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“Para matar a sangre fría hay que tener muchos huevos”

Más de 100 periodistas han sido asesinados en Gaza desde el pasado mes de octubre

“Sabemos cómo estamos cuando vamos a la guerra, pero nunca cómo volveremos, si es que lo hacemos”. Antonio Pampliega y Nico Castellano son de los pocos reporteros que han logrado salir con vida de las grandes contiendas del siglo XXI.

De manera inequívoca, se convierten en los testigos de una realidad aterradora: ser partícipes de la masacre que puede llegar a cometer el ser humano y sobrevivir al horror con compañeros convertidos en familia quienes, en ocasiones, son atacados, heridos e incluso asesinados. En pleno 2024, el ejército israelí, como tantos otros en la historia, está silenciando a aquellos cuyo deber es informar sobre lo que está ocurriendo y ser los ojos de un mundo que, cada vez, deambula más ciego. Así pues, cada contienda se caracteriza por sus diferencias, pero todas tienen un elemento en común: alguien tiene que ser testigo directo para poder contarlo.

Concretamente son 105 los periodistas, según Reporteros Sin Fronteras, que han sido asesinados en apenas seis meses en la contienda que acecha Oriente. Desde el primer día del conflicto, el 7 de octubre, sus nombres se han ido añadiendo al espantoso balance de una tragedia que no cesa. Y es que Gaza sigue siendo inaccesible, bajo bombardeos diarios israelíes, la evacuación de los profesionales de los medios avanza con dificultad.

En este torbellino de caos y peligro, el periodista se convierte en un actor principal, enfrentándose a demonios que “pocos pueden imaginar”, como comenta Castellano, reportero especialista en conflictos bélicos enviado a Ucrania y a Gaza. La guerra, con su manto de desolación, no sólo transforma paisajes, sino también almas. En el corazón de la batalla, la mente del periodista se convierte en un campo de lucha propio, donde las emociones chocan como olas furiosas contra los acantilados de la razón.

Pero la guerra no sólo se hace ver en las explanadas de batalla, sino también en los callejones oscuros de la incertidumbre. Los secuestros, como sombras invisibles, acechan a los periodistas en su búsqueda incansable de la verdad.

Antonio Pampliega, un valiente periodista que fue arrastrado por Al Qaeda al abismo de la cautividad mientras buscaba la luz En la oscuridad -como así tituló su primera novela-, relata cómo la inquietud se convierte en un compañero constante, tejiendo su telaraña de terror alrededor de su corazón. “Pierdes la esperanza, sobre todo porque son muchos días. No hay información, estás solo, te encuentras en una depresión constante. Ahora que tan de moda está el tópico de la salud mental, caer en un pozo tan profundo como es el estar aislado, el no saber si vas a volver a ver a tu familia, no saber cómo te van a matar… Es muy duro, mucho de hecho”, ha confesado aún con la voz cogida por la emoción.

299 días encerrado. Todo por un reportaje. “Pensaron que yo era un peligro para ellos. Me separaron de mis compañeros. Nada más y nada menos que 204 días fueron los que estuve solo. Y ahí sí que empezó un secuestro de verdad, con malos tratos y vejaciones”, añade Pampliega. Detrás de cada historia, detrás de cada imagen, se esconde un alma marcada por el fuego de la experiencia. La guerra y el secuestro, con sus garras afiladas y sus dientes de acero, es precisamente a lo que se exponen estos profesionales por cumplir con su trabajo. Un oficio que deja una cicatriz indeleble en el alma del periodista, una marca que perdura mucho después de que las cámaras hayan dejado de grabar y las plumas hayan dejado de escribir. 

El doctor Enrique Guerra Gómez, reputado especialista en PsiquiatríaPremio Nacional de Medicina y Premio Dr. Fleming a la Excelencia Académica, entre otros reconocimientos, ha desvelado que es posible volver carentes de secuelas psíquicas y mentales de una guerra. No obstante, ha asegurado que esta condición depende mucho del soporte psicosocial de la persona y de si se padecían antecedentes patológicos previos o de algún trastorno de personalidad. “Esto es francamente importante desde el punto de vista psiquiátrico”. Sin embargo, Guerra ha confirmado con certeza que lo más común es volver con síntomas depresivos o presentando ciertos cuadros de ansiedad. “El estrés postraumático es otro de los trastornos más conocidos, pero no por ello es el más frecuente de sufrir”, ha sentenciado el prestigioso doctor.

