La izquierda o el ‘procès’, esa es la cuestión

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Dos posibles mayorías de Gobierno en un contexto de volatilidad, baja participación, polarización e indecisión

En plena jornada de reflexión, el fin de una época en la política catalana está cerca o muy lejos, dependiendo del devenir de los comicios del 14 de febrero en Cataluña. Por un lado, si se apuntala un Gobierno de izquierdas integrado por Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), el Partido de los Socialistas de Catalunya (PSC) y En Comú Podem. Por otro lado, está el continuismo del manido proceso soberanista: un Govern amplio de ERC y Junts (la marca del expresident Puigdemont) con apoyo parlamentario de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), e hipóteticamente la improbable entrada en el Gobierno de la escisión de Junts Per Catalunya, el PDeCAT.

El peculiar funcionamiento del sistema político catalán nos traslada a un multipartidismo compuesto por 9 partidos con posible representación en el Parlament, con tendencias que nutren el espectro ideológico: desde el independentismo de extrema izquierda de la CUP hasta la derecha radical populista de Vox. Muchas posibilidades para que los ciudadanos catalanes puedan escoger entre los que mejor representen sus intereses y demandas.

Los candidatos a las elecciones catalanas. | Fuente: El País

Las claves: la participación, el liderazgo en los bloques y los indecisos

Las encuestas nunca son enteramente fiables, y menos aún en el contexto de la emergencia sanitaria, donde la volatibilidad es un factor clave. La incertidumbre para ir a votar que genera el riesgo al contagio se puede plasmar con muchas posibilidades en una reducción de la participación con respecto a las anteriores elecciones. Los sondeos pronostican que puede estar en torno al 60%, una ostensible diferencia de 20 puntos porcentuales con las catalanas de 2017. Esa desmovilización puede producir efectos en todos los partidos.

Las últimas encuestas de las elecciones catalanas advierten un triple empate entre el PSC ( en el 22% de votos), Junts  (20-21%) y ERC (20%), con tendencias diferentes para cada partido. Los socialistas han frenado su crecimiento y ERC sigue a la baja. Sin embargo, la formación de Puigdemont no ha dejado de subir, y a falta de una semana amenaza a ERC y el PSC ganarles en intención de voto. También han hecho retroceder al PP y a Ciudadanos, para elevar a Vox y la CUP. Hay cinco partidos entre el 5% y el 9% de votos, de modo que desentrañar su lugar será un juego de azar. El sorpasso de Vox al PP, prácticamente residual en Cataluña, se mantiene como una apuesta casi segura, así como una de las grandes sorpresas de la jornada como puede ser que Vox supere a Ciudadanos, anunciada por una encuesta andorrana.

Media de la estimación de voto de los sondeos de los medios de comunicación. | Fuente: Kiko Llaneras y Rodrigo Silva (El País).

El «efecto Illa» sin lugar a duda está sacudiendo el arco parlamentario catalán, desde que hace poco tiempo el exministro anunciara que dejaba la cartera de Sanidad para presentarse como candidato a la Generalitat. Parece que en el día de los enamorados no habrá feeling y sí regirán las lógicas de bloques en una sociedad crispada serán las que regirán de nuevo en este caso. La competición en la izquierda está servida. ERC se ha desmarcado políticamente de un hipotético Gobierno con el PSC firmando un manifiesto (la llamada por Illa «foto de Colón independentista») unos días antes de las elecciones, por el que se compromete a gobernar con el elenco de partidos independentistas y no con el PSC. Un clara estrategia para diferenciarse ante el electorado que supone un compromiso con la autoderminación y la amnistía. Pero ya saben, del dicho al hecho hay mucho «trecho».

Otro factor que va tener un influjo tremendo es la gran caída de Ciudadanos. De ganar las elecciones en 2017 pueden pasar a obtener un resultado equiparable al de las Elecciones Generales de 2019. Los votantes van a penalizar, por un lado, la escasa acción que han ejercido desde la oposición y, por otro lado, sus continuos virajes. Si a ello se suma que Vox y PP van a ejercer de «vampiros» captando gran parte del voto unionista, el desplome de Ciudadanos se evidencia en el marco reciente del débil liderazgo de Carlos Carrizosa tras el transfugismo de Lorena Roldán hacia las filas del Partido Popular.

No se queda atrás la competencia dentro del propio bloque independentista, y no es para menos, pues está en juego la hegemonía de un futuro Govern en pro de la independencia. ERC y Junts se han soltado reproches mutuamente en los debates de los anteriores días, una muestra de que, aunque serán socios preferentes, son enemigos electorales pese a sus diferencias ideológicas. Donde ambos son más fuertes es las poblaciones de menor tamaño y en el interior de Cataluña, particularmente en Girona y Lleida. La coalición soberanista es uno de los resultados más posibles de estos comicios, aunque todo depende de la conjunción los factores apuntados. La frontera psicológica del 50% de las papeletas daría legitimidad al bloque secesionista para plantear un referéndum en ese caso, siempre y cuando se planteara de forma acordada con el Estado y en el marco jurídico dado.

Por tanto, de este ecosistema de partidos y de pactos tampoco se puede desdeñar el escenario de un bloque constitucionalista fuerte. Si PSC, Ciudadanos y PP consiguen buenos resultados podría acordarse un Gobierno amplio constitucionalista, en el cual Vox ha declarado que no querría participar. Según las encuestas, es muy improbable que suceda. Aun así, es un dominó que depende de si a Illa le dan los números para sumar con ERC y En Comú Podem; máxime, a tenor de las declaraciones de ERC y PSC se han excluido mutuamente como socios de Gobierno. Los hechos hablarán por sí solos.

Alternativas de las mayorías plausibles.  | Fuente: Kiko Llaneras y Rodrigo Silva (El País).

En cualquier caso, el 14F se produce en un contexto muy polarizado, y esto también otorga una dosis de peculiaridad a sus resultados. El aumento de la abstención no solo será por la influencia de la COVID-19, sino también por el hastío de la sociedad tras años de una elevada movilización debido al gran apoyo popular en contra o a favor de la causa soberanista. Aunque la pandemia tiene unas consecuencias muy grandes en las vidas de las personas, la traslación de ese efecto a la política no es directo. Por lo que es muy posible que la participación también baje porque el contexto es menos intenso y desmovilizado que en el 2017, aparejado de una desafección evidente.

Por otra parte, los indecisos se cuentan por miles. Un 37% de los catalanes no declara un voto decidido. El 12% sabe que no votará y casi la mitad no está seguro de si lo hará. Hay muchos indecisos en las formaciones constitucionalistas —en Cs (40%), comunes (37%) y PP (35%)—. Mientras que los más decididos son los antiguos votantes del espacio de Junts (25%).  Lo llamativo es que la mejor cifra de fidelidad la tiene una formación que se ha dividido en dos, Junts Per Catalunya porque muy pocos votos van al escindido PDeCAT, y porque los votantes de Junts son los más movilizados.

Debates crispados e inútiles

Los debates celebrados en múltiples cadenas han arrojado poca luz al votante medio. Han estado plagados de interrupciones molestas y un modo poco elegante de hacer política. El «Todos contra Illa» ha predominado, puesto que el candidato socialista está en auge y puede llegar a ganar las elecciones, siendo este factor aprovechado por cada una de las formaciones que se presentan. Todas las formaciones sin excepción se han propuesto vilipendiarle por diversos motivos, desde su negativa a hacerse el test de antígenos en el debate de TV3 hasta su gestión de la pandemia.

Tras los debates tampoco se puede sacar nada en claro de las alianzas poselectorales, más allá de la coalición independentista. Excepto el pacto entre los partidos independentistas,  Ciudadanos ha tendido la mano al PSC para que formen un Gobierno con apoyo del PP. Illa, en su delicada posición de blanco de todos los ataques, no se ha manifestado al respect,  porque estratégicamente no le conviene (e incluso es casi imposible que se suceda este escenario, según las encuestas).

Las propuestas que se han hecho han sido de poca profundidad, aunque el electorado se ha podido hacer una idea de lo que representa ideológica y políticamente cada candidato. No se puede advertir un ganador claro, aunque los que no han entrado tanto en el juego de la crispación han sido Salvador Illa (PSC) y Alejandro Fernández (PP), uno en ebullición electoral y otro en desaparición. Lo cual no ha sido óbice para que hayan reprochado algo a otros candidatos.

Ha llamado la atención la defensa y el ataque simultáneo del PP hacia Vox que ha denotado una ambigüedad asimilable al sorpasso que puede efectuarle la formación nacionalpopulista. La postura de Vox cada vez más xenófoba, típicamente populista y nativista ha quedado patente, destruyendo más que construyendo y al margen del coloquio entre el resto de candidatos. El nacionalismo catalán no se ha quedado corto en malas palabras, tanto es así que, por ejemplo, el ataque de la CUP al PDeCat ha sido continuo, por representar el antimodelo de sus ensoñaciones ideológicas.

El ocaso o el inicio de una etapa es ilusorio. Hay que contemplar el supuesto de repetición electoral. Un final es solo un comienzo disfrazado.

 

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