Kaufman no piensa en dejarlo

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Melancolía entre planos

Pasamos mucho tiempo pensando: pensando en empezar cosas, describiendo los acontecimientos como queremos que sucedan, creando mundos diegéticos en donde somos espectadores fuertemente atrapados por nuestros deseos y aspiraciones, pero no son pocas, de hecho son bastantes, las ocasiones en que acabamos dejando esos proyectos porque nos atenazan los miedos y nos quema el hastío de la monotonía y el trabajo cíclico que requiere todo gran éxito.

Bajo esta premisa inicial me dispuse a ver la película de Charlie Kaufman Estoy pensando en dejarlo (2020) y no me encontré si no una obra que hace de su continuidad y montaje una obra maestra, recordando a ratos al clásico Un perro andaluz en el más puro sentido del montaje.

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Imagen de Estoy pensando en dejarlo | Fuente: Vanity Fair

La película, en un principio, nos presenta un plano completamente normal que respeta fervientemente el esquema clásico audiovisual, con dos personajes en un coche hablando tranquilamente, colocándonos planos que respetan completamente la ley del eje y ubicando al espectador en el espacio de esta primera parte de la película. Sin embargo, un poco más tarde, introducen un elemento que determina al resto de la película, una voz en off diegética perfectamente incorporada, que lleva al espectador de la mano por toda la película a través de las reflexiones de la protagonista y convirtiéndose en un vehículo narrativo esencial y de importancia igual o superior a la imagen en el metraje.

Procedo a argumentar esta valoración, pues es cuanto menos interesante cómo va evolucionando y rompiendo con la orientación espacial y sonora a lo largo de la película.

Teniendo en cuenta que muchas películas, o casi todas, mejor dicho, tienen entre otros objetivos principales que te mantengas dentro del mundo creado por el director con la ayuda de los productores, Kaufman decidió que, sin perder la relación con el libro original, podría jugar con la inmersión del espectador de la manera “más brusca y violenta, vulnerando los valores clásicos del montaje hollywodiense”, en palabras de Vicent Pinel.

Cabe destacar de la película los conocimientos teóricos del cine de los que Kaufman hace gala, mezclando y desdibujando, en este caso, los principios teóricos de André Bazin en cuanto al realismo que proporcionan los planos al metraje. En esta parte se destacan algunos planos esenciales de acuerdo al principio propuesto por Bazin que dice así: “Cuando lo esencial de una acción depende de la presencia simultánea de dos o más factores, el montaje está prohibido”, en base a este principio se puede observar como en esta primera parte mueve la cámara creando planos generales tras determinados momentos de acción creando pequeños planos secuencia, sin embargo, en la secuencia de la cena, desarrolla la acción en cortes sucesivos de primeros planos, dejando inconcluso si su intención era la de acrecentar la tensión, aislar los personajes o ambas ideas al mismo tiempo.

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Imagen de Estoy pensando en dejarlo | Fuente: The Suffolk Journal

Avanzando a la segunda parte de la película, ya encontramos elementos que nos empiezan a sustraer de la inmersión en el propio metraje, eso sí, sin perderse el carácter diegético del proceso. Kaufman introduce poco antes de entrar en este segmento, pequeños lapsos en los que se aparenta que las narraciones de la voz en off de la protagonista son escuchadas por el otro personaje. Esta segunda parte transcurre dentro de la casa y decide ir añadiendo paulatinamente juegos con el raccord, el ejemplo más directo de esto se aprecia cuando los protagonistas entran en la casa de los padres del novio, cuando, tras presentar la siniestra actitud de los padres, pasan de estar hablando con la protagonista a aparecer en el inmediatamente siguiente plano sentados a la mesa esperándola, distorsionando así la percepción del tiempo que tiene el espectador, otro ejemplo más se da inminentemente después, pasando de una iluminación pálida y blanquecina que rodea el escenario a estar todo cubierto de cálidas luces amarillentas.

Quince minutos más tarde se nos introduce en el espectáculo de la película, su narrativa más alocada y destructiva con el sistema de continuidad, que abarca dos tercios de la duración del metraje sin dar respiro al espectador. Este popurrí cinematográfico comienza introduciendo una nueva línea narrativa con un cambio de plano que se puede definir de cualquier manera menos “sofisticado”. Una vez terminada la secuencia, se regresa a la casa y Kaufman comienza a mostrar sus cartas con un sublime juego de cámaras.

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Imagen de Estoy pensando en dejarlo | Fuente: Vulture

Una vez terminada la cena con los padres de él procede a mostrarnos el resto de la casa. Sin embargo, algo ha cambiado una vez cruzado el arco de la puerta de la cocina. Primero va a la habitación del novio, en la que la protagonista entra acompañada por el padre, que, a priori, está completamente cuerdo. Un par de planos más tarde, el padre comienza a hablar de manera errática e inconexa completamente fuera de plano, rompiendo la relación entre la idea narrativa precedente de la cordura y empezando a introducir algunos trastornos en las figuras familiares, en este caso, el Alzheimer senil. Un plano después, el padre ha envejecido bastante y proceden a regresar al salón principal, donde la madre también ha envejecido y padece a partir de este momento de demencia senil.

Siguiendo esta idea de rotura de la continuidad para el juego cinematográfico nos va mostrando sonidos en diferentes zonas fuera de campo que hacen referencia a acciones o posiciones de otros personajes, pero que, a la hora de buscarlos en sucesivas escenas, no concuerdan con lo escuchado previamente, descolocando la ubicación espacial del espectador dentro de la película, para ello el cineasta utiliza de manera recurrente al perro de la familia, creando así en la casa un laberinto difícil de figurar en la cabeza del espectador. También cabe destacar como hace que la cámara no respeta los movimientos de los personajes en bastantes ocasiones, entrando y saliendo estos del plano continuamente.

Si prestamos mucha atención a como se ha desarrollado la cinta hasta este momento se puede ver progresivamente como juega con los planos secuencia y los planos que representan a todos los personajes tras una acción, se puede observar que conforme se deforma la narración y la estructura temporal de la película va utilizándolos cada vez menos. Con este juego del recurso de estos planos para dar autenticidad al metraje Carl nos pretende mediante su uso o desuso mostrarnos que partes de la narrativa se consideran hechos reales del mundo diegético y cuáles no.

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Imagen de Estoy pensando en dejarlo | Fuente: Reddit

Finalmente, en el epitafio del metraje, Kaufman decide abandonar todo sentido de la continuidad, ubicando al espectador en diferentes situaciones dentro y fuera de la acción, jugando con los planos y recuperando la línea narrativa alternativa, cambiando los movimientos naturales de los personajes por un ballet perfectamente coreografiado y posteriormente colocándonos en un escenario en el que el novio introduce una obra de teatro: introducción en donde se nos coloca tanto como espectador del monologo, como de narrador encima del escenario.

Haciendo uso de un ojo crítico al valorar esta película, me atrevo a considerarla como una obra magna de la cinematografía, en la que convierte “el vidrio con el que observamos el jardín”, citando a Ortega & Gasset, en un cristal roto en el que se destaca tanto el jardín, como la vidriera, creando una obra que hace de sus costuras de montaje el elemento narrativo más fuerte de la película y con la que procede a desdibujar los principios teóricos del realismo cinematográfico de Bazin.

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