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¿Son invisibles las mujeres para la ciencia?

Las mujeres continúan siendo invisibles para la atención sanitaria en el tratamiento de muchas enfermedades. El hecho de que sus síntomas sean confundidos, minimizados o mal diagnosticados y que sus quejas se atribuyan con frecuencia a cuestiones individuales no contextualizadas, pone en duda los cimientos sobre los que se ha apoyado la ciencia para reconocer los problemas de salud de mujeres y hombres.

Son muchas las investigaciones científicas que están sesgadas y fomentan la desigualdad social. Esto se debe a que existen ensayos clínicos en los que no se tiene en cuenta el sexo como una de las variables principales. La doctora Cheryl Carcel, del Instituto George para la Salud Global en Australia, advierte: “Cuando un sexo está subrepresentado en los ensayos clínicos, se limita la forma en que se pueden aplicar los resultados al público en general y posiblemente puede limitar el acceso a nuevas terapias”.

Según un estudio publicado en 2014 por la revista Global Health Action, la Food and Drug Administration (FDA), una agencia del Gobierno estadounidense responsable de la regulación de cosméticos, alimentos y medicamentos, recomendó que no se incluyeran a las mujeres en edad de quedarse embarazadas en las fases tempranas de los ensayos clínicos. Esto supuso la exclusión por completo de cohortes femeninas en estos estudios.

No fue hasta el año 1994 cuando se aprobó una ley que obligaba a incluir a las mujeres en las investigaciones financiadas por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Antes de esto, la mayoría de programas de investigación que se realizaban sobre enfermedades cancerosas, cardiovasculares o laborales se hacían teniendo en cuenta solo a hombres, sin incluir a una mujer entre los sujetos investigados.

Las consecuencias del androcentrismo

A partir de los años 70, las teóricas feministas pusieron en juicio la supuesta neutralidad de la ciencia, indicando que se había tomado como hegemónico un modelo androcentrista. El androcentrismo parte de que el conocimiento es elaborado por un sujeto masculino y desde esa visión se desarrollan los roles sociales que mujeres y hombres desempeñan. “Las investigaciones médicas androcéntricas, las cuales carecen de perspectiva de género, han excluido a las mujeres de los estudios de investigación, de manera que los datos extraídos se basan meramente en variables masculinas”, argumenta Isabel Fernández, psicóloga sanitaria.

“Partiendo de que la medicina actual se basa en estas investigaciones, tanto la evaluación y diagnóstico como los tratamientos médicos, farmacológicos y cada vez menos, pero psicológicos también, se aplican a mujeres habiendo sido probados en hombres”, explica la psicóloga sanitaria. Esto ocurre, por ejemplo, con la dosis de ciertos psicofármacos que se han estudiado sin tener en cuenta variables femeninas, como las distintas fases del ciclo menstrual o las diferencias en la composición corporal y el metabolismo.

Son numerosos los síntomas y patologías que predominan en el género femenino y han permanecido “invisibles” a la medicina y la psicología, considerándose de carácter menor, y tratando de silenciarse mediante una elevada tasa de prescripción de psicofármacos, como son los ansiolíticos o los antidepresivos que, lejos de tratar las verdaderas causas subyacentes del malestar, en ocasiones lo cronifican y empeoran la calidad de vida de las mujeres.

Solución rápida, pero no eficaz

También es preciso dejar de hacer diagnósticos de presunción o por opinión, sobre todo cuando existe ignorancia o desconocimiento hacia la causa. Diagnosticar como psicológico lo biológico o atribuir a problemas psicosomáticos una situación de violencia de género o de acoso laboral contribuye a la invisibilidad y no mejora los diagnósticos. En la mayoría de veces, todo esto se resuelve con la hipermedicalización, que es la prescripción excesiva e inadecuada de fármacos para problemas que requieren primordialmente de otros abordajes y perspectivas.

Según un estudio de la OMS en 2005,  la hipermedicalización es una de las consecuencias del modelo biomédico actual, que hace que las mujeres consuman mayor cantidad de psicofármacos con prescripción médica y se automediquen más que los hombres. Entre los 35 y 54 años, las mujeres consumen en mayor porcentaje analgésicos y antipiréticos, seguido de tranquilizantes y pastillas para dormir.

Todo este sistema se sostiene por los intereses puramente económicos de las industrias farmacéuticas, que ha tratado de lucrarse de la medicalización de procesos biológicos femeninos naturales, como es el caso de la menstruación, el parto o la menopausia. “Por otra parte, al no existir políticas públicas para hacer frente a los problemas de carácter socioeconómicos que nos hacen enfermar a las mujeres, ni recursos de atención psicológica pública que atiendan las consecuencias que producen en nuestras mentes, la solución rápida es prescribir ansiolíticos, antidepresivos y otros psicofármacos”, afirma Isabel Fernández. Estas prescripciones médicas intentan paliar los síntomas de la mujer que demanda ayuda, pero no tiene en cuenta los efectos secundarios que puede generar una pastilla que, realmente, no soluciona el problema.

Ilustración sobre la visibilización de la mujer en la ciencia | Fuente: El Periódico

La falta de perspectiva

Las mujeres, que históricamente se han visto relegadas y condenadas a un segundo plano, lidian todavía en pleno siglo XXI contra las barreras que complican su presencia en el campo de la ciencia. El sesgo de género que existe en este ámbito, marcado sobre todo por la falta de mujeres en los ensayos clínicos, trasciende también a la atención sanitaria y la salud de las propias mujeres.

El problema no está en la ciencia per sé, ni se puede renegar de la misma. Tampoco consiste en menospreciar la importancia de que la práctica clínica-médica y psicológica esté siempre basada en la evidencia científica. Se trata de visibilizar que, como todas las áreas de la sociedad, la ciencia también se ha visto impregnada del patriarcado. Por eso, la ciencia debe incorporar una perspectiva de género que no deje de lado las circunstancias y necesidades del 49,5% de la población mundial, las mujeres.

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