Nunca me ha gustado el verano; al principio por el calor insoportable, después por mi incapacidad para disfrutarlo
Siempre ha supuesto un periodo de reflexión. Unos meses en los que hay demasiado tiempo libre para deambular y sobrepensar. Pensaba tanto que creía que durante el verano me preguntaba si estaba siguiendo el camino correcto o no. Ahora entiendo que la rutina me sienta bien, y que el tiempo libre no me ha permitido, en demasiadas ocasiones, hacer algo útil para tener la mente ocupada.
Pero cuando esa rutina se transforma en un trabajo, al que no puedes faltar, con el que tienes que cumplir, en una ciudad que está lejos de donde te criaste o donde sueles pasar un verano… te falta verano. Te empieza a gustar, porque te escapas cualquier finde, cualquier momento, a algún sitio donde puedas ser más feliz momentáneamente.
Si me paro a pensar en la evolución de mis veranos, me harían falta horas para ver todo lo que han mejorado. Por eso me he propuesto escribir una columna cada verano. O más bien cada agosto.
Cada vez estoy más convencida de que uno no sabe lo que tiene hasta que no lo puede disfrutar por completo. Yo me crié en un pueblo pequeño de Badajoz, que llevaré siempre por bandera. Y no te das cuenta de lo feliz que te puede hacer el pueblo hasta que no sales de él, hasta que casi lo abandonas.
Llevo cinco años sin vivir allí. Cinco años en los que en muchas ocasiones he omitido el volver a mi casa. Porque sabía que ya no era igual. Mismos olores, mismo aire puro, misma gente, pero diferentes sensaciones. Haber tenido la sensación de que no perteneces al lugar donde te criaste el mayor tiempo de tu vida no es algo bonito.
Pero llega un día, un verano, en el que te cambia el chip. Llega un día en el que no te importa que seáis los mismos de siempre. Un día en el que la gente del pueblo no te produce tanta incomodidad. Un día en el que vuelves a tu casa y esta se siente como tal. Un día en el que tienes que volver a Madrid, a trabajar —porque se supone que tienes que ser adulta— y tienes una sensación de ahogamiento porque te quieres quedar en el pueblo. Con los de siempre, donde siempre.
Echar de menos es una de las sensaciones más agridulces del mundo. A nadie le gusta, pero si lo echas de menos es porque lo tienes, porque lo quieres. Yo ahora lo echo de menos. Y he tenido que alejarme de ello para hacerlo, pero lo agradezco.
Echo de menos el verano pasado, porque tenía menos responsabilidades. Y me acuerdo de la cantidad de veces que hicimos planes y más cosas. Ocasiones en las que no eres consciente de que quizás eso ya no vuelva a pasar. Al menos, no de la misma manera. Últimas veces.
Nunca sabes cuándo va a ser la última vez que estás haciendo algo, o que vas a ver a alguien. Por eso hay que disfrutar cada momento de nuestras vidas como si fuese el último. Por eso tenemos que hacer de cada verano el mejor verano de nuestras vidas.


