5.5 C
Madrid
sábado, 31 enero, 2026
5.5 C
Madrid
sábado, 31 enero, 2026

Turismofobia: la epidemia silenciosa

El dilema de los residentes: ¿servir a un modelo insostenible o huir de sus propios hogares?

Una «epidemia» social se extiende a gran velocidad por nuestros barrios. Lejos de ser una nueva patología, la «turismofobia», es el resultado de la evolución de viejas sensaciones, que se abren hueco en las realidades actuales, provocando que cada vez más residentes de pueblos y ciudades turísticas la padezcan.

Recién entrado septiembre, el «enero 2.0» de los estudiantes y de muchos trabajadores, las ciudades que durante los calurosos meses de verano vieron vacías sus calles, asisten al retorno de todos aquellos que se fueron con las maletas llenas y regresan con las pilas cargadas. Y es en este contexto de calma postvacacional cuando la reflexión sobre el modelo turístico actual se hace urgente. Un sistema que, lejos de sosegarse, provoca cada vez más manifestaciones en su contra.

Esta afección, por mucho que sectores más conservadores traten de achacarla solo a los progres, es común a todas las ideologías políticas, aunque los fundamentos puedan ser diversos. Ni “xenofobia cuqui” de los progres, ni racismo fundamentado de los fachas. Surge del conflicto entre el ser “sedentario” y el ser “transeúnte”; del viajar por necesidad al viajar por placer. Y se alimenta de la sensación de pérdida de identidad, inherente en un mundo completamente homogeneizado por causa de la globalización y el capitalismo. Porque es más fácil sentirse parte de un algo que de un todo. Probablemente sea aquí donde las derechas han encontrado la grieta perfecta para sembrar su ideario.

La sociedad de masas ha demandado un nuevo modelo turístico: el turismo de masas. Donde la oferta es ilimitada, y su disponibilidad depende de tu bolsillo.
En este panorama, nacen los primeros síntomas de la «turismofobia». La sensación de todos aquellos que dejan de sentir la tierra en la que residen como suya y empiezan a interpretar papeles secundarios incluso en su propia vida. Ser sirviente en tu propia tierra. Ahora tu hogar es el decorado de otras cientos de miles de personas. 

El geógrafo marxista David Harvey conceptualizó este proceso como “acumulación por desposesión”. La apropiación y privatización sistemática de recursos colectivos (como la identidad del barrio o el acceso a una vivienda) en favor de ser convertidos en productos destinados al consumo de los viajeros. Desposeyendo así a la comunidad local.

Esta es la base de la «turismofobia» bien entendida: no es odio hacia el visitante, como algunos quieren interpretar, sino odio hacia el modelo que convierte pueblos y ciudades en parques temáticos y a sus residentes en intérpretes mal pagados. Sin embargo, no podemos entender a los visitantes como actores independientes.  Forman parte de un engranaje mucho más complejo y antiguo, y encarnan roles históricos.

Muchos de ellos (no todos, evitemos caer en generalizaciones) son la versión actualizada del «señorito», aquel que llega con su capital y exige ser servido. Otros, en cambio, ahorran once meses al año para poder escapar cinco días de su piso de 50m². En mayor o menor medida todos reproducen estas dinámicas de consumo.

He aquí la paradoja. ¿Cómo criticar los turistas si todos somos el invasor de alguien?¿Dónde está la línea que separa al visitante bien recibido del odioso y gentrificador viajero? El vecino que grafitea en un callejón de la Rambla Tourist go home puede ser el turista que sobrepasa el límite de los canarios. Quien denuncia la gentrificación en Oporto quizá pase sus vacaciones en Roma alojándose en un Airbnb. Somos, al mismo tiempo, el paciente que sufre la enfermedad en casa y el vector que propaga la epidemia en otros destinos.

Por esto, la «turismofobia» no debe reducirse a un simple rechazo al extranjero. Debe ser entendida como la contradicción estructural de un sistema del que es casi imposible desengancharse. Del pasado “señorito y siervo” al actual “turista y camarero”, pasan los siglos pero rigen los mismos patrones. Pautas de comportamiento heredadas de antiguas estructuras feudales. España, es un país cuya historia económica ha girado en torno a la explotación de un recurso por una minoría. Esta ha sido arrastrada, desde los tiempos de la agricultura latifundista hasta el modelo turístico de sol y playa actual. 

