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Vivir en una balsa de piedra: Saramago y el viaje sin destino

En La Balsa de Piedra, el autor portugués nos advierte de la necesidad de vivir sin destino o propósito para vivir de verdad

Cada vez que me pongo a escribir artículos como este, me obsesiono con el Propósito, y con alcanzarlo de una manera clara y concisa. Con el tiempo, uno se va conociendo, y va conociendo también sus debilidades; en mi caso – según el comentario realizado por una profesora de universidad hace unos años, y que aún recuerdo -, tiendo a elaborar textos «cabezones», con tesis precedidas por fanfarrias y heraldos que terminan difuminándose en la nada: cuando la tarta asoma tras las entrantes, el banquete termina, y cuando se desvela la identidad del villano, la cinta pasa a los créditos. He vomitado más de un millar de caracteres, y el Propósito de la pieza que acabo de escribir no termina de emerger del todo.

Letra a letra, y párrafo a párrafo, persigo una idea escurridiza que, una vez atrapada, no resulta ser una estrella fugaz, sino una cometa celeste que, si bien tiene su encanto, muchas veces no está a la altura de lo proyectado, del recorrido por galerías internas y externas que realizo a lo largo del folio en blanco, persiguiendo el ansiado Propósito. ¿Cuántos corredores de bolsa, turistas japoneses y nuevos amantes sufrirán en el mundo a causa de este crecimiento desmesurado de las expectativas?

Estas líneas no han de ser percibidas como un lamento: si después de tantos años no he abandonado la pluma es porque, si bien albergo la esperanza de depurar mi estilo con el tiempo, también disfruto con el trayecto. ¿A cuánta gente llegará este texto? ¿Qué incidencia tendrán en el mundo estas líneas escritas a vuelapluma? Probablemente este texto llegue solo a un limitado cúmulo de usuarios, que por ello pueden sentirse lectores tan privilegiados como desdichados.

Fuera hace un día espléndido y yo, apostado en la silla del escritorio, me pregunto por el propósito por el cual sigo tecleando, ajeno a los apacibles rayos del sol, y pienso además en Sísifo cargando la roca una y otra vez: esta es una de las imágenes más presentes en el mundo simbólico en el que hábito, y me mantiene inquieto cada vez que la recreo en mi caza. Hoy escribo este artículo, y pasado mañana hablaré de política o de cualquier otro asunto, mientras que la vida sigue pasando y yo sigo engrosando el mastodóntico corpus de reflexiones ligeras y lecturas rápidas que componen internet. ¿Para qué? ¿Hacia donde navego con todo este trabajo? 

¿Cuál es el propósito?

Puedo buscar la respuesta a este dilema en las virtudes de la cultura y del periodismo, y en sus determinantes papeles como agentes vertebradores de la democracia y la sociedad. Con todo, por más ensayos que pueda leer, creo que la mejor respuesta que he hallado proviene de la pragmática reseña que llevó a cabo mi hermana hace unos días tras ver el filme Almas en pena de Inisherin: «Está bien para lo poco que cuenta», opinó mi observadora compañera de visionado, con una actitud que resuelve la mayor parte las cuestiones acerca del propósito del relato, el cual termina contaminando toda clase de expresión humana, lo queramos o no.

Me gusta pensar que mis artículos también «están bien para lo poco que cuentan», en términos de originalidad o de descubrimiento de nuevos vértices en el mundo del cine o la literatura. Supongo que me gusta transitar por sendas previamente caminadas, y jugar con las huellas dejadas por los exploradores que han sido más sabios -o atrevidos- que yo: somos enanos subidos a hombros de gigantes, y espero que los retratos que pueda hacer desde estas alturas sean del agrado de alguien.

