Su poemario Cara de crimen, sobre la violencia en Centroamérica, ha sido galardonado con el Premio Espasa de Poesía 2025
William González Guevara (Managua, 2000) es un periodista poético, o un poeta periodista. El orden no importa, en las dos literaturas es ya una pluma consagrada. Como colaborador en la sección de Cultura del ABC obtuvo hace un año el premio Francisco Valdés de periodismo al mejor reportaje publicado por un estudiante. Había conseguido revelar un fraude literario de falsificaciones de manuscritos de Rubén Darío, que obligó a Harvard a rectificar sus archivos. Como poeta, ha publicado cinco libros, cuatro de ellos con galardones; entre ellos, el Hiperión en 2023 por Inmigrantes de segunda. El último, Cara de crimen, le ha merecido el Premio Espasa de Poesía 2025.
En él transmite al verso toda la violencia que persigue a las mujeres, a la juventud, a las pandillas de Centroamérica, y la desdicha de quienes intentan huir a través de la migración. Con la belleza que corresponde a la lírica, los poemas expresan testimonios de las víctimas de una sociedad sumida en la barbarie estructural. Y obligan al lector a sentir la crudeza de aquello que no tiene porqué formar parte de su realidad, pero que forma parte del mundo y no se puede ignorar.
El proceso de creación de Cara de crimen
Pregunta: Has hecho poesía sobre el desgarro de identidad que supone la experiencia migratoria en Los nadies, has homenajead a las empleadas del hogar en Inmigrantes de segunda, te aproximaste en el dolor de los nicaragüenses en Me duele respirar… Con Cara de crimen das un paso más al recoger las historias personales quienes ejecutan o sufren la violencia. ¿Qué sentido tiene para ti este poemario?
Respuesta: Esta obra es un giro de 360 grados, es una confesión humana. La semilla de este poemario es mi yo de cinco años. Con esa edad vi por primera vez un asesinato. Fue un pandillero que dejó caer a otro un bloque de hormigón y lo mata, y luego lo acuchillan. Yo conocí la violencia muy temprano, lo digo en el poemario. Eso te marca para siempre. Lo he sabido digerir a través de la poesía, de la cultura, porque son cosas que he tenido cerca desde muy pequeño.Desde el principio, Cara de crimen era mi objetivo literario. Lo tenía en la cabeza incluso antes de publicar Los nadies en 2022. Ahora me estoy esforzando en darle la mayor difusión posible, quiero hacer ver a la gente lo afortunados que somos, porque «ya está bien de romantizar la violencia y el odio».
P: ¿Cómo se regresa a un lugar tan cargado de agresividad que, a la vez, constituyo tu infancia?
R: Como digo, «lo que pasa en Centroamérica es que los niños crecen normalizando los machetes y las balaceras». Con Cara de crimen yo regreso una década después para tratar de comprender esa violencia. Han sido cinco años de mi vida, de los 20 a los 25, en los que he viajado a mi país para recoger material. Ha sido arriesgado, me jugué la vida por este libro. El poemario tiene fragmentos de entrevistas inéditas a pandilleras y pandilleros. Es decir, sicarios que matan por 45 dólares a una persona. Y a la vez, el libro es también un trabajo de documentación, de investigar, de leer informes y «querer entender a las pandillas con un trabajo de fondo brutal».
P: Entonces, ¿Cómo consigues establecer relación con estas personas? ¿Cómo haces posible Cara de crimen?
R: Cuando escribo trato de ser fiel a las temáticas que conozco. Este libro nace porque mi familia paterna fundó una de las pandillas más peligrosas de Managua, se llaman los Sumis. Los Sumis eran los González, «por rama familiar yo estaba destinado a ser un pandillero más». ¿Qué pasa? Que mi madre se da cuenta de eso y piensa “es que yo no quiero ese futuro para mi hijo”. Uno de los motivos por los que mi madre se larga de Nicaragua es para enseñarme que hay mundo lejos de esta violencia, de vender crack en las calles.
«Al conocer el mundo de las pandillas de primera mano no me es difícil sentarme con un sicario, no es lo mismo que acercarme como periodista». Y parece una tontería, pero no es lo mismo los rasgos centroamericanos que unos rasgos europeos. Por ejemplo, para las entrevistas lo normal es que pidas coartadas, dinero a cambio de información. Luego claro, está el que te pregunten “¿para qué quieres la entrevista?” y les digas que para un poemario…
“La cultura es un muro contra la violencia”
P: En el poema ‘Biblioteca antiviolencia’ planteas la literatura como una vía de escape a este mundo del que quiso sacarte tu madre, ¿hubieran bastado los libros para huir de tú destino pandillero si no hubieras venido a España?
R: «La cultura es un muro contra la violencia muchas veces». Incluso en este contexto lo fue para mí. La casa de mi padre no era una familia muy lectora, pero en la de mi madre sí había libros y ya en Nicaragua se convirtieron en un elemento importante. No diría que la cultura me salvó, pero era una contraposición bastante curiosa. Era una madre que luchaba por transmitirle a su hijo elementos vitales que van más allá de lo que ha visto, frente al infierno.
