El maliense Moussa Sillá ha encontrado su sitio en Sanxenxo, a más de 3000 km de su pueblo natal (Kayes). Con 30 años, una edad ya avanzada para las estadísticas, emprendió su camino dejando atrás su origen en octubre de 2022 para llegar a España tres meses después, tras sobrevivir a la deriva. Hoy hace su vida en este pueblo costero de Galicia, donde trabaja y se esfuerza por integrarse en la comunidad que le ha abierto sus puertas.
Mucho antes de pisar suelo gallego, la vida de Moussa ya estaba marcada por el esfuerzo de las distancias. De pequeño, solía caminar tres horas hasta Somankidi, el pueblo vecino, para poder asistir al colegio. No era una rutina diaria, iba algún día a la semana aprovechando que su tío, residente en esa localidad, llevaba allí a sus propios hijos. En aquellas aulas estudió durante unos seis años, hasta que la infancia se dio por terminada y sus manos empezaron a ser vistas como una herramienta más provechosa para el cuidado de los animales y las tareas del hogar que para sostener lápices y libros.
El fin de esa etapa dió paso a una adultez prematura que marcaría el verdadero inicio de su camino. Sin embargo, la historia de este joven no es un relato uniforme. Es la crónica de quienes consiguen alcanzar su destino sorteando dificultades, negociando con mafias, recorriendo miles de kilómetros y sobreviviendo en condiciones pésimas. “Pueden matarte por cualquier cosa”, recuerda él sobre aquellos días, “es muy difícil vivir así”.
Mauritania y el racismo sistémico
Su primer destino fuera de Mali fue Mauritania. Un país africano que destaca por ser un enclave estratégico debido a su posición geográfica, consolidándose así como el principal punto de salida en la ruta canaria. Moussa llegó allí a través de una red de amigos que habían emigrado buscando trabajo, pero la realidad que encontró fue desilusionante. Al preguntarle cómo definiría esa etapa en pocas palabras, confiesa con firmeza: “Muy dura”.
“Nos trataban mal, como si fuéramos esclavos”, explica el joven maliense. “Yo hacía trabajos como limpiar casas, cocinar o construcción. Trabajábamos muchas horas y nos pagaban poco o nada”. Un relato que no es difícil de encajar si se tiene en cuenta que organizaciones locales como IRA y SOS Slaves sostienen que alrededor del 20% de la población de Mauritania sigue viviendo bajo algún tipo de esclavitud.
No en vano, este país mantiene un vínculo con la esclavitud que se remonta al siglo VIII, tras las conquistas árabes. La región fue dominada por los moors blancos, que crearon un sistema de castas cuyo eslabón más bajo ocupaba la población negra, descendientes del Sáhara. Mauritania fue, además, el último país del mundo en abolir la esclavitud, y no la declaró ilegal hasta 2007 (hace solo dos décadas), pese a los compromisos adquiridos a nivel internacional.
De la mano de la esclavitud va, inevitablemente, el racismo. Así lo explica Dieynaba N’Diom, socióloga y feminista mauritana, quien a través de su labor de incidencia y análisis defiende que ambos son dos problemas distintos pero complementarios. Según N’Diom, en el noreste de África la esclavitud es ante todo sistémica: “No está en la ley, pero se practica de forma muy sutil». Un diagnóstico que el testimonio de Moussa corrobora, con una frase que resume el que fue su día a día durante aquellos meses en la desértica República Islámica de Mauritania: “Hay mucho racismo, sobre todo hacia las personas negras”, recuerda el joven.
Con todo, el maliense vio que su estancia en esta región era temporal. Trabajando en múltiples sectores, trató de ahorrar dinero para el que empezó a ser su objetivo en 2023: venir a España para “buscar otra vida”. Amigos y conocidos que ya estaban en el país europeo lo animaron a ello. “Me dijeron que el viaje era fácil”, relata con una sonrisa triste, “porque en su caso había durado solo unos días”, añade.
La ruta canaria: de Nuadibú a El hierro
Así fue como acabó en Nuadibú, ciudad costera, principal núcleo comercial de Mauritania y punto clave para la migración irregular hacia las Islas Canarias. Allí, como explica Moussa: “hay personas que organizan los viajes en patera, pero no son empresas. Es gente, mafias, y las hay de diferentes países: Mauritania, Mali, Senegal… pero también hay blancos, árabes blancos”.
Estas personas se encargan de organizar el viaje en patera desde África hacia España. Cobran dinero (entre 600 y 3.000 euros por persona, según diversas fuentes sobre el negocio de las mafias de la migración), ponen las embarcaciones, los motores, los pilotos y deciden el día. La planificación y la cautela definen el modus operandi de esta red de tráfico de personas, que operan de forma minuciosa ocultando sus identidades, protegiéndose así de las consecuencias. “Yo nunca vi a la mafia”, explica, “hay intermediarios a los que les pagas y después ya te dicen”.
Así fue como, después de reunir el dinero para poder costearse el viaje y alentado por sus amigos que habían llegado a territorio español sin demasiados problemas, Moussa emprendió su viaje el 15 de diciembre de 2023, contando con que solo duraría unos tres días.