«Nuestro desarrollo mental no nos prepara para una guerra»

El psiquiatra Guerra ha asegurado que es necesario atribuir a estos profesionales una preparación preventiva para intentar evitar las patologías consecuentes del episodio bélico. “Los seres humanos tenemos la capacidad de poder enfrentarnos a situaciones traumáticas determinadas, sin embargo, nuestro desarrollo mental no nos prepara para una guerra. De ahí la importancia de la psicoterapia psicodramática”. Un tratamiento que coloca a la palabra en un segundo plano con el fin de desarrollar y potenciar la fortaleza del paciente, en este caso del periodista, mediante la capacidad espontánea y creativa que tenemos las personas en un escenario casi teatralizado.

Un papel arriesgado pero infravalorado

Nico Castellano, caracterizado como un corresponsal intrépido que ha navegado por los mares turbulentos del periodismo de guerra, describe su experiencia en Israel y Gaza con las palabras de un poeta que escribe versos de tragedia. «En cada calle, en cada rincón, siento el peso de la desesperación«, confiesa, mientras el humo de los escombros se cierne sobre su cabeza como una corona de dolor.

«Muchos subestiman e ignoran nuestro papel»

Sin embargo, la guerra en Gaza no solo deja cicatrices en los edificios y las calles, sino también en las mentes y los corazones de aquellos que la presencian de cerca. Los periodistas, como testigos privilegiados de la tragedia, enfrentan el peso de la responsabilidad y la carga emocional de ser los narradores de la desolación. Pero, ¿realmente su papel es bien valorado? “Algunos reconocen la importancia vital de llevar la verdad desde las zonas de conflicto hacia el resto del mundo, mientras que otros pueden subestimar o ignorar nuestro papel … Lo importante es seguir adelante con nuestra labor con integridad y compromiso, sabiendo que estamos cumpliendo una función crucial en la sociedad”, sentencia firme el gaditano.

Más allá del miedo: la frontera de la muerte en los periodistas

En las fronteras del peligro, donde el fragor de la guerra se mezcla con el susurro de la muerte, los periodistas se enfrentan a un enemigo invisible que acecha en las sombras: el miedo a morir. Algunos encuentran, en este campo de batalla psicológico, el coraje para desafiar a la parca, mientras otros sucumben a su abrazo gélido.

En Gaza, como en tantos otros sitios, el temor a ser blanco de un ataque israelí se había hecho omnipresente, hasta el punto de que los civiles llegaron a temer estar cerca de los periodistas precisamente por eso. Con esa frialdad relata Castellano el protagonismo que puede llegar a adquirir un profesional de la información, mientras dos bandos se encuentran bombardeando sus territorios. “Muchos tenían la convicción de que todos los periodistas de Gaza éramos blanco de ataques israelíes. En algunos momentos nos llegaban a rechazar. Lo comprendo perfectamente”.

Un corresponsal de guerra
Un corresponsal de guerra deambulando por una ciudad en ruinas | Fuente: Pexels

En el caso de otros, como Antonio Pampliega, la experiencia resulta ser mucho más completa, como él mismo la define. Con la mirada perdida en el horizonte de los recuerdos, aún recuerda el día en que su mundo se desmoronó bajo el peso de la violencia y la brutalidad. «Fue un instante fugaz, un destello de caos en medio de la calma», murmura con la voz entrecortada por la emoción. «Y de repente, todo se oscureció y me vi arrastrado hacia un abismo de dolor y desesperación«, relata con la mirada fija en el vacío.

Durante nueve meses, Antonio fue prisionero de un grupo armado en un lugar remoto de Siria, donde cada día era una batalla por la supervivencia y cada noche una danza con la muerte. «El miedo se convirtió en mi sombra, en mi compañero más fiel», confiesa con la voz temblorosa por los recuerdos. «Pero también fue mi motor, mi fuerza para resistir en medio de la oscuridad», declara con determinación en sus palabras. Y es que el camino hacia la liberación no fue fácil ni rápido. Cada día era una batalla contra la desesperación, cada momento una prueba de su resistencia y su coraje. «Hubo momentos en los que pensé que nunca volvería a ver la luz del sol, que nunca volvería a sentir el calor de un abrazo«, confiesa con la voz quebrada por la emoción.

«Les pedí que me mataran, no aguantaba más»

Pasado el tiempo, Pampliega asegura que cesó de sentir el miedo a morir. “Les pedí que me mataran, no aguantaba más”. El doctor Guerra argumenta que esto mismo también ocurre con enfermos terminales. “En ocasiones, es tal el sufrimiento, que la muerte es una liberación”.

Así pues explica el psiquiatra este caso rememorando al padre de la psicopatología, mientras elabora una comparativa acerca de nuestro comportamiento con las operaciones primitivas de los animales. Uno de estos mecanismos justifica al completo la pérdida de la sensibilización por parte del entonces cautivo español: la aceleración y agitación del animal pequeño con el fin de asustar y frenar al grande para evitar convertirse en su presa.

«Cuando una persona está desesperada, es capaz de hacer cualquier cosa»

De esta forma lo sintió Antonio: “Llega un momento en el que no puedes más. Mi cabeza explotó y perdí totalmente la esperanza. Imagina lo desgastado que podría estar. Precisamente el miedo que podía tener yo, a partir de entonces lo tenían ellos. Ese es el instante en el que se dan cuenta de que estás realmente desesperado y cuando una persona está desesperada es capaz de hacer cualquier cosa.

Lo que ellos querían era que no perdiese esa esperanza porque en el momento que esto ocurriera me podría enfrentar a ellos y podría intentar huir. Eso significa que quizá me podría llevar por delante a alguno de ellos y ya me tendrían que matar. Incluso podría haberlo hecho, pero para matar a sangre fría hay que tener muchos huevos”. 

El paquete a casa de un corresponsal

“Cuando vienes aquí cargas con tus problemas y luego probablemente te vayas con otros añadidos, así que hay que estar muy equilibrado”, ha manifestado el periodista de Cádiz.

Detrás de cada relato de valentía y resiliencia, yace un mar de dolor y sufrimiento que solo aquellos que han enfrentado el horror de cerca pueden comprender. El trauma psicológico de cubrir un conflicto bélico o sufrir un secuestro no termina cuando los periodistas regresan a sus hogares; sigue vivo en sus corazones y en sus mentes, dejando heridas invisibles que solo el tiempo y el apoyo pueden sanar.

Niño fotografiado por un corresponsal de guerra
Niño escondido en mitad de una contienda | Fuente: Pexels

En medio de la oscuridad, hay una chispa de esperanza, una luz que brilla en la distancia, recordándoles que no están solos en su lucha por la sanación y la paz interior. Más si cabe si cuentan con la ayuda de profesionales como la psicóloga barcelonesa Olga López, especializada en estrés postraumático, quien afirma que es recomendable que el profesional de la información, una vez llegue a su punto de origen, se disponga a relatar abiertamente lo que ha presenciado en el lugar del conflicto junto a todo cuanto siente en el momento de su llegada. “Puede ser que la persona que regresa no sea la misma que marchó y que pueda sentirse desubicada en el entorno que antes correspondía a su lugar seguro”, ha destacado López. E incluso cabe la posibilidad de que el afectado se sienta en cierta parte distanciado de las personas que comprenden su entorno afectivo

Con el apoyo adecuado, el tratamiento profesional y el tiempo necesario para sanar, muchos periodistas de guerra pueden encontrar el camino hacia la recuperación y la sanación. Es fundamental que tanto los medios de comunicación como la sociedad en general reconozcan su imprescindible labor y conciencien a la multitud de la estancia continua de estos profesionales en el epicentro del horror durante la emisión y tras ella. Por lo que se ha de apoyar a estos valientes narradores, no solo en el campo de batalla, sino también en su lucha contra los fantasmas del trauma psicológico que los persiguen en las horas más solitarias de la noche.

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