Del exceso de estímulos a la externalización del pensamiento: ¿Hemos olvidado el arte de no hacer absolutamente nada?
Todos recordamos la mítica escena de Julia Roberts en la película Come, Reza, Ama, y cómo la acusan de no saber relajarse sin hacer nada, por su origen norteamericano. «Dolce far niente!», le exclaman, «La dulzura de no hacer nada».
Vivimos en una época de adicción al estímulo. Hemos perdido la noción del tiempo, y los minutos vacíos parecen haberse convertido en un espacio que hay que llenar a toda costa. No sabemos no hacer nada. No me refiero a quedarse quieto. Me refiero a no hacer absolutamente nada. No mirar el móvil, no escuchar música, ni podcasts, ni películas, ni series. Tampoco hablar por WhatsApp o por teléfono.
Pero, aún así, tampoco sabemos centrarnos en una sola tarea. Siempre tenemos que estar acompañados de estímulos externos. No sabemos sacar al perro, cocinar, recoger la casa, hacer deporte o ir a comprar sin estar escuchando o viendo al mismo tiempo algo más que nos acompañe mientras lo realizamos.
A veces me pregunto si esta necesidad constante de impulsos nos ha vuelto incapaces de escuchar nuestros propios pensamientos. Nos cuesta permanecer en silencio. Nos incomoda. Y quizá por eso llenamos cada espacio vacío con algo que nos distraiga de nosotros mismos.
No me excluyo. Más de una vez he pensado que me conocería mucho mejor si pasara más tiempo a solas conmigo misma. Si en vez de sacar el móvil en la sala de espera del dentista lo dejara guardado, quizá aprovecharía esos minutos para preguntarme cómo estoy realmente, qué me preocupa o cómo me ha ido el día. Pero incluso entonces aparece la tentación de rellenar el vacío.
Y lo curioso es que hemos llevado la lógica de la productividad incluso al descanso. Ya no solo nos cuesta no hacer nada. Ahora sentimos que, si lo hacemos, deberíamos obtener algo a cambio: más paz, más autoconocimiento, una lección de vida o una versión mejor de nosotros mismos. Como si incluso el silencio tuviera que ser rentable.
Por otro lado, entiendo que nos sea difícil desconectar de lo que nos rodea, del esfuerzo y estrés constante. El trabajo o la familia son entornos que causan la mayoría de nuestras preocupaciones, y pensar hace que nos planteemos constantemente todos nuestros problemas diarios. Dar vueltas al asunto. Esto deriva probablemente a la decisión de buscar estímulos que no conecten con nosotros, sino que nos desconecten de lo que nos rodea, evitando pensar.
Primero llenamos cualquier silencio con música o con una pantalla. Después empezamos a delegar incluso las pequeñas preguntas en otras mentes. Ya no solo buscamos distracciones; también buscamos respuestas inmediatas. Cocinar, escribir, reparar un objeto, redactar un mensaje complicado para nuestra pareja. La inteligencia artificial empieza a convertirse en una especie de memoria externa, una asistente permanente que reduce la necesidad de detenernos, pensar o equivocarnos.
Entonces, ¿nos está haciendo más inteligentes o simplemente menos pacientes? ¿Ha evolucionado la raza humana para que nuestro cerebro funcione a doble velocidad? ¿Ahora sabemos hacer dos cosas a la vez? ¿O se nos ha olvidado que lo que nos define como humanos es la razón?
Quizá no haya ningún culpable. Tal vez simplemente estamos adaptándonos a un mundo que compite constantemente por nuestra atención. Pero me pregunto si, entre tanta información, tanto entretenimiento y tantas respuestas inmediatas, no estaremos perdiendo algo más sencillo: la capacidad de sentarnos en silencio y soportar nuestra propia compañía. ¿Estamos externalizando el pensamiento?


