Primeros acercamientos a una personalidad singular
El mayor blasfemo del siglo XIX. El pintor a sueldo del Maligno. El amante de lo oscuro, lo carnal, lo esotérico y lo simbólico. Todas ellas son definiciones acordes a la persona de Félicien Rops. Nació en Namur, Bélgica, en el año 1833. Pese a que desde su entorno le incitaban al estudio de la aritmética, él lo desestimó para acercarse a su pasión: las Bellas Artes. Pronto destacó en el dibujo y en la caricatura, pero rozaría la excelencia con sus grabados.
Decadentismo y Simbolismo: artista de los bajos fondos
Félicien Rops se desarrolló de la mano del Decadentismo, movimiento cultural nacido en Francia a finales del siglo XIX. La mente y el arte de Rops encajaron a la perfección con las nuevas tendencias francesas. Su visión para plasmar el mal, el pecado y a la mujer propulsaron su fama entre los círculos artísticos de París. Entabló una singular amistad con Baudelaire, con quien trabajó en ocasiones. Destaca entre sus colaboraciones el frontispicio que realizó para Los despojos, una recopilación de poemas censurados de Las Flores del mal.

Las composiciones pictóricas de Rops demuestran además el gusto por lo simbólico. El artista domina dos de los principales ejes del Simbolismo: el satanismo y la mujer. Serán temas primordiales en sus grabados, la mayoría de las veces intrínsecamente relacionados. Por otro lado, los tintes misóginos de su pensamiento se evidencian precisamente con estas representaciones. Félicien Rops es alguien preocupado por la extremada hipocresía de la sociedad burguesa de su época, y no dudará en criticarla. Odia su mentalidad, su bajeza moral y los engranajes de una metrópolis que empuja a los artistas a escaparse de ella. Estos mismos artistas, insatisfechos con el desprecio a su arte, terminan por darse a los vicios y a los placeres mundanos, frecuentando habitualmente los bajos fondos de las ciudades.
El fuerte contenido erótico de la obra de Rops le hizo estar en el foco de la polémica en numerosas ocasiones. No escapó de la censura y se vio obligado a jugar un “tira y afloja” con la sociedad del momento, principalmente por sus críticas a la Iglesia y las representaciones eróticas. Aún a día de hoy sorprende enormemente el radicalismo simbólico de Rops: un hombre obsesionado con la mujer y con su propio arte.
Les Sataniques (Los Satánicos) 1882
Los satánicos es una colección de cinco heliograbados que estaban destinados a formar parte de una obra mayor que iba a llevar por título El álbum del diablo, pero que nunca llegó a completarse. En esta serie de grabados se puede apreciar el demoniaco arte de Rops en su máximo esplendor.

En este primer grabado se observa a Satán sembrando la semilla del mal, que está representada por cuerpos humanos. Guarda una posible relación con la Parábola del trigo y la cizaña. La figura del Maligno es alargada y esquelética. Son las calles de París las que sufrirán el germen del pecado esparcido por el demonio. Se aprecia cómo la gigante figura se posa sobre las torres de Notre-Dame. Bajo su sombrero, y a la luz de una tenue luna, -en palabras de Rops- destella un “rostro maligno”.

Este segundo grabado, El calvario, evidencia el porqué de la crítica y la censura a Rops. Los elementos relacionados con la fe cristiana gozan de mucho protagonismo dentro de su obra. En El Calvario, el crucificado no es otro que Cristo, con apariencia demoniaca, quien además enrosca violentamente a la mujer. El goce macabro del macho cabrío contrasta con la sorpresa y subyugación de la mujer. Su figura abre los brazos, en señal de servilismo. La fuerza es contenida. El altar diseñado por Rops añade un aura ceremonial a la escena. La composición es un afán de Rops de mostrar a la mujer como sierva y cómplice del diablo.

En El secuestro el demonio aparece con una forma más moderna, conservando un atributo fálico alargado y unos cuernos puntiagudos en el cráneo. En el modelo en acuarelas tanto el diablo como la mujer son de cabellos rojizos. Esta escena transcurre una vez más en la noche, donde las nubes perpetúan un eléctrico dinamismo. El demonio acaba de ensartar a la mujer para- en palabras de Rops- “hacerla su esclava, su víctima y su cómplice”. Ambos cuerpos forman una unidad, ahora inseparable, que equilibra la escena.

Es la lujuria la que toma partido en este grabado. El ambiente de El Sacrificio es otra vez de ritual satánico, teniendo a la mujer y al demonio como protagonistas. El Maligno, levitando y aparentemente fusionado con una calavera de cabra posee a la mujer por medio de su excéntrico falo. La idea sigue siendo la de la unión servil del ente femenino con el demonio. El rostro de la mujer es sombrío y oscuro, sin grito y sin aliento, únicamente abyecta y aterrada por la perpetración del mal. Destacan los antiquerubines que revolotean alrededor de su señor, la figura semiesquelética del altar, y los charcos de sangre resultantes de la brutalidad.

En este grabado, a diferencia de los anteriores, la mujer ya está hipnotizada por el satanismo. Se observa en El Ídolo un nuevo altar, con dos falos erectos a modo de columnas salónicas (habitualmente se vincula a Rops con la masonería) y una mujer copulando con la imagen del diablo. Este último está representado como un ídolo pagano de cabello flamígero, con un rostro alargado y siniestro. La mujer conserva sus tacones, siguiendo la línea lujuriosa y fetichista del pintor.
La serie de Los Satánicos resume a la perfección las preocupaciones en el atroz arte de Rops. La estética demoniaca roza una macabra sublimidad, aunque sus obras irradian misoginia. Sus pinturas son el fruto de alguien que disfruta de la perversión, lo sacrílego y lo radical. Son las luces y sombras de un decadentista y simbolista que ya en vida disfrutó del éxito y de las congratulaciones de sus iguales.