Saramago y el viaje sin destino

Mi profesora tenía razón: estos párrafos han sido «la gran cabeza» de un discurso que se podría haber sintetizado con un aforismo clásico en la literatura de los sobres de azúcar para el café: «Lo importante es el viaje, no el destino». Este tópico, como tantos otros de similar naturaleza, aletea a nuestro alrededor, sin que muchas veces consigamos profundizar en su significado. Aunque todos podemos concebir un viaje más interesante que un destino, ¿puede existir un viaje sin destino? 

Un ejemplar de la «Balsa de Piedra» publicado por Porto Editora | Fuente: Elaboración Propia

La balsa de piedra, novela publicada por el premio nobel de literatura José Saramago en 1986, no solo me ha hecho comprender como pocas obras la prevalencia del viaje sobre el destino, sino que me ha enseñado que el viaje debería ser el propio destino de nuestras vidas. La novela parte de un high-concept tan interesante como todos los que solía concebir el genio creador de Saramago: un día, la Península Ibérica se desprende del continente europeo y comienza a navegar sin rumbo por el océano, cambiando drásticamente la vida de todos los ciudadanos portugueses y españoles,  convertidos en marineros a bordo de una inmensa balsa de piedra.

En una situación tan insólita – de tintes casi apocalípticos en ciertos momentos-, numerosos individuos se zafan del engranaje social y de la rutina, aprovechando el impacto social y el desorden generado por tan extraño acontecimiento. La novela gira en torno a seis personajes muy concretos, mientras que especula con las consecuencias geopolíticas que podría ocasionar una hipotética deslocalización de estas características. Con todo, lo más interesante de La balsa de Piedra es la narración de las peripecias protagonizadas por estos personajes que, sin un propósito claro, se sienten inspirados para abandonar sus vidas y lanzarse a explorar todos los rincones de la nueva isla en la que habitan. Por el camino, encuentran el amor y afrontan  numerosas situaciones, a lo largo y ancho de la geografía hispana y lusa.

El relato sigue de cerca la trayectoria de la Península Ibérica por el océano,  y también el viaje de los protagonistas, que se extiende más allá del término de la novela. El libro concluye y no sabemos nada del destino definitivo de los protagonista ni de la Península Ibérica, que parece que navegará para siempre. No se trata de un final abrupto o perezoso, pues es una resolución que abraza la lección que he aprendido de este libro: el viaje – si es de verdad un viaje- siempre sigue, y siempre nos mantiene en movimiento: no hay viaje si hay destino. 

La única vida: la vida errante

Si otra clásica novela sobre la vida nómada y aventurera – En La Carretera, de Jack Kerouac– contrapone la vida «formal»  a la vida errante en los caminos, La balsa de piedra establece esta segunda como la única vida posible, como la única  esperanza frente a la monotonía del vivir. Atados a una vida repetitiva y sin sentido claro – como la que viven los protagonistas de la obra-, solo necesitamos un acontecimiento que desbarate la estructura social para liberarnos de los propósitos que nos obsesionan: en una península que navega sin dirección clara, ¿importa nuestro trabajo? ¿importa nuestro futuro? Si tu mundo corre el peligro de hundirse en una fosa abisal o de estrellarse contra el archipiélago de las islas Azores, ¿por qué no vas a tratar de vivir más, de liberarte de tus ataduras y lanzarte a vivir nuevas experiencias?

Para Saramago, lanzarse a la carretera no es una opción más, sino la única opción posible para enfrentar la incertidumbre y el sinsentido de una realidad opaca, y por ello los protagonistas asumen esta llamada a la aventura con un fatalismo en cierto modo desencantado, que les termina por arrastrar hasta nuevas aventuras y hallazgos.

Desde mi habitación, ahora mismo, el mundo parece tranquilo: no parece que nuestra península vaya a desprenderse de Europa, ni que cualquier otro suceso extraordinario vaya a liberarme de la rutina, por el momento. Pero el instinto errante sigue ahí, y parece que, por una vez, se impone sobre la obsesión por el Propósito. Escribir estas líneas – y descubrirme a mí y al mundo en ellas, sin un destino definido- quizá sea mi forma de surcar el océano en una balsa de piedra.

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