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La gratitud como acto que nos hace humanos

Sobre Las gratitudes y las personas que conocemos a lo largo de la vida

Hace poco leí un libro que probablemente conozcas. Las gratitudes (Anagrama, 2019) de Delphine de Vigan se ha convertido, siete años después de su publicación, en uno de los libros más vendidos del momento. Quizá por los temas que trata, quizá por las repetidas veces que se ha recomendado en redes sociales o quizá por la profunda carga emocional que dejan entrever sus primeras palabras

«Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: ‘le debo tanto’ o, ‘sin ella probablemente ya no estaría aquí'». La pérdida, el dolor, el amor —y sobre todo la gratitud— permanecen presentes en la historia de Michka, una anciana con afasia que pasa sus últimos meses de vida ingresada en un geriátrico intentando recuperar el habla. Allí recibirá las visitas de Jérôme, su logopeda, y su vecina Marie

La realidad es que a lo largo de la vida conocemos a muchas personas. Con un paso más o menos trascendente por nuestra existencia, pero siguen habitando los momentos que un día recordaremos. Y es curioso pensar cómo hay gente que se conoce, forma parte de la vida del otro y, al cabo de un tiempo, sigue otro camino.

Supongo que es parte de esa etapa que nunca termina: la de crecer. Pero a menudo pienso en la soledad que supone no volver a ver a alguien a lo largo de la vida. Es una casualidad casi inexplicable haber coincidido en este mismo momento, haber ocupado un lugar en la vida de alguien y haberle hecho partícipe de la tuya. Y, pasar por aquí sin hacer saber a esas personas lo que han supuesto, es triste. 

A pesar de sus dificultades, Michka comparte un último deseo con Marie y Jérôme, el de encontrar al matrimonio que le salvó cuando era joven durante la ocupación alemana. Encuentra en ella el ansia de expresar su gratitud, de hacer saber a quien le ayudó su aprecio por lo que hizo. No muestra la gratitud como un gesto de amabilidad, sino como una necesidad moral: la de agradecer y ser agradecido.

De Vigan hace una profunda reflexión sobre todas esas personas que han impactado de alguna manera en nuestra vida. Y en el deseo, pasado un tiempo, de querer expresar nuestro agradecimiento como un acto humano casi imprescindible.

La vejez es otro de los temas en los que piensas al leer a De Vigan. Después de conocer a Michka desde la ternura absoluta de una mujer que está aprendiendo a envejecer, es imposible no pensar en cómo nos sentiremos algún día. Perder a personas, perder vínculos, perder lo aprendido. Mientras Michka lucha por volver a encontrar las palabras que va perdiendo, de alguna forma, encuentra otras nuevas. 

Y tal vez se trate de eso, de que cuando creemos que lo estamos perdiendo todo, tan solo encontramos algo diferente. Pero es importante hacer saber a las personas que no han dejado de ser todo lo que un día fueron. Que sigue existiendo en ellas esas palabras que, por mucho que le cueste encontrar a Michka, permanecen ahí, con ella.

Michka vive estos momentos sintiendo que hay algo dentro de ella que se va, sin embargo, la autora consigue que el foco no quede en su enfermedad, sino en cómo la anciana vive su identidad. Cómo, a pesar de no ser capaz de decir qué pierde, sabe que lo pierde. Quizá por eso la novela resulta tan íntima al lector, porque de forma conjunta pierdes algo que no conoces.

La historia de Michka es reflejo de una parte de la vejez que a menudo olvidamos. Al igual que nos enseñaron el mundo cuando aún no conocíamos nada, deberíamos sentirnos acompañados cuando lo aprendido se olvida. Deberíamos sentir que alguien está a nuestro lado, que seguimos encontrando cosas nuevas para que no sea tan grande aquello que perdemos. De Vigan consigue con su libro reivindicar la importancia de estar presentes con aquellos a los que queremos. De acompañar y sostener tan solo, y no es poco, como acto sincero de gratitud.

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