Nuestra obsesión por el control ha convertido al mañana en una amenaza, cuando en realidad la incertidumbre es el único espacio donde podemos existir
Estamos profundamente intoxicados de presente. Nos hemos vuelto yonquis del resultado inmediato: la pizza en quince minutos o la respuesta en dos segundos. El problema no es que nos guste la comodidad; el problema es que hemos aplicado esa misma lógica absurda a la existencia.
Queremos que la vida nos entregue su plan quinquenal firmadito y sellado antes de ponernos a caminar. Y como el universo se niega a trabajar con envío prioritario, nos da un ataque de pánico, al que hemos decidido llamar «miedo al futuro». Pero seamos honestos: lo que tenemos no es miedo a lo que vendrá, es un berrinche porque no podemos domarlo.
Nos han vendido la mentira de que el éxito consiste en acumular certezas. Buscamos un suelo de hormigón armado sobre el que pisar, sin darnos cuenta de que en el hormigón no crece nada. Nos obsesiona la garantía, pero si supiéramos exactamente qué vamos a estar haciendo dentro de diez años, en qué proyectos vamos a trabajar o qué decisiones vamos a tomar, no tendríamos seguridad, tendríamos una condena. Estaríamos atrapados en un spoiler en bucle de nuestra propia vida.
El futuro nos aterra porque exige algo que la sociedad actual detesta: vulnerabilidad. Exige aceptar que no tenemos el mando a distancia de la realidad. Queremos congelar el tiempo, asegurar la foto y luego, si eso, vivirla. Pero la certeza total es incompatible con la vida. La única forma de no sentir incertidumbre es estando muerto o viviendo en una simulación.
El mañana no es un examen para el que teníamos que haber estudiado hoy; es simplemente el lugar al que vamos a llegar siendo alguien distinto al que somos ahora. Quizá va siendo hora de apagar la calculadora de riesgos, asumir que nos vamos a equivocar a lo grande y entender que no saber qué va a pasar mañana es, paradójicamente, lo único que nos mantiene vivos.
Así que seguimos aferrados al timón de un barco en aguas que ni existen, gastando energía en hacer mapas para sitios que van a cambiar en cuanto lleguemos. Nos aterroriza la incertidumbre, pero se nos olvida que solo en ese hueco cabe la sorpresa, la reinvención o la opción de dejarnos llevar. Queremos controlarlo todo al milímetro cuando, en realidad, somos gente improvisando sobre la marcha.
Al final, no se trata de perderle el miedo a la niebla, sino de aceptar que no ver tres metros más allá no es un fallo del sistema: es simplemente como funciona la vida.


