Su asesinato es un reflejo de que la sociedad continúa fallando incluso a quienes luchan de frente contra la violencia machista
Paula Solanas no era un simple nombre en un titular. Era una compañera, una amiga, una mujer que dedicó su tiempo, su energía y su corazón a que otras mujeres vivieran más seguras. En Cruz Roja Juventud compartíamos con ella Espacio Propio, el proyecto feminista de la sección juvenil de la entidad que desarrollaba acciones de prevención y protección ante posibles caso de violencia machista.
Paula era referente en campañas como el 8M y el 25N, siempre la primera en levantar la mano, en recordar que la violencia machista no es una estadística, si no una amenaza real que atraviesa vidas reales. Aún así, la violencia la alcanzó a ella.
Su asesinato en Santander es un golpe que no solo duele, también indigna, rompe y confronta. Porque Paula dedicaba talleres, horas y esfuerzos a enseñar a niños y jóvenes qué es la violencia de género, cómo detectarla, cómo frenarla y cómo acompañar a quien la sufre. Ella trabajaba para que otras mujeres no murieran. Y sin embargo, fue asesinada por quien debía cuidarla. Esa es la crueldad más devastadora de la violencia machista, puede arrebatar incluso a quienes la combaten.
Y aquí es donde la sociedad tiene que mirarse de frente. No estamos haciendo lo suficiente. No basta con discursos, ni con minutos de silencio, ni con campañas institucionales que duran lo que dura un reels. La violencia machista sigue siendo estructural, sigue siendo cotidiana, sigue siendo invisible para quienes prefieren no verla y sigue estando en nuestro día a día.
Y continúa siendo negada, minimizada o ridiculizada por sectores que se benefician del retroceso, especialmente por una extrema derecha que ha convertido el negacionismo en estrategia política, que llama «ideología» a lo que es supervivencia, que cuestiona incluso la existencia de mujeres asesinadas.
Paula no murió por un «conflicto de pareja», Paula fue asesinada por violencia machista. Y cada vez que alguien intenta suavizarlo, negarlo o convertirlo en un debate, está contribuyendo a que esto vuelva a ocurrir. La sociedad falla cuando mira hacia otro lado, cuando tolera discursos que deshumanizan, cuando permite que el odio se normalice. Falla cuando no protege, ni siquiera, a quienes dedican su vida a proteger a los demás.
Hoy solo puedo decir que Paula merece memoria, justicia y compromiso. Merece que su trabajo continúe, que su voz no se apague, que su lucha siga viva en cada taller, en cada campaña, en cada joven que aprenda que la violencia machista no es inevitable. Y merece que la ciudad, que hoy llora su pérdida, entienda que no podemos tolerar ni un paso atrás.
Porque si Paula —que dedicó su vida a defender a otras mujeres— no estuvo a salvo, ¿qué más necesitamos para reaccionar?