Con la ropa que llevaba puesta, una fina chaqueta, su teléfono y una bolsa de plástico que le serviría para protegerlo, él y 44 personas más se subieron a una patera de 8 metros de largo por dos de ancho. Una pequeña y vieja barca de madera comida por la sal y por el sol sería la encargada de recorrer los 760 km que separan el puerto de Nuadibú de la isla española de El Hierro.
Todo ello sin ser consciente de la peligrosidad de la ruta, a la que Daniel Bóveda, responsable territorial de la ONG Accem en Galicia (que defiende los derechos de las personas en situación de vulnerabilidad), cataloga como “una de las rutas migratorias más peligrosas a día de hoy”. Las corrientes y la falta de recursos, como buenas embarcaciones o chalecos salvavidas, hacen que “muera muchísima gente”, dice.
Así lo corrobora Ikuspegi, el Observatorio Vasco de Inmigración: “La cifra de fallecidos es incalculable, se producen muchos naufragios y hundimientos de los que no tenemos conocimiento”, apuntan. Tan solo en la primera mitad de 2024, la ONG ACNUR contabiliza en siete centenares las muertes en esta ruta, y la ONG Caminando Fronteras la multiplica por siete hasta cifrarse en 4.808 en su informe “Monitoreo del derecho a la vida en la frontera occidental Euroafricana”.
15 días a la deriva
Lo que iban a ser tres días, terminaron siendo 15 interminables noches. El mal tiempo provocó que los pilotos —personas que muchas veces están “contratadas forzosamente por la mafia”— se desorientasen. Con el paso del tiempo, la angustia se multiplicó y las reservas de comida se consumieron. Esto, junto con las condiciones meteorológicas propias del Atlántico, con días tremendamente calurosos y noches gélidas con la ropa mojada, hicieron que muchos de los que iban a bordo no soportasen las circunstancias y falleciesen.
“Me despertaba todos los días a las 7 o a las 8 de la mañana, encendía el teléfono y miraba que hubiese cobertura, bebía un poco de agua del mar y hasta el día siguiente no volvía a beber” recuerda el maliense. Muchos de sus compañeros fallecieron por esto, cuanta más sed tenían, más bebían del mar, pero esta, al ser salada, los deshidrataba más.
Con todo, Moussa no solo perdió a compañeros durante esos días. “Antes de venir en patera”, dice, “vivimos todos juntos”. Varios de los que iban con él en la embarcación eran amigos suyos de Mali, de pueblos cercanos. “Algunos eran de mi familia de Bokoro”, añade, haciendo referencia a un pueblo de Mali de la misma región, Kayes. “Se murieron en el barco, conmigo”, confiesa con un tono sereno, no le hace daño recordarlo, dice, lo ha superado.
El infierno del Atántico
Una de las cosas más duras a las que se tuvo que enfrentar a nivel sentimental fue el hecho de tener que desprenderse de los cuerpos de sus compañeros y familiares fallecidos.“No podemos guardarlos con nosotros”, explica. El contacto con los restos de los fallecidos durante muchos días es perjudicial, puesto que puede hacer que se contraigan enfermedades.
La propia vida se convierte así en muchos casos en el precio a pagar por tratar de llegar a la península. Unas consecuencias de las que las mafias que organizan estos viajes no se hacen cargo. Precisamente una de las medidas que toman estas “empresas” es la precaución. “Nadie puede saber que vas a subir a la patera, nadie” cuenta Moussa. Por eso, a la hora de reconocer a los fallecidos, ellos son los responsables de avisar a sus familiares.
La pérdida de la mitad de sus compañeros, incluidos los pilotos, y también la del rumbo de la embarcación hicieron que fuese la corriente del mar la encargada de dirigir a la patera durante 15 días. Al preguntarle qué pensaba cuando estaba en medio del océano sus ojos se pierden mirando hacia los lados y responde con una risa entrecortada y nerviosa: “Mal, mal, mal”.
La deriva de la embarcación finalizó cuándo unos marineros los encontraron a unas millas de la costa de la isla española de El Hierro. Llamaron a un barco más grande, recuerda. Y ahí terminó uno de los episodios más duros de su vida, un horizonte que le había dibujado la palabra libertad y que le había hecho enfrentarse de cara con la muerte. “Lo que el cuerpo aguanta”, dice respondiendo a la pregunta de por qué cree que él sobrevivió.
España y su telaraña administrativa
Cuando por fin pisó territorio español, el alivio inicial dio paso a una compilación de procesos médicos y burocráticos. Según relata Moussa, la calidez y el buen trato fueron homogéneos por parte de todos los profesionales. Tras confirmar que el naufragio no había dejado secuelas físicas irreversibles, le brindaron apoyo psicológico y administrativo. Sin embargo, esta buena acogida se vio eclipsada por la estructura del sistema.
