo tomamos igual.
Quizás antes lo veíamos, en general, problemático, pero desde 2020, siempre estamos dándole vueltas a si esa será nuestra próxima pandemia. La mayoría de veces podemos respirar tranquilos —así como agradecer— que no es así, y que esas alertas solo se concentran en un país o que se producen con enfermedades que no afectan en una cantidad tan masiva.
Pero 2026 ha vuelto a demostrar que eso no es así. El hantavirus nos ha mantenido a todos en vilo. Primero, porque la variante que dos turistas neerlandeses contrajeron es mortal y más peligrosa que la asiática, por ejemplo. En segundo lugar porque, a pesar del malestar y la situación de alarma gestada en un crucero en medio del mar, nadie pensó que llegaría hasta Europa. Y llegó.
Porque dos países africanos rechazaron hacerse cargo del MV Hondius y España tuvo que salir al rescate, nos gustase o no. Después, las nacionalidades de los contagiados son de países desarrollados, principalmente, lo que ha provocado que cada uno pusiese sus medios para atenderlos una vez que regresaron desde Tenerife hasta sus lugares de origen.
No obstante, debemos recordar que el hantavirus tarda en incubarse de dos a cuatro semanas, en la mayoría de los casos, lo que provoca que los nuevos casos que haya tarden en detectarse más tiempo. Y a esto se le añade a que no hay vacuna como tal, aunque ya los científicos están trabajando en ella.
Sin embargo, el ébola ha vuelto a asustarnos nuevamente. No lo hacía desde 2014, y ahora, el brote registrado en la República Democrática del Congo y Uganda no para de copar titulares y de preocuparnos aún más, porque esta nueva variante está resistiendo a los antibióticos que se usaron en otras ocasiones, y porque el virus tardó demasiado en detectarse por la falta de medios médicos y personales, lo que agrava aún más la situación en la zona.
Todo ello plantea una duda: ¿estamos volviendo a cometer los mismos errores que con el COVID? Me refiero al hecho de que, cuando el virus empezó en China, el resto del mundo lo veíamos como algo lejano, y no fue hasta que llegó a Europa que nos pusimos en serio a trabajar para frenar su expansión. Hasta el momento parece que estamos cometiendo los mismos fallos que hace seis años.
Si de verdad queremos demostrar al mundo que hemos aprendido algo de esa fatídica pandemia, lo suyo sería que se trabajase en conjunto para frenar un brote de ébola mortal que parece lejano pero no lo es, y cuya expansión aumentará si no lo paramos a tiempo y con esfuerzo.


