¿Por qué tenemos que hacer operación bikini?
Nos hemos plantado en verano casi sin darnos cuenta, y con el calor llega el bombardeo habitual. Carteles en el metro, anuncios en la televisión y, sobre todo, un scroll infinito en Instagram que nos recuerda que ya llega la temida «operación bikini». Sin embargo, este año este debate ha tomado un tinte diferente gracias a un cruce de tensas declaraciones que resumen a la perfección el gran malestar de nuestra época. Hablo del dilema entre Carmen Lomana y la influencer Jessica Goicoechea.
Todo comenzó cuando Lomana criticó esas rutinas inhumanas de las creadoras de contenido que se levantan a las seis de la mañana para machacarse a correr y luego encerrarse horas en el gimnasio. Frente al mandato de la productividad física, Lomana sentenció con una frase maravillosa que rescataba de su abuela: «La belleza hay que descansarla». Goicoechea, cuya rutina estética se basa en la disciplina estricta, no tardó en tildar de «vagas» a quienes no siguen su ritmo. Y ahí reside el peligroso núcleo del problema actual.
La cultura del esfuerzo se ha deformado tanto que ya no solo se nos exige producir en el trabajo, sino también en nuestros cuerpos. Perfiles como el de Goicoechea, con millones de seguidores al tanto, han normalizado la idea de que estar obsesionado las veinticuatro horas del día con el deporte y el déficit calórico es el único camino válido.
Si no lo haces, si prefieres quedarte un rato más en la cama, el sistema —disfrazado de discurso de motivación personal— te etiqueta de perezoso. Esta culpa constante es lo que nos lleva a derivar en obsesiones graves y trastornos de la conducta alimentaria, disparados especialmente cuando los bikinis, y la ropa corta comienza a ser la prenda más habitual.
Genera una tremenda nostalgia recordar aquellos veranos de la infancia previos a la obsesión con las redes sociales. Épocas en las que la única preocupación era ver si la crema solar ya se había adherido al cuerpo antes de tirarse a la piscina o si el helado se derretía demasiado rápido. Nadie buscaba el ángulo perfecto en la tumbona para que no se marcase un michelín, ni se contaba el número de pasos antes de cenar. Los cuerpos no eran proyectos para monetizar a través de una pantalla.
Hoy, la comparación digital nos abre el camino a una insatisfacción crónica. Ver cuerpos hipermusculados y tonificados al segundo de abrir TikTok distorsiona por completo nuestra percepción de lo que es un físico real y saludable. Convertir el autocuidado en una obligación, casi como si fuésemos deportistas de élite, destruye el del descanso.
Por eso, reivindicar las sábanas pegadas, el paseo tranquilo y el derecho a no esculpir un abdomen de acero es un acto de resistencia psicológica. Cuidar la salud es fantástico, pero obsesionarse para encajar en el canon de la pantalla es una trampa. Disfrutemos del sol, de los recuerdos y del tiempo libre. Hagan caso a las abuelas este verano, la belleza —y sobre todo, la cordura— se descansa.