De la costilla de ese «señorito» nació el fodechincho, un término gallego que engloba perfectamente las características del viejo señor feudal. Ese que exige, ordena y consume, sin dar prácticamente nada a cambio. El sociólogo inglés John Uryy acuñó el término de la «mirada turística» en su libro The Tourist Gaze (1990), que encaja perfectamente con este perfil, que reduce al habitante a un medio que satisfará sus expectativas y deseos. Y es en esta explotación unidireccional donde se evidencia la gravedad de la patología: el desequilibrio. Quien da, da más, y se queda sin nada. Aquí llegan la homogeneización y la imposición cultural.

El modelo turístico vigente, propio de un mundo globalizado, ha propiciado la metástasis. Materializando el «infierno de lo igual» del que alertaba Byung-Chul Han en sus obras. Lo que antes era el problema de un barrio, es ahora el de decenas de ciudades. Barrios como La Latina, Malasaña, Sant Antoni, Poble-sec, que antes eran hogares de cientos de familias, son ahora decorados para miles de turistas. 

La problemática no solo cruza la península, sino que se expande por las distintas capitales europeas. Bajo la ilusión de una oferta diversa, se esconde la misma lógica de consumo que homogeiniza las distintas realidades. Convirtiendo a Madrid, Lisboa, París o Berlín en pacientes con el mismo cuadro clínico: la pérdida de calidad de vida de sus residentes, en favor del buen funcionamiento turístico. Frente a ese panorama, emerge el dilema entre servir o huir. Sin embargo, ambas opciones suponen la derrota personal y la victoria del sistema. Y a su vez, contribuyen a buscar culpables y no soluciones. Entonces, ¿cómo pasamos de la queja a la búsqueda de alternativas?

El comienzo del camino consiste en erradicar la lógica extractiva del modelo turístico actual y construir una alternativa que ofrezca un sistema donde la buena experiencia del viajero no se consiga a costa de la desposesión del residente, sino sobre el intercambio respetuoso y omnidireccional. Esto exige, por un lado, un cambio político rotundo: legislación que limite los alquileres turísticos, que grave especulativamente la vivienda vacacional, que priorice el comercio local y que invierta en servicios públicos para una población real.

Por otro, y quizás más importante, requiere de una inmunización individual. Como viajeros, debemos ejercer una mirada crítica sobre nuestros propios deseos. Preguntarnos si nuestros hábitos a la hora de viajar, ya sea cerca o lejos, emulan lógicas gentrificadoras que perjudican al habitante. Actos como elegir el pequeño hotel frente al complejo hotelero, el negocio familiar frente al franquiciado, el paseo tranquilo frente al tour masivo pueden cambiar radicalmente la situación.

La «turismofobia», en el fondo, es el síntoma de una sociedad que anhela autenticidad en un mundo de experiencias empaquetadas. Superarla no implica dejar de viajar. Implica manifestarse contra la lógica que transforma el turismo en una nueva forma de colonización. La respuesta a la pregunta con la que se abría esta artículo —¿servir o huir?— no es ninguna de ellas. La verdadera es respuesta es revelarse. Revelarse y cambiar. Dejar de ser un vector de contagio para transformarnos en un agente de regeneración.

Actualidad y Noticias

+ Noticias de tu interés

‘Te avisé’: ¿el desenmascaramiento final de Ayax?

Cuando la palabra de un hombre vale más que el testimonio de decenas de mujeres El pasado domingo 23 de noviembre, el cantante ibicenco Fernando Costa hizo temblar los cimientos de la escena urbana española con su canción Te avisé....

Robo en el Louvre: 4 asaltantes, 8 minutos y 9 piezas sustraídas

Un asalto de película que pone en evidencia la desprotección del patrimonio francés El pasado domingo, 19 de octubre el Louvre, el museo más visitado del mundo, fue asaltado por cuatro ladrones encapuchados. En apenas ocho minutos sustrajeron nueve piezas...

Capitalismo y poliamor

De la monogamia al poliamor: ¿revolucionarios o esclavos del sistema capitalista? La sociedad de masas dio paso a la sociedad de consumo, y esta sentó las bases de un nuevo paradigma: la era del hiperconsumo. Una realidad marcada por el...

Descubre más desde El Generacional

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo