Netflix estrenó el pasado 15 de diciembre ‘Fue la mano de Dios’, la nueva cinta del director italiano Paolo Sorrentino
En su nuevo filme, el oscarizado director y guionista italiano cuenta la historia de un joven, Fabietto Schisa, en la Nápoles de los años ochenta. ‘Fue la mano de Dios’ es un drama con tintes cómicos donde la tragedia y la alegría caminan de la mano. Un relato sobre la familia, el amor, el fútbol, el cine, la soledad, la pérdida y el destino.
Paolo Sorrentino nos presenta su película más personal hasta la fecha. Un puzzle donde las piezas son las memorias de su adolescencia. El cineasta difumina su estilo más surrealista y extravagante para traer una cinta de una belleza indiscutible –tanto en su composición de planos como en su carácter existencialista–, que no tiene nada que envidiar a la ganadora del Oscar a mejor película extranjera ‘La Gran Belleza’.
La película comienza con un plano secuencia que sitúa al espectador en la ciudad que lo vio nacer, Nápoles. La cámara sigue a un coche que viene a recoger a Patrizia (Luisa Ranieri), una mujer llamativa a la que un desconocido hombre le promete tener hijos tras visitar al “Munaciello”, un personaje de la superstición napolitana que adelanta la visión mística y de realismo mágico que va a tener ‘Fue la mano de Dios’.
Patrizia es la tía de Fabietto (Filippo Scotti), el ‘alter ego’ de Sorrentino que encarna los momentos que marcaron el destino del director. Su tía se comunica con su hermana María (Teresa Saponangelo) y su marido Savelio (Tony Servillo) después de otro episodio de abuso doméstico, un hecho que no guarda estrecha relación con la trama pero que sirve para introducir inteligentemente a la familia de Fabietto Schisa.

La construcción de un ídolo
Todos hemos tenido en la infancia un ídolo, para Sorrentino lo fue Diego Armando Maradona, a quien idolatra en los créditos iniciales como “el mejor futbolista de todos los tiempos”. Juicios aparte, la divinización del futbolista le sirve al espectador para darse cuenta que Fabietto aún es un niño que confía en que su mayor ídolo termine jugando en el Napoli.
Poco a poco vamos a ver cómo la sombra de la madurez se va cerniendo sobre una inocencia que comienza a agrietarse. Fabietto, que hasta entonces parecía un personaje secundario opacado por las excentricidades de su familia, toma las riendas de su propia historia. Al fin empezamos a entender la psicología del personaje y los pensamientos que le atormentan. La cámara nos hace partícipes de su dolor, los traumas sobre los que se erige su identidad y la herida de la que brota su mirada creativa. Asistimos al nacimiento de Paolo Sorrentino como cineasta.
El filme se construye a partir de una estructura episódica que aúna los momentos que marcaron la vida del director napolitano. El clímax lo encontramos con la catarsis emocional del protagonista, cuando los hechos toman un camino inesperado y lo empujan a madurar rápidamente. Y es aquí cuando llegamos a la parte más reflexiva de la película, en la que Sorrentino nos invita a reflexionar sobre el arte y el proceso creativo del cine.

El arte de contar
“A ver, Schisa, ¿tienes algo que contar o eres un imbécil más?”, le pregunta el director napolitano Antonio Capuano a Fabietto. El joven contesta afligido, como si esa historia que quisiera contar le pesara: “Sí”. Gritando, Capuano le espeta: “Pues cuéntalo”.
La historia en cuestión es el fallecimiento de sus padres en un accidente casero –por inhalación de gas– a pocos días de su 17 cumpleaños. Él iba a estar con ellos, pero asistió a un partido en el estadio de Nápoles donde jugaba su ídolo. Maradona, la mano de Dios, fue quien le salvó. Ha sido ahora, cumplidos los 50, cuando Sorrentino ha decidido contar su historia.
El encuentro filosófico con Antonio Capuano es sin duda una de las cosas por las que merece la pena darle una oportunidad a esta película, pero también por la belleza con la que Sorrentino retrata la cotidianidad y porque a diferencia de otros, él tiene algo que contar. “La vida es horrible”, llega a expresar Fabietto en un momento de la cinta, pero es que para soñar ya está el cine.
Dedicado a J.A.V., quien me inspira a contar historias