Las trabas burocráticas actuales, marcadas por la falta de coordinación y comunicación entre el Estado y las comunidades autónomas, provocan que los migrantes se vean atrapados en una telaraña administrativa. Un lío de expedientes, esperas que se prolongan durante meses y resoluciones tardías que tienen como fin confirmar su derivación a otra comunidad.
Todo esto acaba provocando que personas como Moussa, en cuestión de un año, pasen por tres localizaciones diferentes. Tras su llegada el 31 de diciembre de 2023 a El Hierro, lo trasladaron a Tenerife. Donde pasaría solamente tres meses hasta que tuviese que volver a empacar sus cosas y emprender otro viaje, esta vez sí, hacia la Península. Llegó a Madrid en agosto de 2024 y pasó cuatro meses viviendo en Carabanchel, en un cuartel habilitado como centro de acogida.
Este mismo centro, el Cuartel General Arteaga, que acoge a una media de 2.000 migrantes, ha sido objeto de polémicas y atención mediática por las restricciones que allí tienen lugar. En un artículo de El País, publicado el 17 de febrero de 2025, un joven refugiado también maliense relata: “Era como una prisión, me sentía como si yo hubiera hecho algo malo, pero yo no he hecho nada, vine para buscarme la vida”. Dice, haciendo referencia a las extremas medidas de restricción de movimiento que tienen, ya que solo se les permite salir a la calle dos horas al día.
Moussa no hace declaraciones sobre este lugar. Pasa directamente a relatar cómo, tras esos meses en la capital, lo volvieron a derivar hasta el sitio que ahora ve como su casa durante, al menos, “mucho tiempo”: Galicia.
Sanxenxo: un nuevo horizonte
Una vez en territorio gallego, entra en contacto con Accem y con la iniciativa de inserción laboral y social puesta en marcha en el Concello de Sanxenxo. Este programa, iniciado por primera vez en 2023, tiene como objetivo favorecer la autonomía de las personas migrantes a través del empleo. Daniel Bóveda, representante territorial de la ONG en Galicia, comenta que “no se trata solo de que las personas se integren en el tejido laboral, sino de generar condiciones para que puedan desarrollar su vida con estabilidad”.
Los participantes del programa se alojan en el Hotel Baixamar, donde hay alrededor de 65 plazas rotativas. A medida que se incorporan al mercado laboral o cambian sus circunstancias personales, van surgiendo las vacantes, y fomenta así el progreso de los migrantes. Además de esto, explica Bóveda, “una vez en el programa, se trabaja desde una intervención integral: aprendizaje del idioma, adaptación cultural, atención social”. Todo esto ha propiciado que los resultados de la iniciativa sean positivos y se logre la integración laboral de más del 60% de los migrantes.
El éxito de la inserción laboral
Moussa forma parte de este porcentaje. El 5 de mayo de 2025 comenzó a trabajar para la empresa asentada en el municipio, Sondeos Mar, especializada en el sector de la perforación. Sin apenas dominar el idioma y con nulos conocimientos técnicos, el joven maliense empezó su carrera laboral. Accem se puso en contacto con Andrea Rey, responsable de RRHH de la empresa. A quien se le informó de los objetivos del programa y de posibles perfiles que encajasen en la plantilla. “En ese momento estábamos buscando gente para trabajar”, confiesa, “contactamos con una empresa de fontanería de la zona que ya había contratado a uno de estos chicos y estaba contenta con él. Eso también nos dio confianza”. Una confianza que se acentuó con el trato y con el tiempo: “Es difícil no involucrarte y no cogerles cariño”, dice la responsable de RRHH.
Con todo, esta iniciativa trajo consigo también comentarios negativos. Así lo cuenta Abelardo Martínez, Policía Local de Sanxenxo, que impartió unas clases de seguridad vial a los participantes del programa para garantizar unos conocimientos mínimos a la hora de circular por las vías urbanas. Estas jornadas, propuestas por la Concejalía de Seguridad Ciudadana, fueron publicadas en las redes sociales del ayuntamiento. Lo que provocó que algunos de los habitantes del municipio reaccionasen en los comentarios expresando su opinión al respecto.
El responsable de Accem, Daniel Bóveda, explica que es habitual que existan reticencias iniciales. El policía local les quita importancia: “Si hacemos caso a todos los comentarios de redes sociales, estaríamos perdidos. En una publicación que vieron miles de personas, que haya cuatro comentarios negativos no tiene importancia”. Estas reticencias suelen alimentarse de narrativas simplistas y desinformación. Frente al recurrente discurso de que los migrantes «quitan el trabajo», Eulogio Magdalena, gerente de Sondeos Mar, es tajante desde la experiencia de quien emplea: “No es cierto. Hay trabajos que mucha gente aquí no quiere hacer y ellos sí están dispuestos. Para las empresas, ellos son una solución, no un problema”.
Para Moussa, que un día caminaba tres horas para poder ir a la escuela y otro vio la sombra de la muerte en el azul del Atlántico, Sanxenxo no es solo un lugar de trabajo. Es el sitio que le ha permitido ser capaz de coger, por fin, aquel lápiz que abandonó siendo un niño y escribir su propia historia.