P: En este sentido cultural, ¿consideras que hay esperanza para los chavales de Centroamérica frente a la hegemonía de las pandillas? Impacta leer los versos del poema ‘Lastre’, en el que hablas de un aborto y escribes: “no crecerá, no se convertirá / en un marero más / no violará a su propia madre, no”
R: Este es un poema bastante duro, «lo lees y parece que quiero golpearte la cara con la realidad». Es muy curioso porque bandas han rebajado sus fuerzas, hay menos violencia. Pero las dictaduras de Centroamérica han empezado a prohibir libros. Hemos pasado de Guatemala a guatepeor. En Nicaragua, por ejemplo, mis poemarios están censurados. Más de mil libros están vetados por la dictadura de Ortega. En El Salvador, Bukele ha exiliado a los periodistas y también ha aplicado censura. En México se están prohibiendo muchos corridos tumbados porque se supone que están vinculados al narcotráfico. «Corren malos tiempos para la cultura y en Centroamérica nuestra única salvación es la cultura». Si nos la quitan yo no sé qué futuro nos va a quedar.
Compromiso social, desde la literatura
P: De hecho, hace no mucho publicaste un reportaje en El País sobre la censura, lo titulabas: ‘Nicaragua, República de poetas clandestinos’. ¿Cómo vives esa posición, vamos a decir, de privilegio, al poder escribir desde aquí, respecto a los autores que no pueden escapar del yugo de la dictadura?
R: Si hay una cosa que reconozco públicamente siempre es que no soy la cara representativa de la literatura nicaragüense, como dicen algunos críticos. El brazo fuerte de la literatura nicaragüense son los jóvenes que están escribiendo desde la clandestinidad. Dentro de lo que cabe, mi posición se puede llamar de privilegio, porque vivo en una democracia. Entonces, aproveché mis viajes de investigación para el poemario para tratar de reflejar el desierto cultural en el que vive Nicaragua.
P: En 2023 dijiste en una entrevista de El Salto que el tema político lo veías muy lejano, que tu compromiso con la sociedad era literario. Dos años más tarde, después de que tus poemarios hayan sido censurados por una dictadura y haber indagado más a fondo en la situación sociopolítica de tu país, ¿te mantienes en esta idea?
R: Efectivamente, hay que diferenciar lo que es un activista y un autor comprometido. Yo soy poeta, tengo un compromiso literario con mi gente, con mi país de nacimiento, también con Carabanchel, un barrio repleto de gente trabajadora… Soy hijo de una empleada de hogar, ¿cómo no voy a estar comprometido? Está claro que toda literatura es política. Ahora bien, que yo haga política con mi literatura, eso no. Porque hay mucho activista que escribe un poemario que no respeta la tradición poética y para mí la literatura es respetar la tradición. Soy un gran lector de poesía y tengo un respeto muy grande hacia el género, utilizarla como un elemento para ir dando charlas… respeto a la gente que lo hace, pero yo lo primero soy un poeta.
Lo primero leer, luego a escribir
P: Es curioso porque en la actualidad literaria existe cierta tendencia a partir de cero, a construir formas completamente nuevas, con cierta pretensión por convertir en obsoletos los códigos convencionales. ¿Por qué es importante para ti estar en conexión con los autores del pasado?
R: Porque antes de ser poetas o autores somos lectores. Un tipo que escribe un poemario y que no ha leído a Rubén Darío, a Quevedo, a Góngora, a Garcilaso de la Vega… «Yo creo que para romper los esquemas hay que conocer lo que se ha hecho antes, todo está escrito». La suerte que tengo es que he estudiado periodismo y filología hispánica. En lo segundo haces un recorrido desde el siglo de oro hasta lo contemporáneo, lo abarcas todo. Ahora, cuando me quedo sin ideas vuelvo a los clásicos. Yo por ejemplo me peleo un montón con el tema de los versos alejandrinos, los heptasílabos, porque es una forma de respetar la tradición, a Rubén Darío, que en Nicaragua es nuestro héroe nacional. Como el fútbol para Argentina, para nosotros es la poesía.
P: ¿Se hace hueco en la cultura a los jóvenes?
R: Yo he tenido la suerte de qué la crítica me ha tratado muy bien, tengo el respeto de la gente que siempre he admirado. Jamás pensé que Babelia iba a sacar una crítica de Los nadies, o que Álvaro Valverde iba a dedicarme un artículo en El Cultural. Soy un afortunado, pero luego vas los festivales literarios y están los mismo de siempre. Hay que confiar mucho en los autores contemporáneos, en España se está haciendo muy buena poesía joven. Pero es una lucha que empiezo a dar por perdida, los jóvenes no interesan ni en literatura ni en periodismo. Justo, Isaías Lafuente dedicó su discurso de los premios Ondas a los becarios. Esto es importante porque a nivel político «se utiliza mucho a los jóvenes para decir que son el futuro y es que también somos el presente».

